viernes, 24 de agosto de 2018

Al fin Maduro se enteró de la crisis


Orlando Zabaleta.



I La Confesión
Repentinamente Maduro reconoció tres hechos (tres desequilibrios de monta) que, hasta el momento, consideraba de muy poca importancia o estaban fuera de la acción del gobierno (o incluso evitaba mencionar):
PRIMERO: La gigantesca sobrevaluación (oficial) del bolívar que estábamos arrastrando. Hasta el viernes 17 el precio oficial del dólar amaneció en 248.832,00 Bs. F (24 veces menos que el dólar paralelo). Ya el día anterior el gobierno había admitido en los hechos que ese precio era ridículo e irreal al elevar el dólar remesa a 4 millones de Bs. F. Pero el último anuncio oficial lo llevó, de golpe y porrazo, a 6 millones de Bs. F (el precio de DolarToday en esos días). Sin duda, la devaluación más grande de nuestra historia.
SEGUNDO: La masiva “emisión de dinero no orgánico” para cubrir el déficit fiscal. Pero ahora, señala el presidente, vamos a “una meta de déficit fiscal cero”. Reconoce que ese mecanismo de autofinanciamiento del gobierno es uno de los motores de la hiperinflación que padecemos. Se justifica Maduro de haber fomentado la inflación durante años con una frase: “yo diría que así es la vida y nos tocó jugar así”. ¡Tremenda justificación!
TERCERO: La gasolina regalada es insostenible. Que el pírrico precio de la gasolina no sólo es un elemento suficiente para quebrar a cualquier empresa petrolera por más grande que sea, incluyendo a PDVSA, sino que también es la base del contrabando de extracción del combustible hacia Colombia y el Caribe, lo cual es otra sangría de dólares.
Estos tres descomunales desequilibrios fueron tercamente inadvertidos por el gobierno durante los últimos años. No eran las causas de la inflación y del contrabando de gasolina, decía, las causas estaban en la mala fe de los enemigos, en la “guerra económica”. Los “sesudos” economistas del gobierno negaban que el aumento de la liquidez tuviese efecto inflacionario y argumentaban que las llamadas “subastas” del DICOM (con un precio del dólar irrisorio y unas cantidades “subastadas” ínfimas) eran un mecanismo de lucha contra Dólar Today y no una obra de teatro.
Es una lástima que tuviéramos que llegar al desastre actual para que la cúpula del gobierno dejara las novelerías. Pero, en principio, es bueno que ahora al menos se hable de economía.
Claro que el “giro” de Maduro no justifica que durante años estuviera desbaratando al país mientras fingía que lo "protegía". Precisamente esos años de deterioro acelerado de la situación económica, esa acumulación de males, esos desequilibrios engordando, hicieron los correctivos más grandes, más inevitables y más dolorosos.

II Los análisis interesados

Evidentemente, esas medidas coinciden con las que propugna el FMI. Sé que este gobierno, que hay que juzgarlo por sus acciones y no por sus palabras, es un gobierno de derecha. Pero no voy a usar la devaluación, el prometido recorte del déficit y el aumento de la gasolina para demostrar la derechización del gobierno. Eso sería un golpe bajo e incoherente de parte de los que hemos sostenido en los últimos años la necesidad de atacar esos desequilibrios.
Hay personajes que antes propugnaban estas medidas y ahora denuncian el “paquetazo” con una demagogia desvergonzada. Con mucha razón las combativas enfermeras en conflicto rechazaron a los partidos y personalidades de la derecha que pretendían ganar prensa dizque apoyándolas; son los mismos que ahorita critican la elevación del salario mínimo y se ponen las manos en la cabeza por un aumento salarial que ni siquiera cubre la cesta básica. Más preocupados por los empresarios que “no pueden producir con pérdidas” que por los trabajadores que sí han estado produciendo, producen y producirán con pérdidas (hasta de su peso físico).

III La incoherencia y la ineficacia

Pero las medidas no son, o no deberían ser, una lista de acciones, se supone que son un plan. Y allí es donde fallan precisamente porque son incoherentes. Y algunas inefectivas.
La más ineficaz de todas es el “anclaje” del bolívar en el petro. Resulta que esa singularidad que es el petro no tiene aceptación general para funcionar como divisa (¿alguien nos venderá alimentos y medicinas en petros?). Y menos para que se pueda decretar su valor en dólares. Sí se puede, me dirán algunos, porque está “anclada” en un barril de petróleo. ¿Sí? Pero el barril de petróleo está en el fondo de la Tierra, y no es fácil sacarlo (pregúntele a Quevedo). Póngase usted la mano en el corazón, amigo lector, y dígame si sacaría esos 60 dólares que tiene guardado en la gaveta de cuando las vacas gordas y lo cambiaría por un petro.
Hay que ver por debajo del monetarismo. La ilusión de que todo es un problema a nivel monetario es un pensamiento fetichista profundamente de derecha que tomó vuelo desde los 80. La política monetaria es una palanca, pero, como toda palanca (Arquímedes dixit), debe tener un punto de apoyo firme.
La realidad es que seguimos necesitando casi todo lo que importamos. Comida, medicinas, insumos para producir, repuestos para reconstruir los servicios públicos y enfrentar la crisis de transporte. Nos cuesta sobrevivir cuando nuestras importaciones se han reducido a menos de la quinta parte en estos años en “que nos tocó jugar así”.
Cada una de las medidas está intrínsecamente limitada. Y también, ya lo estamos viendo, estarán limitadas por la implementación de las medidas.
Al colocar el dólar a 6 millones de Bs. F., ahora 60 Bs .S, es cierto, algunos dólares vendrán por esa vía, pero, dadas las condiciones, es infantil esperar cantidades significativas. En verdad, no se está creando un mercado privado legal de dólares, puesto que se podrán vender dólares a 60 Bs. S, pero no comprarlos.
La idea de “déficit fiscal cero” es otra noción tomada de la derecha, y patrocinada por el FMI. Lo mortal es tener un déficit cercano al 20% del PIB. El gobierno no piensa, por supuesto, llegar a su pretendido ideal de “déficit cero” mañana, ya lo dijo, es una meta, y no lo hace porque cumpliendo de un solo golpe el objetivo se auto elimina, se paralizaría el gobierno, pero además, paralizaría al país totalmente.
Para reducir el déficit, que sí es una meta útil y necesaria, existe una receta simple y conocida: se aumentan los ingresos y se disminuyen los egresos, cualquier contador se lo diría. Ya el gobierno empezó con el aumento de ingresos. Aumentó el IVA. El IVA es un impuesto regresivo, esencialmente injusto puesto que lo pagan por igual tanto el pata en el suelo como el rico. Aún no está claro cómo es eso de que solo se aumentaría el IVA a los artículos suntuarios. Todos los gobiernos, cuando están apretados, prefieren aumentar el IVA que aumentar el impuesto sobre la renta, que sí es un impuesto progresivo, puesto que pecha las ganancias netas y no las operaciones comerciales. Pero como no pueden aumentar el ISR en forma regresiva, cualquier aumento del impuesto sobre la renta afectará el año 2019, y será cobrado en el 2020. O sea, la reforma fiscal debió haber sido hecha hace años. Por eso Maduro y el FMI, cuando hay crisis, prefieren meterse con el IVA, que es pa’ ya. También regresará pronto el impuesto a las operaciones bancarias, otro impuesto regresivo (y muy potente con la falta de efectivo que nos obliga a pagar hasta el pan con transferencia o tarjeta de débito), impuesto del cual nos había librado Chávez.
Los que sí pagarán menos impuestos serán los importadores y las transnacionales que inviertan en el sector petrolero y minero, exoneradas por el gobierno. El ajuste de impuestos es una maniobra al estilo Robin Hood al revés.
Para reducir los gastos, el gobierno debería reducir la corrupción, que, quien sabe, si se come al menos el 10 % de los dólares que nos entran. Sería muy útil llevarlo a menos de 5 %, pero para eso habría que cambiar gran parte del gobierno. También debería tener un plan para resolver el desaguadero de las empresas del Estado, la mayoría de las cuales (no todas) viven injustificadamente del presupuesto nacional. Una lucha contra la corrupción y la ineficacia, una lucha no meramente proclamada, sino efectiva y real, con resultados tangibles, sí sería bien recibida por el pueblo. Pueden empezar analizando cómo es que las importaciones del Estado cada vez compran más caros alimentos y medicinas, por ejemplo.
En síntesis, no se le ve el queso a la tostada. El “plan” global es de inspiración fondomonetarista.
Los meses que vienen lo dejarán claro. Tristemente claro.

Jueves, 23/08/2018. Aporrea.

miércoles, 25 de julio de 2018

Las divisas y los ventiladores, sobrevaluaciones y devaluaciones


Orlando Zabaleta.



Hablemos sobre el precio en moneda nacional de una moneda extranjera (o sea, de eso que llaman los economistas la tasa de cambio de una divisa). En estos tiempos confusos y especulativos pululan pretendidos análisis, descaradas charlatanerías, ristras de consignas y hasta la más imaginativa novelería sobre lo que determina el precio del dólar, discursos que dejan de lado lo básico del proceso de apreciación de una divisa.

I

Empecemos por el piso del mecanismo. La tasa de cambio de una moneda nacional con otra extranjera está asentada sobre sus respectivas capacidades de compras. Utilizaré números arbitrarios para los ejemplos: supongamos que un ventilador nacional cuesta 1.000 Bs., mientras en Estados Unidos el precio de un ventilador semejante es de 1 dólar; entonces, en principio, un dólar sería equivalente a 1.000 Bs.
Ponga el lector un poquito de amplitud para aceptar esa simplicidad: por supuesto que una sola mercancía no determina la capacidad de compra de una moneda; pero, para efectos del ejemplo, el ventilador representaría al conjunto de bienes que ambos países producen o venden. También sabemos todos, es una enseñanza cruel de la hiperinflación que todo lo trastoca, que los bienes no mantienen la misma proporción de intercambio entre sí. Cuando yo estaba pequeño el pasaje en autobús costaba 0,25 Bs., y lo mismo costaba un cafecito en la panadería; pero hoy (es necesario precisarlo: a mediados de julio de 2018) mientras un cafecito llega a 600 mil Bs., un pasaje cuesta 10 mil.
Pero, reitero: lo que me interesa es dejar claro que la cuantía de la tasa de cambio se asienta en las capacidades de compra de las respectivas monedas. Saltará un economista y me dirá que eso nunca sucede así, pero el que nunca suceda no significa que no sea verdad. Significa que otros factores también influyen.
Un primer factor a considerar son los costos de transporte, si traer el ventilador de EEUU cuesta 100 Bs., el costo total del ventilador importado será 1.100 Bs. y la tasa de cambio tendería a colocarse alrededor de 1.100 Bs.
Hay otro factor que puede elevar el precio de la moneda extranjera muy por encima del piso o hundirlo hasta el subsuelo: la disponibilidad de la divisa y su demanda. Si a un país le entran muchos dólares puede darse el lujo de mantener el precio de esa divisa en moneda nacional por debajo de lo que determinan las capacidades de compras de las monedas implicadas; y si le entran pocos dólares, y las demandas nacionales de diversos bienes o servicios compiten por esos escasos dólares, el precio de la divisa subiría muy por encima del piso.
Si el país de los ventiladores, cuya tasa de cambio debería oscilar alrededor de 1.100,00 Bs, es un país petrolero, al cual le ingresan por la venta de petróleo miles de millones de dólares, ese país podría darse el lujo de fijar el precio de un dólar en, digamos, 500 Bs. Para mantener esa tasa debe tener muchos dólares, y cuando sus nacionales necesiten la divisa (para importar bienes o insumos, para viajar, consumir o invertir afuera) puede venderles los dólares a 500 Bs. A pesar de que 500 Bs. no compren un ventilador, ni nacional ni extranjero.
Para esa tasa de 500 Bs. por dólar la moneda nacional, el bolívar, está sobrevaluada con respecto al dólar. La sobrevaluación causa que, aunque un ventilador nacional cueste 1.000 Bs., esos mismos 1.000 Bs., convertidos en dólares, serán dos dólares, o sea, comprarán dos ventiladores en el exterior. La magia cambiaria hace que 1.000 Bs. cuando se expresan en dólares valgan más. En cambio, un ciudadano extranjero que viene con dólares consigue 500 Bs por cada uno y por ello necesitará dos dólares (convertidos en bolívares) para comprar un ventilador que en su país le cuesta solo uno.
Si la moneda nacional está sobrevaluada los bienes producidos en el país son más caros para los que tienen monedas extranjeras, y los productos extranjeros son más baratos comprados en dólares. La sobrevaluación explica el remoquete de los “tabaratos” con que la gente del Norte bautizó a los viajeros criollos en los 70; según proferían en Miami, los turistas venezolanos cuando preguntaban el precio de cualquier cosa siempre respondían “Ta’ barato, deme dos”.
La inflación, como se sabe, afecta la capacidad de compra de las monedas. En las condiciones del ejemplo que hemos descrito, supongamos ahora que se fija el valor del dólar en 1.100 Bs. Es decir, que la tasa de cambio expresa un equilibrio entre las distintas capacidades de compra. El ventilador nacional cuesta mil Bs. y el importado 1.100 (1 dólar). Estamos más o menos “queme”. No hay sobrevaluación.
Ah, pero resulta que en el país de los bolívares la inflación es de 30 % y en el país de los dólares es de 5 %. Al año tenemos que el precio del ventilador nacional sería 1.300 Bs. (30 % de inflación), y en el país de los dólares el artefacto llegaría a 1,05 dólares. Y al siguiente año, manteniendo las inflaciones constantes, los precios alcanzarían 1.690 Bs y 1,10 dólares, respectivamente (esta proporción arrojaría una tasa de 1.536,36 Bs. por dólar). La diferencia de los índices de inflación va variando la relación de las capacidades de compras; lógico, a fin de cuentas la inflación es la pérdida de capacidad de compra de la moneda; y por ello esa diferencia de inflaciones corroe el equilibrio inicial que expresaba la tasa de cambio de 1.100 Bs por dólar. Si se insiste en mantener esa tasa de cambio, el nivel de sobrevaluación de la moneda nacional irá en aumento año tras año, hasta volverse irreal con respecto a la relación de capacidades de compra. ¿Les suena familiar?
Lo anterior se puede conseguir en cualquier libro de economía que trate sobre el tema. Es el mecanismo básico para el establecimiento del valor de una divisa.

II

Ahora veamos un poquito de historia. En 1926 los ingresos por exportación de petróleo en Venezuela superaron por primera vez a las entradas del resto de nuestras exportaciones (pieles de res, principalmente). Luego vino el famoso crac del 29, una caída en picada de la economía mundial, que produjo una larga y dolorosa depresión en los inicios de los años 30. Las depresiones todavía acostumbraban a venir no solo con la caída de la demanda sino también con bajas abruptas de precios, así había ocurrido durante el siglo XIX y las primeras décadas del XX. Con la crisis de los 30 también cayeron los precios, aunque no tanto como antes (que ya los monopolios estaban dejando lo del “libre mercado” para los ilusos), y como siempre unos precios bajaron más que otros. El precio de los productos agrícolas se desplomó tanto que en algunos rublos hasta recoger la cosecha dejó de ser rentable.
En 1929 el general Gómez, el Benemérito, fijó una tasa de cambio del dólar por primera vez, y, sorpresa, la fijó a un bolívar sobrevaluado (3,19 Bs por dólar). Fue también la primera devaluación del bolívar, ya que antes se cambiaba 1 a 1 con el dólar, pero el nuevo valor, el primero oficial, aún estaba sobrevaluado. Dije “sorpresa” porque Gómez, en su origen, era un hacendado andino, y eso de abaratar los productos que se exportaban (el café andino, por ejemplo) no era bueno para los hacendados. Quienes, efectivamente, perdieron cosechas cuyos bajos precios ya no cubrían los costos de recolección. Gómez, tras décadas en Caracas y 21 años de dictadura, ya había mutado y, sin dejar de ser terrateniente, era más sensible a los requerimientos de los importadores, a quienes sí les interesa el bolívar sobrevaluado, que a los de sus colegas hacendados. Y también el Benemérito apreciaba mucho los ingresos de la Aduana (igual que los anteriores presidentes), y sabía, hasta por experiencia personal, que buena parte del café andino salía por Táchira hacia Cúcuta y por el Lago de Maracaibo hacia el Caribe sin pisar tierrita (digo, la tierrita aduanal). Más tarde, López Contreras devaluaría de nuevo el bolívar en 1941, fijando la tasa de cambio a 3,35 Bs. por dólar; y así se mantendría hasta la llegada de la Democracia Representativa.
La crisis económica que aparece en el último año de Pérez Jiménez se profundiza a partir del 58. Nuestra valiente burguesía la enfrentó con una de sus recetas preferidas: la fuga de capitales. Betancourt devalúa primero a 4,30. Como eso no detuvo la hemorragia y las reservas internacionales seguían evaporándose, el gobierno instauró el control cambiario con dos tasas distintas: 4,70 (para importaciones no esenciales) y 3,35 Bs. (para el resto). Tampoco funcionó y en 1961 por decreto se pasó el 80 % de las importaciones a 4,70. Fue en 1964 cuando se reinstauró la tasa única de 4,30 que se mantendría hasta el Viernes Negro.

III

Las devaluaciones e incidencias cambiarias de comienzos de los 60 generaron en los primeros años de la Democracia Representativa protestas populares, que fueron enfrentadas por Betancourt con la represión policial y militar que tanto practicaba y prefería el llamado “padre de la democracia” venezolana.
El modelo económico del gobierno en los sesenta tenía como objetivo la “sustitución de importaciones”, es decir, sustituir lo que importábamos del extranjero por producción nacional. Lo cual de por sí no era mala idea, por el contrario era y es algo bueno y necesario. El problema era el “cómo” se pretendía alcanzar ese objetivo. El gobierno, tan represivo con los “pata en el suelo” y los críticos, era muy temeroso de pisarle los callos a las transnacionales, a la burguesía nacional y a los aparatos represivos. Por eso la política económica metió al país en un invernadero de altos gravámenes de importación, un fuerte paraguas proteccionista, mientras se invitaba a las transnacionales a instalarse dentro del invernadero. A las transnacionales y a los empresarios locales se les vende a locha (literalmente) los terreros en zonas industriales y se les exonera por años de impuestos nacionales y municipales. Así vino la Ford a ensamblar carros en Venezuela (lo más caro, como el motor, lo importaban, y el agregado nacional era grande en kilogramos, pero pequeño en dólares). Importar un carro significaba pagar el doble en impuestos de nacionalización, así que las automotrices estaban protegidas de la competencia externa. El valor agregado nacional era mínimo, y la industrialización conseguida era limitada. Tenía que serlo. Claro, a muchos les encanta idealizar el “desarrollo” industrial de la época, pero la prueba irrefutable del fracaso de la política de sustitución de importaciones fue precisamente que no cumplió su objetivo, no nos ahorró dólares ni nos liberó de la dependencia de la divisa (como lo demostraría contundentemente el Viernes Negro, cuando los dólares no nos alcanzaron).
Luego vino el embargo petrolero árabe en el 73. El barril de petróleo había estado por muy debajo de 2 dólares durante buena parte del siglo XX y sólo subió a 2,7 en 1973, precio desde el cual empezó a escalar rápidamente hasta llegar a 11 dólares. Las transnacionales acostumbraban a jugarnos sucio con lo del precio: por ejemplo, la filial de la Shell en Venezuela le “vendía” muy barato el petróleo a su casa matriz en EEUU, para pagarnos lo menos posible por conceptos de royalties e impuestos. Se les acabó la fullería cuando los países productores establecieron el “precio de referencia”: asumieron la potestad de establecer el precio al cual debían pagar las filiales royalties y los impuestos de la producción del petróleo, dejando sin efecto la ficción mafiosa de “venderse” a sí mismos que hasta entonces utilizaban. En fin, la situación de los países exportadores de petróleo cambió totalmente a partir del embargo petrolero.
Eso provocó un salto gigantesco en nuestros ingresos en dólares. Un salto expresado en nuestros presupuestos nacionales. Y nos llevó a un inmenso aumento de la demanda y a la insólita ilusión rentista, que aún vivimos, de creer que somos un país “rico” aunque no produzcamos nada.
Los gigantescos ingresos de dólares inundaron nuestra viciada estructura económica no para resolver sus limitaciones, sino para aumentarlas. Con un bolívar sobrevaluado y un país de capacidades productivas limitadísimas (por la deficiencia precisamente del proceso sustitución de importaciones que no ahorraba dólares), el aumento de la demanda interna produjo el gigantesco aumento de las importaciones, que la oferta interna no podía satisfacer. Se formó esta clase media aluvional que conocemos, tan distinta a la estable y trabajadora clase media que se había levantado por décadas antes de los 70. Las tendencias antiproductivas se acentuaron (antes estaban alimentadas especialmente por el proteccionismo; ahora, por el dólar barato). Era un nuevo país, donde el invernadero proteccionista no podía aguantar el “crecimiento” del desbordamiento económico. Fue la llamada “Venezuela saudita”. Y cuando los grandiosos ingresos no alcanzaron para saciar el apetito importador se recurrió al endeudamiento masivo y sin control, y a este proceso, con el mayor desparpajo del mundo, se le llamó “desarrollo”.
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Exceptuando cortos períodos, el bolívar siempre ha estado sobrevaluado con respecto al dólar. El que la sobrevaluación fuera de gran tamaño sí es una costumbre adquirida después de la crisis petrolera de los 70, después de convertirnos en “ricos”. Se explica lo de los 70 por la borrachera del heredero, en la Venezuela saudita la sobrevaluación era la hacedora de la gran capacidad de compra que ostentaba y enorgullecía a la minoría que vivía esos lujos. Pero cuando todo acaba en el Viernes Negro, parece extraño que no se aprendiera la lección. Estos olvidos, esta reincidencia viciosa, solo los puede explicar el peso de la cultura rentista en el país.
Los presidentes luego del Viernes Negro le han tenido miedo a las devaluaciones. Es posible mantener cierta tensión entre la tasa oficial y el mercado paralelo del dólar: dependiendo de con cuántos dólares se cuenta y de la distancia entre el oficial y el paralelo. Pero los presidentes atrasan el momento de la decisión de devaluar y dejan crecer los diferenciales hasta que la separación entre ambos mercados es muy grande, y entonces esa diferencia los asusta y los paraliza, porque ponerse al día sería demasiado riesgoso y doloroso.

IV

Pero las devaluaciones de las monedas no son en sí algo malo. Habiendo agotado el capitalismo su edad de oro de la postguerra, entra en una etapa crítica desde mediados de los 70; Europa no había inventado aún lo de la integración europea, y cada país podía combatir la crisis devaluando su moneda; de hecho, durante una etapa, la devaluación era un arma de guerra comercial: Francia devaluaba el franco para abaratar sus productos y encarecer los bienes extranjeros y Alemania le respondía con una devaluación del marco, y luego les seguían los otros países.
La presión de Estados Unidos para que China revalúe su moneda tiene larga historia. Actualmente Trump, empeñado en acabar con el déficit comercial gringo por la fuerza, está acusando a China y a la Unión Europea de mantener devaluadas sus monedas para abaratar sus productos de exportación. China, ya metida en el club de los grandes, no puede jugar tan libremente a tener una moneda devaluada como antes, pero bajó al yuan en 2015 cerca de un 2% para potenciar su crecimiento, y hay quien opina que por cada punto porcentual de devaluación del yuan China gana un punto en las exportaciones.

V

En Venezuela, desde el Viernes Negro las devaluaciones han sido reiteradas y fuertes. En una economía que importa más del 90 % de lo que consume, la devaluación significa el encarecimiento inmediato de todo o de casi todo. Pero, además, como el país no tiene mucho que exportar (por su escasa capacidad productiva) el abaratamiento de los productos nacionales ante el extranjero no ocasiona un aumento de las exportaciones. O sea, las devaluaciones nos traen todas sus desventajas y ninguna de sus ventajas.
Por eso, porque significan duros golpes a la economía de la mayoría, las devaluaciones no son populares en Venezuela. Son temidas y sufridas. Y con razón.
Todo eso es verdad. Pero no justifica las propuestas absurdas y fantasiosas de revaluar el bolívar. Es casi como un siniestro cuadro surrealista que haya hasta agrupaciones que planteen el “Bolívar Oro”, o diversas medidas para revalorizar el bolívar (incluyendo la dolarización de Falcón). He visto asombrado “proyectos” que imaginan, y hasta sacan cuentas y presentan números, de lo que se podría hacer con un bolívar más sobrevaluado aún del que tenemos; son alucinaciones contables, por supuesto. Que en su irrealidad nos alejan del problema real: la necesidad urgente de estabilizar la moneda, que es distinto a pretender solucionar algo convirtiendo la sobrevaluación, nuestro arraigado mal, en virtud.
Si los ingresos en dólares se redujeron a una quinta parte (primero por el desplome del precio del petróleo y luego por la imperdonable caída de la producción petrolera; caída muy criolla, por cierto), y no tenemos forma de reducir nuestras importaciones en la misma proporción, es lógico que el bolívar pierda estabilidad.
Y que la especulación aumente es también algo lógico. Así es el capitalismo, que es, a fin de cuenta, lo que tenemos. Manteniendo una diferencia abismal entre la tasa oficial y la realidad se mantiene el terreno ideal para que la especulación, y otras cosas peores, agarren vuelo. Así se explica el que una página web pueda derrotar al Banco Central y a todo el gobierno, fenómeno que sólo es la superficie del problema. La culpa no es del ciego, sino del que le da el garrote.
Intentar enfrentarlo con un Dicom que “subasta” pírricas cantidades de dólares, o creer que el rentismo financiero de los petros podrá sostener la sed de dólares, son más obras de teatro que acciones efectivas.
Porque, vean (y, por favor, créanme): la economía existe.

Miércoles,25/07/2018. Aporrea

viernes, 27 de abril de 2018

La amenaza de dolarización


Orlando Zabaleta.



I

El gobierno es un desastre. Uno se pregunta cuándo hará algo para enfrentar la crisis que sufrimos y que se agrava cada día. Algo serio y eficaz, me refiero, en lugar de insistir en inútiles actos mediáticos (motores fundidos, subastas pírricas de divisas, promesas grandilocuentes). O de repetir aquellos incomprensibles pregones de Maduro jactándose de pagar la deuda externa con puntualidad por encima de las angustias del pueblo venezolano, cual un Lusinchi cualquiera.
Un gobierno más dedicado a conseguir “argumentos” para negar la crisis que a resolverla genera pronósticos de espanto. Y cuando uno, asustado, mira para todos lados se topa con propuestas de sectores de la Oposición que son igualmente aterradoras.
Las cúpulas de gobierno y oposición funcionan con mitologías, simplificaciones toscas, eslóganes. Se dedican a predicarle exclusivamente a sus más fieles seguidores. El gobierno le habla al creyente de la “guerra económica”; y la Oposición al devoto de las virtudes del “libre” mercado. Los prejuicios y las toscas nociones de ambos polos se han reiterado por tantos años que terminaron convirtiéndose, dentro de cada bando, en “argumentos” que son, a la vez, tan insostenibles como indiscutibles.
Una postura que realmente produce horror es la amenaza de dolarización de la economía, formulada por muchas variedades de la Oposición, incluyendo al candidato Falcón.

II

Punto previo: ubiquémonos primero.
El núcleo de nuestra crisis es la Producción (permítanme ponerla en mayúscula). Bueno, realmente la falta de Producción. Inconveniente que arrancó hace casi un siglo. Pero con los abundantes dólares que nos daba el petróleo siempre pudimos sustituir la Producción por la Importación. Y además utilizar dólares para fabricar “productos nacionales” a cualquier costo, con procesos ineficaces y de poco valor agregado nacional. Los dólares petroleros garantizaban una fuerte y sostenible demanda para esa encarecida “producción nacional”.
No voy a negar que la Distribución es un factor importante en el problema (como lo demuestra el que tengamos que enfrentarnos diariamente a comerciantes, bachaqueros y especuladores), pero las fallas de Distribución que alimentan el abuso especulativo están basadas en los bajos niveles de Producción.
Y si el gobierno no ha podido siquiera sostener la producción del petróleo, ¿qué dejará para los otros productos? Y la burguesía venezolana no produce nada sin dólares. A diferencia del resto de los países del mundo, donde el sector privado produce dólares para consumir, nuestra burguesía consume dólares para producir. Por eso la cacareada “sustitución de importaciones” de los 60 y 70 desembocó en el Viernes Negro del 83. La honorable excepción, los exportadores, apenas aportan un 5 % de los dólares que entran al país (5 % que se mostraría más pírrico aún si les calculáramos el valor agregado real).
Este es el marco ineludible para analizar la situación. El meollo del problema, pues. Pero casi todos, tirios y troyanos de nuevo, lo pasan debajo de la mesa.

III

Volvamos a lo de la dolarización. La expresión tiene varias acepciones. Se dice que la economía ya está dolarizada por la dependencia de los precios del costo (real o no) del dólar paralelo. A fin de cuentas casi todo viene de afuera, y lo que no es importado se fabrica con materia prima, insumos y/o maquinarias importados.
Pero la actual propuesta de dolarización es mucho más grave: pretende convertir al dólar gringo en moneda de curso legal en Venezuela. Es la propuesta estrella de los grandes comerciantes y de los grandes financistas; precisamente de los que más se han beneficiado de la crisis. En Venezuela tenemos el misterioso fenómeno de que los bancos, cuya misión esencial es la intermediación bancaria, tienen ganancias mientras el PIB nacional está cayendo. Por eso no es casual que Fedecámaras haya creado, hace varios años, una comisión especial dedicada a impulsar la dolarización monetaria.
Aceptemos, como dicen sus proponentes, que la medida debe “abatir” la inflación, pero no “pararla en seco”, como propagandizan sus publicistas, porque nuestra inflación no tiene una sola causa: el exceso de liquidez versus la escasa cantidad de bienes y mercancías que circulan en el mercado tampoco es poca cosa: si con 20 veces más liquidez se debe mover la quinta parte de las mercancías y servicios de hace unos años, no debe sorprender a nadie que el bolívar caiga en barreno.
Pero, es verdad, el dólar es el factor más dinámico del fenómeno inflacionario. El dólar en sí no es el culpable, sino la escasez de dólares, en relación a la cantidad de los bienes y servicios que necesitamos importar (lo que nos lleva de nuevo al factor Producción).

IV

Una vez declarado el dólar norteamericano moneda de curso legal, inevitablemente pasará que el bolívar, que según el plan de Torino Capital seguirá vigente, morirá solo y de mengua, asfixiado por el poderoso billete verde. Algo de eso ya está pasando. El bolívar ya ha perdido atributos fundamentales de cualquier moneda nacional: no sirve para el ahorro desde hace muchísimo tiempo (¿a quién se le ocurriría atesorar en bolívares?); su función como unidad de cuenta es muy débil con la hiperinflación actual (calcular un presupuesto es un acto de profecía); y la crucial función de pago ya está siendo golpeada por los que venden autos o casas en dólares, o pactan contratos en billetes verdes. Con el dólar como competidor legal, la muerte del bolívar es segura. Maduro ha hecho muchísimo para debilitar el bolívar y la Oposición quiere darle la estocada final.
En un país vocacionalmente importador, la dolarización significa el adiós definitivo a cualquier posible desarrollo industrial y agrícola, y a cualquier exportación no petrolera. Ya que el dólar es la moneda de una potencia muchísimo más productiva que nosotros. Y no deshacemos de un instrumento para defender exportaciones no petroleras, digo, si alguna vez decidimos empezar a producir en serio. Ah, pero será el paraíso, el escenario soñado por los importadores.
Recuerden que dolarizar la circulación monetaria no tiene vuelta atrás (o al menos el regreso es muy doloroso y costoso). Vean el caso de Ecuador.

V

Los proponentes saben que hay que dorar la píldora para vender la idea al público.
Es  facilísimo con la frase “se dolarizan los salarios” ganarse a los desprevenidos. El venezolano lleva años quejándose con razón de la espiral dólar-inflación, lamentándose de comprar a precios dolarizados mientras recibe su salario en bolívares.
Pero divida usted su actual salario en bolívares entre (pongamos como ejemplo muy moderado) 300.000 para que sepa a cuántas decenas de dólares alcanzará su salario dolarizado. Ahora, dígame usted: ¿por cuál fórmula mágica su patrón (ente público o privado), el que le paga su salario, va a aumentarlo a mínimos aceptables nada más porque esté expresado en dólares? La creencia en tal milagro o es fetichismo u obedece a intereses muy particulares. Porque llama la atención que los promotores estén directamente conectados al capital financiero y especulativo, incluyendo a los tenedores de bonos de la deuda venezolana.
¿Recuerdan cuando nos vendieron en los 90 que si renunciábamos a la mitad de nuestras prestaciones sociales (cambiando la forma de cálculo) subirían los salarios? Fedecámaras arguyó que los patronos no podían elevar los salarios por lo gravoso de las prestaciones, pero si se eliminaba el método de cálculo con el último salario, vendrían los aumentos. Todavía los estamos esperando.
Son los mismos de aquella vez, y, por supuesto, igualmente doran la píldora. Prometen, “según sus cálculos”, que pueden establecer un salario mínimo de 70 dólares. Y lo dicen con una cara muy seria. Han descubierto la fórmula de hacer caer maná del cielo. Pero el maná tampoco es mucho: que 70 dólares de salario mensual, expresado en gringo o en venezolano, es una miseria. Saque las cuentas.
O mejor: usemos las cuentas de ellos. Cacarean los 70 dólares mensuales y que el dólar podría mantenerse a 70.000 Bs. O sea: lo que realmente prometen es un salario de 4.900.000 Bs., pero en dólares.  Dígame usted. Una miseria elegante, pues.

VI

Gobierno y dolarizadores coinciden en que el Banco Central haga lo menos posible. Para el gobierno es como un departamento de imprenta, ni siquiera le permite que publique datos macroeconómicos. Para nuestros neoliberales criollos el BCV apenas influiría sobre la liquidez con las tradicionales operaciones de mercado abierto (aceptan esta “interferencia” del organismo, me imagino, porque la Reserva Federal gringa y todos los bancos centrales de la Tierra la tienen).
Fíjense que el acuerdo entre gobierno y los poderosos sectores económicos es mayor de lo que la diatriba inconsistente deja ver. Ambos continúan la senda casi centenaria del rentismo. El gobierno apela a las rentas del oro y otros minerales. La dolarizadores, al rentismo financiero. Nada de ponerse a trabajar, a producir: que siga la fiesta, aunque sea con menos recursos.

VII

Los dolarizadores no pueden ocultar que la operación tiene su costo. Según ellos es de solo de 10 a 30 mil millones de dólares. Plantean privatizar a PDVSA para conseguir esos fondos. Una “parte” solamente, aclaran socarronamente. El 10 %. Y repiten la gastada táctica para vender privatizaciones: que si “los trabajadores, los pequeños inversionistas y los ahorristas venezolanos” comprarían su participación en PDVSA en dólares, de esa emisión de acciones. Esa referencia a los “pequeños inversionistas” metiéndose en el negocio es viejísima: la última vez la usaron en las privatizaciones de los 90, ¿se acuerdan?, y las acciones de los “pequeños” terminaron, vía mercado, en manos de grandes sectores del capital foráneo y nacional (además, ¿usted cree que los trabajadores venezolanos tienen encaletada una fortuna en dólares?).
De ese fondo para dolarizar, saldrían los dólares para vender en el mercado abierto (se arrancaría, como dijimos, a 70 mil Bs. el dólar). Según ellos, a esa paridad, los 10 o 30 mil millones de dólares darían para colmar el hambre de dólares universal y la conversión de la gran cantidad de bolívares.
Permítame introducir aquí la Ley de la cuchara. Modestamente de mi propia autoría. En una operación de mercado “libre”, donde todos pueden sacar de una misma olla, los que tienen baldes y tanques agarran más que los que tienen cucharas. Todos saldrán a comprar dólares a 70 mil: unos lo harán con baldes y tanques. Mientras, nosotros, los ciudadanos de a pie, lo haremos con la cucharillas que tenemos. Es fácil saber quién tomará más de la olla de 10 a 30 mil millones de dólares.
Y eso sin contar con la deuda, porque es segurísimo que los financieros pagarán, o se autopagarán, la deuda con la misma diligencia que ponía Maduro cuando tenía con qué.

VIII

Maduro (es decir, la cúpula que maneja el gobierno y el partido, que el asunto no es personal) rechazó la dolarización porque es “defensor” del bolívar. Título que, habida cuenta de la situación del bolívar, es difícil que el presidente pueda ganarse. Pero el gobierno no argumenta más nada que eso. A fin de cuentas el bolívar no ha podido resistir la falta de respuesta a la crisis. Y se pretende defenderlo con lo mismo de siempre: con consignas y fe.
La gran falla del gobierno en política económica es la falta de sentido común. ¿Qué hicieron otros países en situación de debacle del sistema monetario? Atacar el déficit, el exceso de liquidez y los mortales desequilibrios de nuestra economía mientras desarrollan la Producción, por ejemplo. No renunciar a instrumentos imprescindibles para un desarrollo económico no rentista.

IX

La dolarización es una amenaza gravísima. A la muerte lenta de Maduro, los banqueros y financistas plantean la muerte súbita. Renunciar a cualquier posibilidad de desarrollo productivo.  Renunciar al futuro. Nos dicen que si no hemos podido “sembrar el petróleo” en casi un siglo, nos declaremos, los venezolanos, genéticamente incapaces o flojos, y dejemos ese aguaje. Que hagamos como el Chavo cuando se rinde y dice: “Me doy”. Eso no se le puede pedir a un país.

Viernes 27/04/2018. Aporrea

miércoles, 3 de enero de 2018

Si tuviéramos la culpa del hambre que pasamos

Orlando Zabaleta.



I. Si tuviéramos la culpa del hambre que pasamos (Cuba, 1971)

El título del presente artículo es un verso del poema “Para no hablarlo nunca con mi madre” del cubano José Yanes. Aunque habré leído ese texto allá por el 72 o 73, en los últimos años ese verso en particular, “si tuviéramos la culpa del hambre que pasamos”, ha regresado con frecuencia a mi memoria.
En el poema de marras el (para entonces joven) poeta José Yanes trata de convencer a su madre de que no abandone la Cuba revolucionaria. Y le explica por qué él no la acompañaría en ese viaje.
“Vieja, / Si José Martí / no hubiese escrito nada nunca / (ni siquiera a Mercado). / Si no hubiera arrastrado el hambre / y las suelas de los zapatos por América. / Si se hubiera muerto de un catarro.”
“Si Beny Moré / no hubiera nacido nunca, / si no hubiese echado en el aire / su Santa Isabel de las Lajas” (…)
“Si Fidel no hubiera zafado su descarga / de La Historia me absolverá, / y no se hubiera encaramado en la Sierra / y no hubiera becados (…) si tuviéramos la culpa del hambre que pasamos”.
Era verdad: los cubanos no tenían la culpa del hambre que pasaban. El bloqueo imperial prohibió comprar o vender cualquier producto a Cuba. Las automotrices gringas, por ejemplo, no podían suministrar ni autos ni repuestos a la isla. Hasta las medicinas y los equipos de salud sufrían el bloqueo. Conseguir lo insustituible (una medicina contra el asma o el irremplazable repuesto de una central  eléctrica) implicaba pagar costos excesivos a intermediarios no muy escrupulosos. El bloqueo tenía, y tiene aún, un costo muy grande, y era un pesado lastre sobre la vida económica de la isla.
La historia del poema y su autor es dolorosamente paradójica. Yanes fue vinculado al “Caso Padilla”, que llevó a la prisión del poeta Heberto Padilla en 1971; medida que generó la protesta de intelectuales amigos de la Revolución cubana latinoamericanos (García Márquez, Julio Cortázar, Octavio Paz, Juan Rulfo) y europeos (Sartre, Moravia, Marguerite Duras, Resnais, Passolini, Simone de Beauvoir). Para ajustarse al modelo estalinista, Padilla, ya liberado, se hace la consabida “autocrítica”, que incluyó señalamientos a otros escritores “problemáticos”. Un “Proceso de Moscú” bajo el sol tropical.
Al poeta José Yanes no se le publicó nada a partir de entonces. Fue condenado a una cárcel de silencio, a vivir con la voz exilada. Una tarde va destruyendo sus poemas en desesperada caminata por las calles de La Habana. Pero luego decide engavetarlos. El autor de un poema emblema contra el exilio cubano, tras sufrir 27 años de ostracismo, tuvo que abandonar su patria en 1998. En 2012 publicó su libro “Poesía engavetada (1970-1993)”.
Aclaro para los reduccionistas, simplificadores y/o polarizados de toda laya que considero que es innegable la significación histórica de la Revolución cubana. Que la dirección revolucionaria para ser consecuente con la soberanía nacional y popular tuvo que radicalizarse y apuntar al socialismo. Que el pueblo cubano ha sostenido valientemente su bastión a unas pocas millas de la Metrópolis imperial por más de medio siglo. Y que Fidel es la figura latinoamericana más importante del siglo XX.
Pero defender la Revolución cubana no puede ser un acto de fe de la misma cualidad de creer en el misterio de un solo Dios y tres personas distintas. Ni puede basarse en historietas sobre héroes irreprochables y villanos incurablemente malvados como Batman y el Guasón. Ni puede significar embalar el pensamiento con una ristra incoherente de consignas altisonantes.
Valoramos los logros del proceso cubano sin ocultar sus desatinos. Incluso clasificamos sus errores. Hay un tipo de error en el radicalismo irresponsable de la crisis de los misiles en el 62, cuando los cubanos tienen el desencuentro con los soviéticos (“Niquita, mariquita, lo que se da no se quita” gritan a los barcos rusos que se llevan los misiles); Fidel tiene razón cuando, años más tarde, calificó su postura del 62 como un error de juventud. Pero lo del “Caso Padilla” es un error de “vejentud”, que expresa que un proceso está siendo minado por el espíritu burocrático, que asume una herencia estalinista, que elige tratar las diferencias internas aplicando rociadas de ostracismo y descrédito, para luego continuar con la represión.
Así como esta han sido realmente las historias de las últimas cinco décadas. Más en medios tonos que en blanco y negro. Están signadas por la complejidad. Mefistófeles le dice a Fausto: “La teoría es gris, mi querido amigo, pero el árbol de la vida es eternamente verde”. Algunos usan esta frase para agrisar aún más la teoría (porque no puede haber teoría más gris que la que cree prescindible la teoría); pero lo que exige la fórmula de Mefistófeles es una teoría policromática cónsona con el árbol de la vida.

II. Si tuviéramos la culpa del hambre que pasamos (Venezuela, 2017)

En nuestra patria se viven tiempos de simplificación. O de simplicidad. Un fenómeno que mi querido amigo Jesús Puerta ha ilustrado con el dicho de Giordano Bruno: Santa Simplicidad. De un lado se repiten frases asombrosamente absurdas: “No es inflación, es especulación”; del otro, contra toda experiencia conocida, se cree que la libertad de mercado arreglará la economía, o que la salida de Maduro elevará el precio del petróleo. En realidad, las cúpulas de los polos no se desvelan por la crisis económica, solo la nombran para montar un show a su favor.
No estamos en la Cuba de los 60. Ni remotamente. No es un bloqueo y hasta ahora se ha tenido negocios con cuanta empresa extranjera se ha querido. Muchos de esos negocios no nos han beneficiado en nada (sobreprecios, comisiones, estafas abiertas con mercancías que nunca llegaron al país, etc.) y hubiera sido mejor que no se hubieran concretado. Tampoco teníamos bloqueos financieros, como lo demuestra el altísimo nivel de endeudamiento que alcanzamos.
Desde 2014 cuando se desploma el precio del petróleo (tal como muchas predicciones advertían desde el 2013) al gobierno no le preocupó la falta de plan para enfrentar la crisis. De allí su pertinaz culebreo en materia económica.
Algunos ejemplos de zigzagueo: a) Aunque todos los venezolanos comprendían la necesidad de aumentar el precio de la gasolina, retardó la decisión; y cuando, al fin, hizo el aumento el nuevo precio ni siquiera cubría los costos del combustible. b) Planteó que acabaría con la doble o triple paridad, y lo que parió fue el dólar a 10 Bs., pasmosamente alejado de cualquier parámetro real. c) No notó que la inflación había desactualizado el cono monetario, a pesar de que el billete de mayor denominación no alcanzaba ni para un cafecito en una panadería y sólo el año pasado empezó a enfrentar el problema. Todo sorprende tardíamente a Maduro: la corrupción en los Abastos Bicentenario, la escasez de efectivo, la dramática caída de la producción petrolera.
Pero a falta de plan, buenos son circos. Los motores que se multiplicaron: piezas mediáticas con un gobierno que no tiene dólares y una burguesía que no produce sin dólares baratos y que asistía a la función a ver si le tiraban algo; el Dicom y las subastas que, anunciaron, golpearían al dólar paralelo, y luego de tantos bombos arranca “subastando” unos raquíticos 24 millones de dólares; y ese extraño llamado por televisión a los dueños de los bonos para renegociar la deuda. Medidas tan altisonantes como inútiles.
Maduro arrancó su gobierno denunciando que los ataques que recibía pretendían alejarlo del camino socialista, del cual, aseguró, nadie lo desviaría. Y acabó metiéndonos en la selva capitalista más anárquica. Casi todos bachaquean con cualquier producto (no solo con los regulados) y esperan ganar de 5 a 25 veces lo invertido. Todo se mercantilizó: hasta un vaso de agua (que el venezolano no se lo negaba a nadie) se ha convertido en una mercancía. El mercado es de los vendedores y oferentes de servicios, que nos venden a nosotros, los consumidores y usuarios, como si nos hicieran un favor. Es capitalismo puro, sin vaselina, y diseminado como metástasis.
No es la crisis de los 90, cuando los grandes monopolios pretendían mantener sus márgenes de ganancias a costa de los sectores populares y propagan la fábula de las cualidades sanadoras del libre mercado. Sufrimos el capitalismo salvaje de la escasez, más semejante en su barbarie a la revolución industrial inglesa del siglo XVIII.
Es la crisis más profunda desde la Guerra Federal. A cuatro años de retroceso del PIB, la inflación de cuatro cifras, la calamitosa escasez de medicinas, se le sumó la falta de efectivo. Y ahora entramos a una crisis de los servicios públicos por años de desidia, ineficacia y falta de inversión.
Que pasamos hambre es innegable hasta para los fanáticos defensores del gobierno. Evidente en la delgadez extrema de nuestro pueblo: la inmensa mayoría no está comiendo completo.
Ahora, sobre la culpa, sin meternos en las respuestas que se han debido dar desde 2014 al menos, es fácil imaginar que si estuviéramos produciendo nuestra cuota de producción petrolera estaríamos en otra situación. Son un millón trescientos mil barriles que no producimos. Un tercio de la cuota, nada menos. Todo se descuidó, hasta a la gallina de los huevos de oro no se le compró el alimento. Increíble.
Sí, definitivamente, es hora de plantearse la pregunta con seriedad y con responsabilidad con la Patria. Y sobre todo con ineludible lealtad hacia el pueblo venezolano. ¿Tenemos la culpa del hambre que pasamos? Digo, para los que aún no se han dado cuenta.

Martes 03/01/2018. Aporrea.

sábado, 27 de mayo de 2017

Cacería de brujas

Orlando Zabaleta.


No soy de los que se hacen cruces contra la “polarización” en general, y menos con el discursito de que antes éramos hermanos y ahora peleamos mucho. Socialmente hemos estado divididos desde la colonia, pero siempre se han gastado toneladas de saliva, papel y tinta, y años acumulados de radio y televisión, para que los pobres no se dieran cuenta de que estaban relegados. Y si alguien hacía notar la escisión lo llaman “resentido”; así como el Ku Klux Klan consideraba resentido al ex esclavo que no amaba a su antiguo amo ni a su capataz azotador. Esa es la polarización social. Innata en el sistema. Más inevitable que la muerte y los impuestos.
Ah, pero la polarización política es otra cosa cuando solo expresa lo social parcialmente y se contamina con intereses de grupos dirigentes y de sectores con influencia. Es una polarización emponzoñada. Sobre todo cuando apela al miedo y no a las razones. Cuando echa a un lado las ideas y los entes polarizados (militantes o televidentes) solo tienen un criterio de valoración para cualquier hecho, argumento o persona: si está de un lado o del otro. O sea, cuando los polarizados donan su cerebro a la “causa”; es decir, dejan de pensar.
Aclaro: no soy de los confundidos que exigen (y peor aún: creen practicar) la “imparcialidad” y la “desideologización”. La “supresión” de las ideologías es una de las ideologías más primitivas que se pueda concebir. El que no asume su “ideología” lo hace por ignorancia: desconoce de cuáles pensadores y de cuáles ideas es fiel esclavo.
Cuando el ultrapolarizado entrega su autonomía mental, los jefes pueden hacer todas las cabriolas imaginables, sostener una posición hoy y mañana la contraria, sin verse obligados a dar explicaciones. Por ejemplo: llamarse democrático y propiciar un golpe de estado, o propagar la salvación del planeta y entregar territorios inmensos a una codiciosa transnacional minera.
El ambiente social se enturbia. Es pura niebla. Se escucha cualquier barbaridad. Y, claro, se hace cualquier barbaridad. No es tiempo de distinciones, y todos los gatos son pardos.
Los jefes opositores, por pura viveza, denuncian a la “dictadura”. No confío en la capacidad intelectual de los que repiten eso de la “dictadura”; y el argumento me parece inmoral precisamente porque he tenido y tengo amigos y conocidos que sí han sufrido en carne propia los rigores de las dictaduras. Y porque sospecho que los que tan cómodamente denuncian a la “dictadura” a los cuatro vientos no serían capaces de enfrentar a la SN, ni a Pinochet ni a Videla.
Uno de los efectos más viles de la polarización política es la caza de brujas. Desde la bajeza de agredir al contrario en su casa, en restaurantes o aeropuertos, hasta la agresión física de cobardes turbas con ánimo de exterminio. Como no confundo una voz engolada con capacidad mental no me asombró la incitación genocida de locutores que fungen de analistas políticos.
Y del otro lado, desde una supuesta postura de “izquierda”, han arrancado su propia cacería de brujas contra la Fiscal de la República. Basta con llamarla “traidora”. Puros adjetivos, que lo sustantivo no se toca.
Permítanme tratar de lo sustantivo. Hay que colocarse en una postura “civilizatoria”. Es necesario respetar y defender el debido proceso. Digo, para que no seamos bárbaros. Que no se puede luchar contra la barbarie con otra barbarie. Hay mil ejemplos históricos. El más cercano es la OLP que se dedicó a violar los derechos humanos más elementales y solo logró aumentar los índices de criminalidad y violencia, ahora acompañados de los abusos más espeluznantes. Es popular en muchos sectores de clase media eso de acabar con el hampa asesinando: es parte de nuestro atraso.
El argumento reaccionario de que el respeto al debido proceso aumenta la impunidad debería dar vergüenza. Siempre hemos dicho, los civilizados, que necesitamos mejores policías, mejores fiscales y mejores jueces, para luchar contra la impunidad, que hagan bien su trabajo. No que hagan trampas y cometan delitos para enfrentar los delitos. Son conocidas las deficiencias que hemos tenido en esos aspectos. ¿Y ahora resulta que la impunidad se debe al debido proceso? ¡Por Dios!
Claro que la Oposición, irresponsable, no se deslinda de los malandros que atacan CDI, Oficinas públicas, y que saquean a diestra y siniestra. Que asquea que esos delincuentes sean tratados como “luchadores por la libertad”. Y que deben ser castigados. Pero castigados según el ordenamiento legal. Porque la actuación de los encargados de resguardar el orden público debe ser conforme a las leyes. Y sus abusos también deben ser castigados.
La Fiscal no está de acuerdo con la Constituyente. Y tiene derecho a tener su opinión. Diría que estamos ante el simplismo histórico de una “izquierda” que vive en bipolaridad: Si no estás con la Constituyente eres traidor. Pero eso sólo una arista del problema. Porque hay muchísimo más de postura de derecha en esa dicotomía. Aquí hay personeros a quienes uno escucha hablar diez minutos y queda clarito que son de derecha, pero como están con la Constituyente, y han apoyado al gobierno en todos y cada uno de sus posturas y virajes, hay que creer que son de izquierda. Así estén orgullosos de honrar a los financistas capitalistas pagándoles más de 60 mil millones de dólares mientras los pobres sufren la crisis a diario. Así confundan subsidio con socialismo. Y que conste que del lado del “chavismo crítico” también hay bastante gente de derecha. ¿Es que no pueden distinguir los discursos? No, tristemente, no pueden.
Aunque nos haga mucha falta, no tenemos cultura de las instituciones. Es un fenómeno viejo. Recuerden a los ricos banqueros que quebraron sus bancos, y a los gerentes de empresas públicas que lejos de producir vivían, y viven, del erario nacional. Nadie considera importante la institución a la cual representa, ni se cuida de cumplir sus objetivos. Y piensa que la Fiscal no tiene derecho de defender y ejecutar las funciones de la Fiscalía. Después se asombran del descrédito de las instituciones, ese peligroso descrédito que pone en peligro a la república.
La campaña contra la Fiscal, nadie puede dudarlo, está orquestada. Y cada quien quiere tocar su instrumento como puede, lanzar sus desafinadas notas.
Lo único que se me ocurre pensar de la Fiscal, a quien no conozco, es que es valiente. Y dejo estas palabras en señal de que no formo parte de crucifixiones.


PD: A los amigos, cuya buena fe no pongo en duda, que me llaman para ver si mis posiciones son revolucionarias, y me repiten el manojo de consignas oficiales, les reitero que precisamente porque soy de izquierda respondo así. Y que he sido muy paciente en responderles, les he argumentado. Y argumentarle a alguien es mi forma de demostrar respeto por su capacidad de raciocinio, es apostar a su razón.

Sábado, 27/05/2017.  Aporrea.

domingo, 8 de enero de 2017

Convertir el error en virtud

Orlando Zabaleta.



En noviembre nuestro sistema de pagos era malo. Si uno pretendía comprar un kilito de queso más un cartón de huevos y tomarse un café en el camino, debía salir a la calle con un grueso fajo de 150 billetes al menos (si eran billetes de 100). La red de pagos electrónicos tendía a saturarse ante esa situación, y era propensa a fallas.
Pasamos todo el año rezándole al santo patrono del sistema monetario (debe haber uno) para que iluminara a Merentes y el Banco Central emitiera al fin un billete o una moneda de mayor valor que 100 Bs.
El sistema de pagos, pues, era malo. Entonces vino la operación de retirar en 72 horas, cierre de fronteras incluido, los billetes de 100 y lo puso peor.
La extracción del billete de 100 llevaba dos años (según Maduro). O sea: hubo tiempo para diagnosticar y planificar la respuesta. Cuesta entender esa cadena de marchas, contramarchas e improvisaciones que hemos sufrido.

El valor nominal

Una de las razones de la extracción del billete de 100 es que su valor facial, el valor impreso asignado por el BCV, es menor que el que el que tiene el billete como objeto, el papel moneda puede ser reutilizado. Da más provecho el billete como materia prima que como medio de pago.
La solución era sencillísima: sustituir el billete (cuya fabricación es cara y se paga en dólares) por una moneda metálica. Durante el 2016 el BCV se empeñó en enfrentar la extracción y escasez de billetes de 100 emitiendo grandes cantidades de billetes caros, por eso no se ve un billete de 100 viejo o usado desde hace años.
Y no hacía falta ser un gurú o un astrólogo para ver lo que la inflación le había hecho al pobre billetico de 100 a finales de 2015.

El momento y las condiciones de la batalla

Un buen general escoge el terreno y el momento para presentar batalla. Busca las condiciones más favorables. Pero Maduro escogió para la operación sorpresa precisamente a diciembre. Mes vital para la economía y la gente y cuando más falta hacen los billetes.
Se arrancó la ofensiva sin tener municiones a la mano (es decir, los billetes de 500 o las monedas de 100), se envió a los soldados al combate con la promesa de que pronto llegarían las municiones. No se debió intentar recoger los billetes de 100 en 72 horas sin tener disponible (al menos en puerto o aeropuerto nacional) las nuevas monedas o billetes para sustituirlos.

Contramarchas con información confusa

Se arrancó ponderando el “éxito” de la operación. ¿Con qué criterio? Porque el asunto no es sacar de circulación el billete, el asunto es hacerlo sin afectar a la economía y a la gente. Hasta se recortó el plazo de los “cambios” en el BCV. No se aclaró que la sucursal del BCV en el Zulia no estaba incluida en la operación hasta que los disturbios aparecieron; se dejó entrever que la Casa de la Moneda acuñaría las nuevas monedas, que solo le llegaron a Maduro. Ni un miserable cronograma. Dos prórrogas de vida para el billete de 100.

Como un secuestro

Mafias nacionales y extranjeras están detrás de la extracción del billete. Y hay que golpearlas, golpearlas de verdad. Pero la actuación del gobierno recuerda a esos secuestros que la policía enfrenta a punta de tiros sin preocuparse por la vida de los secuestrados: las víctimas mueren en un fuego cruzado. Bien bueno que se golpee a esas mafias, pero háganlo sin matar a las víctimas.
La operación se ha pagado en pérdidas económicas. ¿Cuánto afectará el descrecimiento? ¿Punto y medio adicional de baja del PIB? No es una mera cifra: significa que todos somos más pobres. Se ha pagado en parálisis económica e inestabilidad política y hasta en pérdidas de vidas humanas. Y cuando Maduro insiste en mantener guardados las nuevas monedas y billetes alarma.
Maduro contaba con menos de 20% de apoyo. Luego de esta operación, creo que el apoyo se habrá acercado al 10%.

Grave: convertir el error en virtud

El gobierno se debilitó. No se puede tapar un sol de torpezas con un dedo de propaganda. Los que creen que Maduro se la comió no deben llegar a un 7% del país. Ya es grave el debilitamiento popular del gobierno, pero es más grave que un chavismo acrítico se aleje voluntariamente del pueblo con visiones sedantes. ¿Quién estará apuntalando el juego a la derecha? ¿Los que critican o los que aplauden inocultables desaciertos para que se repitan?

Domingo 08/01/2017. Notitarde. Lectura Tangente

jueves, 15 de diciembre de 2016

Abrí una librería

Sí, amigos lectores, abrí una librería... aunque virtual. Está en la pestaña "Librería epub" (podría cambiarle el nombre más tarde).

Están en formato "e-pub", un formato de libro digital estándar. Los programas lectores de "epub" son muchos y, además, son gratis. Elegir uno es un asunto de preferencia; nombro algunos solo como referencia: Sumatra, Adobe Digital Editions, Calibre. Es sencillo descargarlos por Internet.

Hasta ahora he colocado MÁS DE 1.100 LIBROS. Están en orden alfabético según el apellido del autor. Seguiré colocando libros, no sólo en las "letras" que faltan (voy por la "M"), también agregaré nuevos títulos en las letras ya colocadas, según los libros que vaya consiguiendo.

Ya es, creo, una buena colección: literatura, historia, economía, sociología, y temas diversos. Como toda selección hay mucho del seleccionador en los resultados. Inevitable, hasta algún libro estará allí nada más porque me topé con él en la temprana adolescencia.

Espero que disfruten de la librería. Y que le sea útil para algo (que en el caso de las lecturas, lo útil y el disfrute no siempre coinciden), que aprendan y desaprendan muchas cosas.



Posdata:
A pedido de algunos amigos: he aquí los vínculos a algunos programas lectores de epub. Todos son gratis, y hay muchas otras alternativas.

Yo utilizo Calibre, programa que permite la edición y hasta la creación de archivos e-pub. Calibre también gestiona los epub (al adicionarlos a la lista, Calibre crea una versión específica del archivo). Pero, sólo como lector es muy bueno, y he leído que algunos lo utilizan nada más que para leer epub.

Sumatra PDF lee archivos e-pub y otros formatos digitales. Yo no lo he usado, pero tengo buenas referencias. Es el más simple y el más rápido.

Adobe Digital Editions está respaldado por Adobe, y es mayor ventaja porque es un poquito lento.


Lectores de e-pub

Adobe Digital Editions

Calibre

Sumatra PDF


martes, 13 de diciembre de 2016

Ya Merentes habló (al fin)

Orlando Zabaleta.


Muchos venezolanos estábamos sospechando que el Directorio del Banco Central de Venezuela, incluyendo a su presidente Merentes, hacía tiempo que se habían ido del país. O, al menos, que se sentían jubilados de sus funciones.
No solo por los datos que no publican (y que deberían publicar), sino por las miles de dificultades que causa el hecho de que se necesiten al menos cinco billetes de la “más alta denominación” (es decir, billetes de 100 Bs.) para comprarse un café marrón grande en la panadería de la esquina. O sea: problemas como bancos con necesidades de efectivo, cajeros vacíos a cada rato, comercios haciendo negocio con los “adelantos” de efectivo, etc., etc. Hay que vivir fuera del país para no enterarse de este zafarrancho.
Los rumores hablaban de unos nuevos billetes que saldrían en diciembre. Fuentes anónimas vinculadas al BCV eran citadas por los periodistas. Pero el Directorio seguía mudo: ni confirmaba ni negaba esas especies, por lo cual seguían siendo rumores.
Sin billetes, por supuesto, la crisis de los pagos electrónicos del pasado 2 de noviembre tuvo mayores efectos en una economía que anda sedienta de efectivo hasta para esos pagos que, bueno, todavía habría que llamar “menores”. El botellón de agua potable, la bombona de gas, el pan de trigo, el litro de leche, etc., valen varios billetes de altísima denominación.
Entonces el BCV se decidió a hablar al fin. Un comunicado informa que sí es verdad lo que expresaban los diarios, que se esperan billetes de mayor denominación, “nuevos”, para el 15 de diciembre. Y aprovecha el BCV para publicar un nuevo aumento de las tarifas bancarias.
Entonces aparece, al fin, Merentes, el propio, el presidente del Banco Central de Venezuela y nos presenta los diseños de nuevos billetes que se sumarán al cono actual. O nos re-presenta, porque son los mismos diseños actuales con los números cambiados. La razón (o excusa) para no presentar diseños nuevos no es que estén retrasados en el proceso, sino que esos diseños recibieron un premio hará 8 años.
Y el presidente del BCV, de cuyas palabras están pendientes millones de adultos de todo el país, decide que mejor les habla a los niños. Y empieza a contar el significado y las historias de las figuras que aparecen en los billetes. Comienza con Miranda, dónde estuvo, que hizo, que gran biblioteca tenía, y pasa por todos, que si Negro Primero, Simón Rodríguez, Guaicapuro, Luisa Cáceres de Arismendi. Y tampoco olvida a la tonina, al oso, a la tortuga que aparecen en los billetes.
La cosa es más incomprensible (y hasta grotesca) precisamente porque los diseños no son nuevos, son viejos para los venezolanos. Y porque el trasfondo del problema del cono monetario nos sigue acogotando.
Señor Merentes, los adultos hubiéramos apreciado que nos explicara la razón del inmenso retraso para enfrentar el problema. Para ser franco, a mí no se me ocurre ninguna buena excusa, y por lo que veo a usted tampoco. Pero también los adultos esperábamos un cronograma sobre la entrada en circulación de esos billetes. Sólo nos dejó claro que el 15 entraría el billete de 500, y “luego” el de 5.000, y más tarde los otros. Se le hubiera agradecido mucho un cronograma, no vaya a ser que tengamos el de 500 (porque ya llegó al país) el 15, y el “luego” se convierta en “veremos”, que eso ha pasado mucho.
El problema del cono monetario inadecuado es un problema que no teníamos que sufrir. Una cosa es que se desplome el precio del petróleo, y es poco lo que podemos hacer contra eso. Y otra cosa es la falta de previsión o (si se previó) de acción. Le recomiendo que no construya una súper-comisión con doctores en economía y matemáticas para monitorear la vigencia del cono monetario, simplemente esté pendiente del costo de un café grande y cuando el café valga la quinta parte del billete de mayor denominación declárese en emergencia y salga a resolver el problema. Es más simple.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Crónica de lo cotidiano

Orlando Zabaleta.


Los lunes hago cola con mi mujer, Corteza la bella, que ese es el día que le toca para comprar “regulados”. Los martes me toca a mí, y ella me acompaña.
Me levanto a las 3:45 am, hago el café (irrenunciable tradición venezolana), monto las arepas en el budare, me baño y levanto a Corteza a las 4:30 am. Prefiero madrugar primero para darme el gusto de no apurarme. Salimos a la oscuridad de la calle a “bachaquear”, que así llama el venezolano a esa búsqueda inclemente de comida el día asignado.
Quisiera ser el único venezolano obligado a ese sacrificio madrugador. Con gusto llevaría sobre mis hombros ese padecimiento yo solo por el resto del país. Pero lamentablemente no es así: cuando llegamos a la cola siempre hay muchos centenares más de sacrificados.
Los supermercados abren a las 8:30. Desde las 5:00 am hasta la apertura la cola se alimenta de rumores sobre lo que venderán ese día. Y de la esperanza de que haya harina de maíz, o aceite, o leche. Nadie es tan optimista como para soñar con azúcar.
El verbo “marcar” se escucha a cada momento. “Marcar” es hacer cola en un sitio un rato, conocer a los que van delante y detrás, e irse a otra cola en otro supermercado cercano. Se considera normal. “Vaya rapidito, y marque la cola allá, que le respetamos su puesto y aquí no pasará nada hasta las ocho”.
Dependiendo de la fuerza de los bachaqueros, vende-puestos y coleadores profesionales, y del orden o el desorden que los del súper y los soldados y milicianos impongan, pueden llegar las 10 am antes de entrar a comprar. Y puede que ya se hayan acabado los regulados, o quede apenas medio kilo de pasta. Si intenta continuar en el otro supermercado, se le harán las 12 del mediodía, y el riesgo de que se acaben los productos antes de entrar al negocio es muy grande.
A las 12 uno ya ha cumplido una jornada de 8 horas. Ha sentido el frío de la madrugada, ha llevado sol parejo, las piernas se le han cansado, el sueño lo está llamando. Y tiene hambre. Y a veces son la 1 y aún está bachaqueando. Adentro los supermercados nunca tienen suficiente cajas registradoras abiertas, así que hay que invertir al menos una hora más para pagar y poder salir.
El venezolano utiliza mínimo dos días para el “bachaqueo”.
Y los otros días de la semana otras colas esperan. Las de las ferias de verduras, porque en los supermercados los precios del tomate son altísimos. Hay que estar enterados de dónde y cuándo hay feria. Y algunas solo aceptan efectivo, y entonces hay que hacer cola en el banco, o recorrer la ciudad buscando cajeros con plata.
También hará cola para comprar el queso o la carne a mejor precio. Por su casa las bodegas y abastos cercanos lo robarán descaradamente. Ah, y guarde energía para una vez al mes hacer la interminable cola del gas.
De los siete días de la semana, más de la mitad se utilizan para llenar la despensa de la casa.
Las reuniones sociales, me refiero a eventos culturales, políticos, son un lujo de tiempo impagable. Ya me he disculpado con Laura Antillano y José Carlos de Nóbrega, por no asistir a sus extraordinarios martes literarios (en el MUVA, valga la cuña), porque los martes en la tarde ya estoy muy molido.
Nos estamos estupidizando, que las relaciones sociales, así sea “echar una pajita” con unos amigos mientras tomamos un café, hablar sobre el tema de su preferencia, son tan necesarias como la harina pan de cada día (que, siempre lo digo, nadie piensa solo). Pero tenemos que renunciar a ellas. A mí me invitan a muchos eventos políticos, sindicalistas, poetas, académicos, etc., y debo declinar la invitación la mayoría de las veces. Lo peor de todo es la tendencia al aislamiento.
¿Se preguntan por qué, en esta crisis, no se dan grandes movilizaciones permanentemente, no se forman grupos de opinión en forma masiva? Es por el tipo de crisis y su efecto en lo cotidiano. Nada que ver con, por ejemplo, los años 2002-2003, cuando los barrios se plagaron de grupos de discusión espontáneos. Es un dato sociológico demoledor. Explica que la crisis política tenga ritmo de calma chicha sofocante.
Ahora casi siempre estamos hablando de comida. Que Marx tenía razón: antes de hacer arte o poesía, o política, el hombre necesita comer.

lunes, 21 de noviembre de 2016

El BCV y la falta de billete

Orlando Zabaleta.


Se espera que los que manejan la moneda de un país sean discretos, reservados, parcos; siempre se teme que sus declaraciones puedan producir bruscas variaciones de acciones o divisas que degeneren en tormentas especulativas. Aquí no, pero en casi todo el mundo la moneda es un tema muy serio.
La única virtud innegable de los integrantes del Directorio del Banco Central de Venezuela es la discreción. En ese aspecto son un ejemplo mundial. Pero una cosa es ser discreto y otra ser mudo. El silencio del BCV sobre los dramáticos avatares de nuestra moneda es absoluto. Uno a veces tiene dudas: ¿será que siguen allí todavía? Digo, los miembros del Directorio del BCV.
El objetivo fundamental de la institución está claramente determinado por la ley: “lograr la estabilidad de precios y preservar el valor de la moneda”. Con mayor claridad está determinado que el objetivo fundamental no se está cumpliendo para nada. El BCV no suelta ni una palabra.
Entre las funciones del BCV, también definidas por la ley, está la de “Acopiar, producir y publicar las principales estadísticas económicas, monetarias, financieras, cambiarias, de precios y balanzas de pagos”. Pero el BCV dejó de publicar mensualmente el índice de inflación como siempre se hacía y se había hecho. Asumo que sigue recopilando los datos y haciendo los cálculos pertinentes, que los técnicos y la estructura necesaria continúan allí.
¿A quién se le ocurrió esa idea tan disparatada de ocultar los datos de la inflación? ¿Quién fue ese genio? ¿Era de adentro (del BCV) o de afuera? ¿Qué pretendían al incumplir sus funciones y esconder las cifras? ¿Ocultar el nivel de inflación? ¿Se sentirá menos que el salario no alcanza cuando se desconoce el índice de inflación?
Estamos en un país tan especulador que hasta se especula con las variables macroeconómicas. Si el Banco Central no da cifras de inflación, los economistas lanzan números, los inventan, y nadie quiere quedarse cortos. Fíjense en el economista Guerra, ahora diputado, durante el primer semestre de cada año da unos números pavorosos, cinco o seis veces lo que resultará al final (creo recordar que empezó este año prediciendo 1.500% de inflación). Las cámaras de comercio lo invitan a cuanto evento tienen porque los comerciantes por tradición especulan con las alzas: sus precios de venta no lo vinculan al costo que tuvieron, sino al costo de reposición, de manera que compran al precio de hoy pero venden al precio de mañana. El bochinche, en todo caso, promueve la espiral inflacionaria.
La última “distracción” del Directorio del Banco Central la padecemos los venezolanos diariamente. Y es de lo más inexplicable: estaba de anteojitos que el cono monetario no correspondía con la inflación. Con un poquito de previsión (que una cosa es no publicar las cifras y otra es no saber lo que pasa y va a pasar) se pudo haber enfrentado el problema a finales de 2014 y adelantar algo para la emisión de billetes de 200 y 500 Bs. Pero pasó todo el 2015 y nada. Y luego este año casi completo.
Ahora a las colas para comprar comida se agregan las colas para retirar efectivo, o la búsqueda desesperada de un cajero con dinero. Los que transportan valores dan más viajes que nunca. Los bancos se quedan sin efectivo, o pagan miles de bolívares con billetes de 20. Llamar al billete de 100 Bs., “billete de alta denominación” es solo un decir: ni un café se puede comprar con 100 Bs. Los comerciantes están haciendo negocio con el “avance de efectivo” (cobran 10% lo menos, y otros 15%); cualquiera que tenga un punto se mete a banquero, pues.
¿Se hacen cargo ustedes, señores del Banco Central, de cómo las consecuencias de su inacción afectan a los venezolanos diariamente? Porque para prever la necesidad de billetes de más valor no se necesitaba una maestría, bastaba con el sentido común.
En los últimos meses, quién sabe si es la campaña de algún sádico, aparecen noticias no oficiales sobre la llegada próxima de los nuevos billetes. Son noticias oficiosas, atribuidas a “fuentes del BCV” que no se identifican. Mientras, ustedes ni ratifican ni desmienten. Nunca informan. Como la esfinge de Keops, totalmente callados.
Tun tun, ¿hay alguien allí?

Domingo 20/11/2016. Aporrea

El hombre del Vaticano y el hombre del Norte

Orlando Zabaleta.


I
Cuando monseñor  Emil Paul Tscherrig, enviado del Papa Francisco, aceptó la misión de mediación en Venezuela, no imaginaba el vaporón en el cual se estaba metiendo.
Su experiencia diplomática, y cuatro años como Nuncio en Argentina más otros cuatro en el Caribe lo hacían idóneo para la tarea. La mediación demanda tacto, precaución para saltar los imprevistos baches que los contrincantes colocarán en el camino, un poco de carisma, instinto para saber cuándo y cuánto de intimidación aplicar. Pero sobre todo requiere la paciencia de un santo, que arbitrar entre políticos es un via crucis de infinitas estaciones: sentar en una misma mesa a gentes que no se quieren ver ni en pintura es la primera parada; la siguiente es que un gentío que no está de acuerdo ni en la hora aprueben una agenda de discusión, luego ir punto por punto, y así sucesivamente hasta llegar al Domingo de Resurrección. Hay que tomarlo como los alcohólicos: cada día sin beber es una victoria; cada paso, cada parada es un pequeño triunfo.
La primera victoria, así se creía, es que ambas partes aceptaron lugar y fecha para la primera reunión (Nos vemos en Margarita el domingo). Así que monseñor Tscherrig da confiadamente las declaraciones haciendo público el acuerdo.
Y allí, sin empezar el via crucis de la mediación, comenzó el calvario. Sale Capriles quejándose de que se enteró por televisión. Y se arma el jaleo. Después de dimes y diretes queda claro que Chúo Torrealba sí es el Coordinador de la MUD y que fue autorizado por los partidos para asistir a la reunión, y que todos los partidos sabían de la reunión y del acuerdo. Pero no se sabe si los teléfonos de Capriles funcionan, ni si los de la MUD se llaman entre ellos.
¿Conocerá monseñor Tscherrig la experiencia de Carter?

II
En agosto de 2004 todo el mundo sabía que Chávez ganaría el referéndum revocatorio. Todas las encuestadoras, nacionales o extranjeras, le daban al menos 10 puntos de ventaja al chavismo. El jueves anterior a las votaciones, en un hotel capitalino, las encuestadoras amigas de la Oposición (Datanálisis, Keller) se lo dijeron clarito a los jefes de la Coordinadora Democrática (anterior nombre de la MUD). Todo el mundo lo sabía, menos la perdida clase media, a la que Rabel, Granier, Otero, etc., tenían convencida de que a Chávez no lo quería nadie.
Al conocerse los resultados tan adversos, la primera reacción de la Coordinadora fue desaparecer de la Quinta La Unidad. Corren al Hotel Tamanaco a buscar la ayuda y apoyo del expresidente colombiano Gaviria, Secretario General de la OEA entonces, y del ex presidente Carter. Pero el equipo técnico de la OEA y del Centro Carter ha realizado un conteo rápido que coincide con los resultados emitidos por el CNE, así que ni Gaviria ni Carter van a desconocer a sus propios técnicos para apoyar a los Opositores.
La Coordinadora había rechazado los resultados al principio con el argumento de que “no estaba presente cuando se hizo la totalización” (que es como rechazar que 8 por 6 es 48 porque no se presenció la multiplicación). Le piden a Gaviria y Carter que negocien por ellos con el CNE: ofrecen reconocer los resultados si se realiza una auditoría con una muestra específica. Gaviria y Carter se van al CNE y logran la aceptación de la propuesta opositora. Pero mientras iban, los jefes de la Oposición cambian de opinión y ahora plantean una muestra más grande. Carter, sorprendido, se molesta y los acusa de poco serios. Al final la postura pública de la Coordinadora fue pedir la auditoría del total de las mesas y no participar en la que ellos habían pedido.
Carter es caceroleado al intentar degustar una pasta en el restorán caraqueño Limoncello. Dice mucho del nivel de los opositores el que creyeran que Carter, un expresidente de Estados Unidos, se había metido a chavista.
En las elecciones regionales, unos meses más tarde, la Fundación Carter se negó a participar como observadora. A lo mejor Carter creía que los de la Coordinadora necesitaban psiquiatras y no políticos.
Volviendo al presente, ya la MUD arrancó mal con monseñor Tscherrig. Primer chasco, y no será el último. Eso pasa en los diálogos cuando se quiere y no se quiere.

Sábado 29/10/2016. Aporrea.

Y ganó el loco

Orlando Zabaleta.



La ciudad industrial
Todavía estoy a tiempo de recordarlo: Detroit era la orgullosa capital mundial del automóvil. Aún tienen allí su sede la Ford, la General Motors y la Chrysler. El automóvil fue la industria punta del capitalismo durante casi todo el siglo XX. Pero con los 70 llegó la amenazante competencia japonesa. Alguien propuso pintar los motores de los autos gringos con la bandera de las estrellas y las barras, para así, vía llamado patriótico, detener la nueva invasión nipona. Demagogia hipócrita de las grandes automotrices: cuando el exhorto chovinista no les dio resultados, mudaron la producción de partes y el ensamblaje a otros países, donde los salarios fueran bajos. Además la industria automotriz se robotiza con rapidez; es decir, ofrece menos puestos de trabajo con rapidez. Ahora llaman a Detroit la ciudad fantasma. El desempleo está cerca del 50%. La gente abandonó la ciudad en estampida y dejó cientos de miles de casas y edificios abandonados. Apenas quedan 700 mil habitantes sobreviviendo.
Detroit es la capital del estado de Michigan. Donde nunca ganaban los republicanos. Pero Trump logra, contra todo pronóstico, ganar en Michigan. No con una gran diferencia, pero el primitivo sistema electoral norteamericano no sabe de representación proporcional.

La empresa más admirada
Los actuales modelos del capitalismo son las corporaciones de informáticas. Apple encarna el arquetipo, mitología incluida. La empresa que arranca en el garaje de unos jóvenes rebeldes es la prueba viva de la fuerza del “sueño americano”. Revoluciona el mercado con los productos que lanza: su reproductor mp3 no es un reproductor mp3: es un iPod. Redefine con su teléfono y su tableta los nichos respectivos. Según la revista Fortune, fue la empresa más admirada del mundo entre 2008 y 2012 (en plena crisis). Según el índice BrandZ (índice que utiliza además de los balances de las empresas, la percepción de sus usuarios), Apple es la marca más valiosa del mundo.
Sí, sin duda es la principal marca gringa. Pero, ¿dónde tiene sus fábricas? Muy lejos de su sede en California: en China. Allí trabajadores chinos con bajos salarios (mujeres y niños en las llamadas “Zonas Especiales”) producen los laptops, las tabletas, los celulares de Apple.
La miel de los salarios bajos es muy atrayente porque allí también produce la Disney los “souvenires” y juguetes de sus famosos personajes. Igual que la HP, otro ícono del mundo del PC. Todos fabrican en China.
Estados Unidos se está quedando con las Marcas, mientras el Oriente se queda con las fábricas. El país metrópolis del capitalismo se está desindustrializando. Detroit no es la única ciudad corroída por el desempleo. Trump dijo que obligaría a las empresas a regresar sus fábricas a América. Hubo gente que se lo creyó.

La crisis que no cesa
La última crisis mundial del capitalismo de 2008 no ha sido superada aún. Hay indicadores pre-crisis que no han regresado. Ya sabemos, experiencias de más de un siglo, que los niveles de empleo son lo último que se restituyen en la fase de recuperación. El capital, luego de la caída, usa su capacidad instalada ociosa sin necesitar más trabajadores. El crecimiento lo impulsa la tecnología, o sea: menos requerimiento de mano de obra; el fenómeno se ha acentuado desde los 90.
Ese es el trasfondo del caso Detroit. Y del horroroso nivel de desempleo de España entre los jóvenes.

La sorpresa
La crisis económica no es la única razón por la que ganó el loco. La candidata rival ayudó bastante: es difícil escoger entre dos figuras tan inmorales. La Clinton es la vieja y poderosa mafia politiquera casada con el gran capital, gana en los estados más ricos, en las ciudades más populosas, donde los servicios (útiles o inútiles) de todo tipo desplazaron al trabajo industrial. Es el capitalismo actual y futuro: viciosamente especulativo. Pero en los pueblos pequeños, no es la rebeldía anti-estatus lo relevante. Es el atraso, no lo adornen. Allí gana el loco porque el sector más atrasado (machista, xenófobo, racista, excluyente, homofóbico) añora la perdida “grandeza americana”, le importa poco otras consideraciones distintas a su rabia, y lo apoyó.

Entramos al mundo de lo impredecible.