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viernes, 24 de agosto de 2018

Al fin Maduro se enteró de la crisis


Orlando Zabaleta.



I La Confesión
Repentinamente Maduro reconoció tres hechos (tres desequilibrios de monta) que, hasta el momento, consideraba de muy poca importancia o estaban fuera de la acción del gobierno (o incluso evitaba mencionar):
PRIMERO: La gigantesca sobrevaluación (oficial) del bolívar que estábamos arrastrando. Hasta el viernes 17 el precio oficial del dólar amaneció en 248.832,00 Bs. F (24 veces menos que el dólar paralelo). Ya el día anterior el gobierno había admitido en los hechos que ese precio era ridículo e irreal al elevar el dólar remesa a 4 millones de Bs. F. Pero el último anuncio oficial lo llevó, de golpe y porrazo, a 6 millones de Bs. F (el precio de DolarToday en esos días). Sin duda, la devaluación más grande de nuestra historia.
SEGUNDO: La masiva “emisión de dinero no orgánico” para cubrir el déficit fiscal. Pero ahora, señala el presidente, vamos a “una meta de déficit fiscal cero”. Reconoce que ese mecanismo de autofinanciamiento del gobierno es uno de los motores de la hiperinflación que padecemos. Se justifica Maduro de haber fomentado la inflación durante años con una frase: “yo diría que así es la vida y nos tocó jugar así”. ¡Tremenda justificación!
TERCERO: La gasolina regalada es insostenible. Que el pírrico precio de la gasolina no sólo es un elemento suficiente para quebrar a cualquier empresa petrolera por más grande que sea, incluyendo a PDVSA, sino que también es la base del contrabando de extracción del combustible hacia Colombia y el Caribe, lo cual es otra sangría de dólares.
Estos tres descomunales desequilibrios fueron tercamente inadvertidos por el gobierno durante los últimos años. No eran las causas de la inflación y del contrabando de gasolina, decía, las causas estaban en la mala fe de los enemigos, en la “guerra económica”. Los “sesudos” economistas del gobierno negaban que el aumento de la liquidez tuviese efecto inflacionario y argumentaban que las llamadas “subastas” del DICOM (con un precio del dólar irrisorio y unas cantidades “subastadas” ínfimas) eran un mecanismo de lucha contra Dólar Today y no una obra de teatro.
Es una lástima que tuviéramos que llegar al desastre actual para que la cúpula del gobierno dejara las novelerías. Pero, en principio, es bueno que ahora al menos se hable de economía.
Claro que el “giro” de Maduro no justifica que durante años estuviera desbaratando al país mientras fingía que lo "protegía". Precisamente esos años de deterioro acelerado de la situación económica, esa acumulación de males, esos desequilibrios engordando, hicieron los correctivos más grandes, más inevitables y más dolorosos.

II Los análisis interesados

Evidentemente, esas medidas coinciden con las que propugna el FMI. Sé que este gobierno, que hay que juzgarlo por sus acciones y no por sus palabras, es un gobierno de derecha. Pero no voy a usar la devaluación, el prometido recorte del déficit y el aumento de la gasolina para demostrar la derechización del gobierno. Eso sería un golpe bajo e incoherente de parte de los que hemos sostenido en los últimos años la necesidad de atacar esos desequilibrios.
Hay personajes que antes propugnaban estas medidas y ahora denuncian el “paquetazo” con una demagogia desvergonzada. Con mucha razón las combativas enfermeras en conflicto rechazaron a los partidos y personalidades de la derecha que pretendían ganar prensa dizque apoyándolas; son los mismos que ahorita critican la elevación del salario mínimo y se ponen las manos en la cabeza por un aumento salarial que ni siquiera cubre la cesta básica. Más preocupados por los empresarios que “no pueden producir con pérdidas” que por los trabajadores que sí han estado produciendo, producen y producirán con pérdidas (hasta de su peso físico).

III La incoherencia y la ineficacia

Pero las medidas no son, o no deberían ser, una lista de acciones, se supone que son un plan. Y allí es donde fallan precisamente porque son incoherentes. Y algunas inefectivas.
La más ineficaz de todas es el “anclaje” del bolívar en el petro. Resulta que esa singularidad que es el petro no tiene aceptación general para funcionar como divisa (¿alguien nos venderá alimentos y medicinas en petros?). Y menos para que se pueda decretar su valor en dólares. Sí se puede, me dirán algunos, porque está “anclada” en un barril de petróleo. ¿Sí? Pero el barril de petróleo está en el fondo de la Tierra, y no es fácil sacarlo (pregúntele a Quevedo). Póngase usted la mano en el corazón, amigo lector, y dígame si sacaría esos 60 dólares que tiene guardado en la gaveta de cuando las vacas gordas y lo cambiaría por un petro.
Hay que ver por debajo del monetarismo. La ilusión de que todo es un problema a nivel monetario es un pensamiento fetichista profundamente de derecha que tomó vuelo desde los 80. La política monetaria es una palanca, pero, como toda palanca (Arquímedes dixit), debe tener un punto de apoyo firme.
La realidad es que seguimos necesitando casi todo lo que importamos. Comida, medicinas, insumos para producir, repuestos para reconstruir los servicios públicos y enfrentar la crisis de transporte. Nos cuesta sobrevivir cuando nuestras importaciones se han reducido a menos de la quinta parte en estos años en “que nos tocó jugar así”.
Cada una de las medidas está intrínsecamente limitada. Y también, ya lo estamos viendo, estarán limitadas por la implementación de las medidas.
Al colocar el dólar a 6 millones de Bs. F., ahora 60 Bs .S, es cierto, algunos dólares vendrán por esa vía, pero, dadas las condiciones, es infantil esperar cantidades significativas. En verdad, no se está creando un mercado privado legal de dólares, puesto que se podrán vender dólares a 60 Bs. S, pero no comprarlos.
La idea de “déficit fiscal cero” es otra noción tomada de la derecha, y patrocinada por el FMI. Lo mortal es tener un déficit cercano al 20% del PIB. El gobierno no piensa, por supuesto, llegar a su pretendido ideal de “déficit cero” mañana, ya lo dijo, es una meta, y no lo hace porque cumpliendo de un solo golpe el objetivo se auto elimina, se paralizaría el gobierno, pero además, paralizaría al país totalmente.
Para reducir el déficit, que sí es una meta útil y necesaria, existe una receta simple y conocida: se aumentan los ingresos y se disminuyen los egresos, cualquier contador se lo diría. Ya el gobierno empezó con el aumento de ingresos. Aumentó el IVA. El IVA es un impuesto regresivo, esencialmente injusto puesto que lo pagan por igual tanto el pata en el suelo como el rico. Aún no está claro cómo es eso de que solo se aumentaría el IVA a los artículos suntuarios. Todos los gobiernos, cuando están apretados, prefieren aumentar el IVA que aumentar el impuesto sobre la renta, que sí es un impuesto progresivo, puesto que pecha las ganancias netas y no las operaciones comerciales. Pero como no pueden aumentar el ISR en forma regresiva, cualquier aumento del impuesto sobre la renta afectará el año 2019, y será cobrado en el 2020. O sea, la reforma fiscal debió haber sido hecha hace años. Por eso Maduro y el FMI, cuando hay crisis, prefieren meterse con el IVA, que es pa’ ya. También regresará pronto el impuesto a las operaciones bancarias, otro impuesto regresivo (y muy potente con la falta de efectivo que nos obliga a pagar hasta el pan con transferencia o tarjeta de débito), impuesto del cual nos había librado Chávez.
Los que sí pagarán menos impuestos serán los importadores y las transnacionales que inviertan en el sector petrolero y minero, exoneradas por el gobierno. El ajuste de impuestos es una maniobra al estilo Robin Hood al revés.
Para reducir los gastos, el gobierno debería reducir la corrupción, que, quien sabe, si se come al menos el 10 % de los dólares que nos entran. Sería muy útil llevarlo a menos de 5 %, pero para eso habría que cambiar gran parte del gobierno. También debería tener un plan para resolver el desaguadero de las empresas del Estado, la mayoría de las cuales (no todas) viven injustificadamente del presupuesto nacional. Una lucha contra la corrupción y la ineficacia, una lucha no meramente proclamada, sino efectiva y real, con resultados tangibles, sí sería bien recibida por el pueblo. Pueden empezar analizando cómo es que las importaciones del Estado cada vez compran más caros alimentos y medicinas, por ejemplo.
En síntesis, no se le ve el queso a la tostada. El “plan” global es de inspiración fondomonetarista.
Los meses que vienen lo dejarán claro. Tristemente claro.

Jueves, 23/08/2018. Aporrea.

miércoles, 3 de enero de 2018

Si tuviéramos la culpa del hambre que pasamos

Orlando Zabaleta.



I. Si tuviéramos la culpa del hambre que pasamos (Cuba, 1971)

El título del presente artículo es un verso del poema “Para no hablarlo nunca con mi madre” del cubano José Yanes. Aunque habré leído ese texto allá por el 72 o 73, en los últimos años ese verso en particular, “si tuviéramos la culpa del hambre que pasamos”, ha regresado con frecuencia a mi memoria.
En el poema de marras el (para entonces joven) poeta José Yanes trata de convencer a su madre de que no abandone la Cuba revolucionaria. Y le explica por qué él no la acompañaría en ese viaje.
“Vieja, / Si José Martí / no hubiese escrito nada nunca / (ni siquiera a Mercado). / Si no hubiera arrastrado el hambre / y las suelas de los zapatos por América. / Si se hubiera muerto de un catarro.”
“Si Beny Moré / no hubiera nacido nunca, / si no hubiese echado en el aire / su Santa Isabel de las Lajas” (…)
“Si Fidel no hubiera zafado su descarga / de La Historia me absolverá, / y no se hubiera encaramado en la Sierra / y no hubiera becados (…) si tuviéramos la culpa del hambre que pasamos”.
Era verdad: los cubanos no tenían la culpa del hambre que pasaban. El bloqueo imperial prohibió comprar o vender cualquier producto a Cuba. Las automotrices gringas, por ejemplo, no podían suministrar ni autos ni repuestos a la isla. Hasta las medicinas y los equipos de salud sufrían el bloqueo. Conseguir lo insustituible (una medicina contra el asma o el irremplazable repuesto de una central  eléctrica) implicaba pagar costos excesivos a intermediarios no muy escrupulosos. El bloqueo tenía, y tiene aún, un costo muy grande, y era un pesado lastre sobre la vida económica de la isla.
La historia del poema y su autor es dolorosamente paradójica. Yanes fue vinculado al “Caso Padilla”, que llevó a la prisión del poeta Heberto Padilla en 1971; medida que generó la protesta de intelectuales amigos de la Revolución cubana latinoamericanos (García Márquez, Julio Cortázar, Octavio Paz, Juan Rulfo) y europeos (Sartre, Moravia, Marguerite Duras, Resnais, Passolini, Simone de Beauvoir). Para ajustarse al modelo estalinista, Padilla, ya liberado, se hace la consabida “autocrítica”, que incluyó señalamientos a otros escritores “problemáticos”. Un “Proceso de Moscú” bajo el sol tropical.
Al poeta José Yanes no se le publicó nada a partir de entonces. Fue condenado a una cárcel de silencio, a vivir con la voz exilada. Una tarde va destruyendo sus poemas en desesperada caminata por las calles de La Habana. Pero luego decide engavetarlos. El autor de un poema emblema contra el exilio cubano, tras sufrir 27 años de ostracismo, tuvo que abandonar su patria en 1998. En 2012 publicó su libro “Poesía engavetada (1970-1993)”.
Aclaro para los reduccionistas, simplificadores y/o polarizados de toda laya que considero que es innegable la significación histórica de la Revolución cubana. Que la dirección revolucionaria para ser consecuente con la soberanía nacional y popular tuvo que radicalizarse y apuntar al socialismo. Que el pueblo cubano ha sostenido valientemente su bastión a unas pocas millas de la Metrópolis imperial por más de medio siglo. Y que Fidel es la figura latinoamericana más importante del siglo XX.
Pero defender la Revolución cubana no puede ser un acto de fe de la misma cualidad de creer en el misterio de un solo Dios y tres personas distintas. Ni puede basarse en historietas sobre héroes irreprochables y villanos incurablemente malvados como Batman y el Guasón. Ni puede significar embalar el pensamiento con una ristra incoherente de consignas altisonantes.
Valoramos los logros del proceso cubano sin ocultar sus desatinos. Incluso clasificamos sus errores. Hay un tipo de error en el radicalismo irresponsable de la crisis de los misiles en el 62, cuando los cubanos tienen el desencuentro con los soviéticos (“Niquita, mariquita, lo que se da no se quita” gritan a los barcos rusos que se llevan los misiles); Fidel tiene razón cuando, años más tarde, calificó su postura del 62 como un error de juventud. Pero lo del “Caso Padilla” es un error de “vejentud”, que expresa que un proceso está siendo minado por el espíritu burocrático, que asume una herencia estalinista, que elige tratar las diferencias internas aplicando rociadas de ostracismo y descrédito, para luego continuar con la represión.
Así como esta han sido realmente las historias de las últimas cinco décadas. Más en medios tonos que en blanco y negro. Están signadas por la complejidad. Mefistófeles le dice a Fausto: “La teoría es gris, mi querido amigo, pero el árbol de la vida es eternamente verde”. Algunos usan esta frase para agrisar aún más la teoría (porque no puede haber teoría más gris que la que cree prescindible la teoría); pero lo que exige la fórmula de Mefistófeles es una teoría policromática cónsona con el árbol de la vida.

II. Si tuviéramos la culpa del hambre que pasamos (Venezuela, 2017)

En nuestra patria se viven tiempos de simplificación. O de simplicidad. Un fenómeno que mi querido amigo Jesús Puerta ha ilustrado con el dicho de Giordano Bruno: Santa Simplicidad. De un lado se repiten frases asombrosamente absurdas: “No es inflación, es especulación”; del otro, contra toda experiencia conocida, se cree que la libertad de mercado arreglará la economía, o que la salida de Maduro elevará el precio del petróleo. En realidad, las cúpulas de los polos no se desvelan por la crisis económica, solo la nombran para montar un show a su favor.
No estamos en la Cuba de los 60. Ni remotamente. No es un bloqueo y hasta ahora se ha tenido negocios con cuanta empresa extranjera se ha querido. Muchos de esos negocios no nos han beneficiado en nada (sobreprecios, comisiones, estafas abiertas con mercancías que nunca llegaron al país, etc.) y hubiera sido mejor que no se hubieran concretado. Tampoco teníamos bloqueos financieros, como lo demuestra el altísimo nivel de endeudamiento que alcanzamos.
Desde 2014 cuando se desploma el precio del petróleo (tal como muchas predicciones advertían desde el 2013) al gobierno no le preocupó la falta de plan para enfrentar la crisis. De allí su pertinaz culebreo en materia económica.
Algunos ejemplos de zigzagueo: a) Aunque todos los venezolanos comprendían la necesidad de aumentar el precio de la gasolina, retardó la decisión; y cuando, al fin, hizo el aumento el nuevo precio ni siquiera cubría los costos del combustible. b) Planteó que acabaría con la doble o triple paridad, y lo que parió fue el dólar a 10 Bs., pasmosamente alejado de cualquier parámetro real. c) No notó que la inflación había desactualizado el cono monetario, a pesar de que el billete de mayor denominación no alcanzaba ni para un cafecito en una panadería y sólo el año pasado empezó a enfrentar el problema. Todo sorprende tardíamente a Maduro: la corrupción en los Abastos Bicentenario, la escasez de efectivo, la dramática caída de la producción petrolera.
Pero a falta de plan, buenos son circos. Los motores que se multiplicaron: piezas mediáticas con un gobierno que no tiene dólares y una burguesía que no produce sin dólares baratos y que asistía a la función a ver si le tiraban algo; el Dicom y las subastas que, anunciaron, golpearían al dólar paralelo, y luego de tantos bombos arranca “subastando” unos raquíticos 24 millones de dólares; y ese extraño llamado por televisión a los dueños de los bonos para renegociar la deuda. Medidas tan altisonantes como inútiles.
Maduro arrancó su gobierno denunciando que los ataques que recibía pretendían alejarlo del camino socialista, del cual, aseguró, nadie lo desviaría. Y acabó metiéndonos en la selva capitalista más anárquica. Casi todos bachaquean con cualquier producto (no solo con los regulados) y esperan ganar de 5 a 25 veces lo invertido. Todo se mercantilizó: hasta un vaso de agua (que el venezolano no se lo negaba a nadie) se ha convertido en una mercancía. El mercado es de los vendedores y oferentes de servicios, que nos venden a nosotros, los consumidores y usuarios, como si nos hicieran un favor. Es capitalismo puro, sin vaselina, y diseminado como metástasis.
No es la crisis de los 90, cuando los grandes monopolios pretendían mantener sus márgenes de ganancias a costa de los sectores populares y propagan la fábula de las cualidades sanadoras del libre mercado. Sufrimos el capitalismo salvaje de la escasez, más semejante en su barbarie a la revolución industrial inglesa del siglo XVIII.
Es la crisis más profunda desde la Guerra Federal. A cuatro años de retroceso del PIB, la inflación de cuatro cifras, la calamitosa escasez de medicinas, se le sumó la falta de efectivo. Y ahora entramos a una crisis de los servicios públicos por años de desidia, ineficacia y falta de inversión.
Que pasamos hambre es innegable hasta para los fanáticos defensores del gobierno. Evidente en la delgadez extrema de nuestro pueblo: la inmensa mayoría no está comiendo completo.
Ahora, sobre la culpa, sin meternos en las respuestas que se han debido dar desde 2014 al menos, es fácil imaginar que si estuviéramos produciendo nuestra cuota de producción petrolera estaríamos en otra situación. Son un millón trescientos mil barriles que no producimos. Un tercio de la cuota, nada menos. Todo se descuidó, hasta a la gallina de los huevos de oro no se le compró el alimento. Increíble.
Sí, definitivamente, es hora de plantearse la pregunta con seriedad y con responsabilidad con la Patria. Y sobre todo con ineludible lealtad hacia el pueblo venezolano. ¿Tenemos la culpa del hambre que pasamos? Digo, para los que aún no se han dado cuenta.

Martes 03/01/2018. Aporrea.

domingo, 8 de enero de 2017

Convertir el error en virtud

Orlando Zabaleta.



En noviembre nuestro sistema de pagos era malo. Si uno pretendía comprar un kilito de queso más un cartón de huevos y tomarse un café en el camino, debía salir a la calle con un grueso fajo de 150 billetes al menos (si eran billetes de 100). La red de pagos electrónicos tendía a saturarse ante esa situación, y era propensa a fallas.
Pasamos todo el año rezándole al santo patrono del sistema monetario (debe haber uno) para que iluminara a Merentes y el Banco Central emitiera al fin un billete o una moneda de mayor valor que 100 Bs.
El sistema de pagos, pues, era malo. Entonces vino la operación de retirar en 72 horas, cierre de fronteras incluido, los billetes de 100 y lo puso peor.
La extracción del billete de 100 llevaba dos años (según Maduro). O sea: hubo tiempo para diagnosticar y planificar la respuesta. Cuesta entender esa cadena de marchas, contramarchas e improvisaciones que hemos sufrido.

El valor nominal

Una de las razones de la extracción del billete de 100 es que su valor facial, el valor impreso asignado por el BCV, es menor que el que el que tiene el billete como objeto, el papel moneda puede ser reutilizado. Da más provecho el billete como materia prima que como medio de pago.
La solución era sencillísima: sustituir el billete (cuya fabricación es cara y se paga en dólares) por una moneda metálica. Durante el 2016 el BCV se empeñó en enfrentar la extracción y escasez de billetes de 100 emitiendo grandes cantidades de billetes caros, por eso no se ve un billete de 100 viejo o usado desde hace años.
Y no hacía falta ser un gurú o un astrólogo para ver lo que la inflación le había hecho al pobre billetico de 100 a finales de 2015.

El momento y las condiciones de la batalla

Un buen general escoge el terreno y el momento para presentar batalla. Busca las condiciones más favorables. Pero Maduro escogió para la operación sorpresa precisamente a diciembre. Mes vital para la economía y la gente y cuando más falta hacen los billetes.
Se arrancó la ofensiva sin tener municiones a la mano (es decir, los billetes de 500 o las monedas de 100), se envió a los soldados al combate con la promesa de que pronto llegarían las municiones. No se debió intentar recoger los billetes de 100 en 72 horas sin tener disponible (al menos en puerto o aeropuerto nacional) las nuevas monedas o billetes para sustituirlos.

Contramarchas con información confusa

Se arrancó ponderando el “éxito” de la operación. ¿Con qué criterio? Porque el asunto no es sacar de circulación el billete, el asunto es hacerlo sin afectar a la economía y a la gente. Hasta se recortó el plazo de los “cambios” en el BCV. No se aclaró que la sucursal del BCV en el Zulia no estaba incluida en la operación hasta que los disturbios aparecieron; se dejó entrever que la Casa de la Moneda acuñaría las nuevas monedas, que solo le llegaron a Maduro. Ni un miserable cronograma. Dos prórrogas de vida para el billete de 100.

Como un secuestro

Mafias nacionales y extranjeras están detrás de la extracción del billete. Y hay que golpearlas, golpearlas de verdad. Pero la actuación del gobierno recuerda a esos secuestros que la policía enfrenta a punta de tiros sin preocuparse por la vida de los secuestrados: las víctimas mueren en un fuego cruzado. Bien bueno que se golpee a esas mafias, pero háganlo sin matar a las víctimas.
La operación se ha pagado en pérdidas económicas. ¿Cuánto afectará el descrecimiento? ¿Punto y medio adicional de baja del PIB? No es una mera cifra: significa que todos somos más pobres. Se ha pagado en parálisis económica e inestabilidad política y hasta en pérdidas de vidas humanas. Y cuando Maduro insiste en mantener guardados las nuevas monedas y billetes alarma.
Maduro contaba con menos de 20% de apoyo. Luego de esta operación, creo que el apoyo se habrá acercado al 10%.

Grave: convertir el error en virtud

El gobierno se debilitó. No se puede tapar un sol de torpezas con un dedo de propaganda. Los que creen que Maduro se la comió no deben llegar a un 7% del país. Ya es grave el debilitamiento popular del gobierno, pero es más grave que un chavismo acrítico se aleje voluntariamente del pueblo con visiones sedantes. ¿Quién estará apuntalando el juego a la derecha? ¿Los que critican o los que aplauden inocultables desaciertos para que se repitan?

Domingo 08/01/2017. Notitarde. Lectura Tangente

martes, 13 de diciembre de 2016

Ya Merentes habló (al fin)

Orlando Zabaleta.


Muchos venezolanos estábamos sospechando que el Directorio del Banco Central de Venezuela, incluyendo a su presidente Merentes, hacía tiempo que se habían ido del país. O, al menos, que se sentían jubilados de sus funciones.
No solo por los datos que no publican (y que deberían publicar), sino por las miles de dificultades que causa el hecho de que se necesiten al menos cinco billetes de la “más alta denominación” (es decir, billetes de 100 Bs.) para comprarse un café marrón grande en la panadería de la esquina. O sea: problemas como bancos con necesidades de efectivo, cajeros vacíos a cada rato, comercios haciendo negocio con los “adelantos” de efectivo, etc., etc. Hay que vivir fuera del país para no enterarse de este zafarrancho.
Los rumores hablaban de unos nuevos billetes que saldrían en diciembre. Fuentes anónimas vinculadas al BCV eran citadas por los periodistas. Pero el Directorio seguía mudo: ni confirmaba ni negaba esas especies, por lo cual seguían siendo rumores.
Sin billetes, por supuesto, la crisis de los pagos electrónicos del pasado 2 de noviembre tuvo mayores efectos en una economía que anda sedienta de efectivo hasta para esos pagos que, bueno, todavía habría que llamar “menores”. El botellón de agua potable, la bombona de gas, el pan de trigo, el litro de leche, etc., valen varios billetes de altísima denominación.
Entonces el BCV se decidió a hablar al fin. Un comunicado informa que sí es verdad lo que expresaban los diarios, que se esperan billetes de mayor denominación, “nuevos”, para el 15 de diciembre. Y aprovecha el BCV para publicar un nuevo aumento de las tarifas bancarias.
Entonces aparece, al fin, Merentes, el propio, el presidente del Banco Central de Venezuela y nos presenta los diseños de nuevos billetes que se sumarán al cono actual. O nos re-presenta, porque son los mismos diseños actuales con los números cambiados. La razón (o excusa) para no presentar diseños nuevos no es que estén retrasados en el proceso, sino que esos diseños recibieron un premio hará 8 años.
Y el presidente del BCV, de cuyas palabras están pendientes millones de adultos de todo el país, decide que mejor les habla a los niños. Y empieza a contar el significado y las historias de las figuras que aparecen en los billetes. Comienza con Miranda, dónde estuvo, que hizo, que gran biblioteca tenía, y pasa por todos, que si Negro Primero, Simón Rodríguez, Guaicapuro, Luisa Cáceres de Arismendi. Y tampoco olvida a la tonina, al oso, a la tortuga que aparecen en los billetes.
La cosa es más incomprensible (y hasta grotesca) precisamente porque los diseños no son nuevos, son viejos para los venezolanos. Y porque el trasfondo del problema del cono monetario nos sigue acogotando.
Señor Merentes, los adultos hubiéramos apreciado que nos explicara la razón del inmenso retraso para enfrentar el problema. Para ser franco, a mí no se me ocurre ninguna buena excusa, y por lo que veo a usted tampoco. Pero también los adultos esperábamos un cronograma sobre la entrada en circulación de esos billetes. Sólo nos dejó claro que el 15 entraría el billete de 500, y “luego” el de 5.000, y más tarde los otros. Se le hubiera agradecido mucho un cronograma, no vaya a ser que tengamos el de 500 (porque ya llegó al país) el 15, y el “luego” se convierta en “veremos”, que eso ha pasado mucho.
El problema del cono monetario inadecuado es un problema que no teníamos que sufrir. Una cosa es que se desplome el precio del petróleo, y es poco lo que podemos hacer contra eso. Y otra cosa es la falta de previsión o (si se previó) de acción. Le recomiendo que no construya una súper-comisión con doctores en economía y matemáticas para monitorear la vigencia del cono monetario, simplemente esté pendiente del costo de un café grande y cuando el café valga la quinta parte del billete de mayor denominación declárese en emergencia y salga a resolver el problema. Es más simple.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Crónica de lo cotidiano

Orlando Zabaleta.


Los lunes hago cola con mi mujer, Corteza la bella, que ese es el día que le toca para comprar “regulados”. Los martes me toca a mí, y ella me acompaña.
Me levanto a las 3:45 am, hago el café (irrenunciable tradición venezolana), monto las arepas en el budare, me baño y levanto a Corteza a las 4:30 am. Prefiero madrugar primero para darme el gusto de no apurarme. Salimos a la oscuridad de la calle a “bachaquear”, que así llama el venezolano a esa búsqueda inclemente de comida el día asignado.
Quisiera ser el único venezolano obligado a ese sacrificio madrugador. Con gusto llevaría sobre mis hombros ese padecimiento yo solo por el resto del país. Pero lamentablemente no es así: cuando llegamos a la cola siempre hay muchos centenares más de sacrificados.
Los supermercados abren a las 8:30. Desde las 5:00 am hasta la apertura la cola se alimenta de rumores sobre lo que venderán ese día. Y de la esperanza de que haya harina de maíz, o aceite, o leche. Nadie es tan optimista como para soñar con azúcar.
El verbo “marcar” se escucha a cada momento. “Marcar” es hacer cola en un sitio un rato, conocer a los que van delante y detrás, e irse a otra cola en otro supermercado cercano. Se considera normal. “Vaya rapidito, y marque la cola allá, que le respetamos su puesto y aquí no pasará nada hasta las ocho”.
Dependiendo de la fuerza de los bachaqueros, vende-puestos y coleadores profesionales, y del orden o el desorden que los del súper y los soldados y milicianos impongan, pueden llegar las 10 am antes de entrar a comprar. Y puede que ya se hayan acabado los regulados, o quede apenas medio kilo de pasta. Si intenta continuar en el otro supermercado, se le harán las 12 del mediodía, y el riesgo de que se acaben los productos antes de entrar al negocio es muy grande.
A las 12 uno ya ha cumplido una jornada de 8 horas. Ha sentido el frío de la madrugada, ha llevado sol parejo, las piernas se le han cansado, el sueño lo está llamando. Y tiene hambre. Y a veces son la 1 y aún está bachaqueando. Adentro los supermercados nunca tienen suficiente cajas registradoras abiertas, así que hay que invertir al menos una hora más para pagar y poder salir.
El venezolano utiliza mínimo dos días para el “bachaqueo”.
Y los otros días de la semana otras colas esperan. Las de las ferias de verduras, porque en los supermercados los precios del tomate son altísimos. Hay que estar enterados de dónde y cuándo hay feria. Y algunas solo aceptan efectivo, y entonces hay que hacer cola en el banco, o recorrer la ciudad buscando cajeros con plata.
También hará cola para comprar el queso o la carne a mejor precio. Por su casa las bodegas y abastos cercanos lo robarán descaradamente. Ah, y guarde energía para una vez al mes hacer la interminable cola del gas.
De los siete días de la semana, más de la mitad se utilizan para llenar la despensa de la casa.
Las reuniones sociales, me refiero a eventos culturales, políticos, son un lujo de tiempo impagable. Ya me he disculpado con Laura Antillano y José Carlos de Nóbrega, por no asistir a sus extraordinarios martes literarios (en el MUVA, valga la cuña), porque los martes en la tarde ya estoy muy molido.
Nos estamos estupidizando, que las relaciones sociales, así sea “echar una pajita” con unos amigos mientras tomamos un café, hablar sobre el tema de su preferencia, son tan necesarias como la harina pan de cada día (que, siempre lo digo, nadie piensa solo). Pero tenemos que renunciar a ellas. A mí me invitan a muchos eventos políticos, sindicalistas, poetas, académicos, etc., y debo declinar la invitación la mayoría de las veces. Lo peor de todo es la tendencia al aislamiento.
¿Se preguntan por qué, en esta crisis, no se dan grandes movilizaciones permanentemente, no se forman grupos de opinión en forma masiva? Es por el tipo de crisis y su efecto en lo cotidiano. Nada que ver con, por ejemplo, los años 2002-2003, cuando los barrios se plagaron de grupos de discusión espontáneos. Es un dato sociológico demoledor. Explica que la crisis política tenga ritmo de calma chicha sofocante.
Ahora casi siempre estamos hablando de comida. Que Marx tenía razón: antes de hacer arte o poesía, o política, el hombre necesita comer.

lunes, 21 de noviembre de 2016

El BCV y la falta de billete

Orlando Zabaleta.


Se espera que los que manejan la moneda de un país sean discretos, reservados, parcos; siempre se teme que sus declaraciones puedan producir bruscas variaciones de acciones o divisas que degeneren en tormentas especulativas. Aquí no, pero en casi todo el mundo la moneda es un tema muy serio.
La única virtud innegable de los integrantes del Directorio del Banco Central de Venezuela es la discreción. En ese aspecto son un ejemplo mundial. Pero una cosa es ser discreto y otra ser mudo. El silencio del BCV sobre los dramáticos avatares de nuestra moneda es absoluto. Uno a veces tiene dudas: ¿será que siguen allí todavía? Digo, los miembros del Directorio del BCV.
El objetivo fundamental de la institución está claramente determinado por la ley: “lograr la estabilidad de precios y preservar el valor de la moneda”. Con mayor claridad está determinado que el objetivo fundamental no se está cumpliendo para nada. El BCV no suelta ni una palabra.
Entre las funciones del BCV, también definidas por la ley, está la de “Acopiar, producir y publicar las principales estadísticas económicas, monetarias, financieras, cambiarias, de precios y balanzas de pagos”. Pero el BCV dejó de publicar mensualmente el índice de inflación como siempre se hacía y se había hecho. Asumo que sigue recopilando los datos y haciendo los cálculos pertinentes, que los técnicos y la estructura necesaria continúan allí.
¿A quién se le ocurrió esa idea tan disparatada de ocultar los datos de la inflación? ¿Quién fue ese genio? ¿Era de adentro (del BCV) o de afuera? ¿Qué pretendían al incumplir sus funciones y esconder las cifras? ¿Ocultar el nivel de inflación? ¿Se sentirá menos que el salario no alcanza cuando se desconoce el índice de inflación?
Estamos en un país tan especulador que hasta se especula con las variables macroeconómicas. Si el Banco Central no da cifras de inflación, los economistas lanzan números, los inventan, y nadie quiere quedarse cortos. Fíjense en el economista Guerra, ahora diputado, durante el primer semestre de cada año da unos números pavorosos, cinco o seis veces lo que resultará al final (creo recordar que empezó este año prediciendo 1.500% de inflación). Las cámaras de comercio lo invitan a cuanto evento tienen porque los comerciantes por tradición especulan con las alzas: sus precios de venta no lo vinculan al costo que tuvieron, sino al costo de reposición, de manera que compran al precio de hoy pero venden al precio de mañana. El bochinche, en todo caso, promueve la espiral inflacionaria.
La última “distracción” del Directorio del Banco Central la padecemos los venezolanos diariamente. Y es de lo más inexplicable: estaba de anteojitos que el cono monetario no correspondía con la inflación. Con un poquito de previsión (que una cosa es no publicar las cifras y otra es no saber lo que pasa y va a pasar) se pudo haber enfrentado el problema a finales de 2014 y adelantar algo para la emisión de billetes de 200 y 500 Bs. Pero pasó todo el 2015 y nada. Y luego este año casi completo.
Ahora a las colas para comprar comida se agregan las colas para retirar efectivo, o la búsqueda desesperada de un cajero con dinero. Los que transportan valores dan más viajes que nunca. Los bancos se quedan sin efectivo, o pagan miles de bolívares con billetes de 20. Llamar al billete de 100 Bs., “billete de alta denominación” es solo un decir: ni un café se puede comprar con 100 Bs. Los comerciantes están haciendo negocio con el “avance de efectivo” (cobran 10% lo menos, y otros 15%); cualquiera que tenga un punto se mete a banquero, pues.
¿Se hacen cargo ustedes, señores del Banco Central, de cómo las consecuencias de su inacción afectan a los venezolanos diariamente? Porque para prever la necesidad de billetes de más valor no se necesitaba una maestría, bastaba con el sentido común.
En los últimos meses, quién sabe si es la campaña de algún sádico, aparecen noticias no oficiales sobre la llegada próxima de los nuevos billetes. Son noticias oficiosas, atribuidas a “fuentes del BCV” que no se identifican. Mientras, ustedes ni ratifican ni desmienten. Nunca informan. Como la esfinge de Keops, totalmente callados.
Tun tun, ¿hay alguien allí?

Domingo 20/11/2016. Aporrea

Y ganó el loco

Orlando Zabaleta.



La ciudad industrial
Todavía estoy a tiempo de recordarlo: Detroit era la orgullosa capital mundial del automóvil. Aún tienen allí su sede la Ford, la General Motors y la Chrysler. El automóvil fue la industria punta del capitalismo durante casi todo el siglo XX. Pero con los 70 llegó la amenazante competencia japonesa. Alguien propuso pintar los motores de los autos gringos con la bandera de las estrellas y las barras, para así, vía llamado patriótico, detener la nueva invasión nipona. Demagogia hipócrita de las grandes automotrices: cuando el exhorto chovinista no les dio resultados, mudaron la producción de partes y el ensamblaje a otros países, donde los salarios fueran bajos. Además la industria automotriz se robotiza con rapidez; es decir, ofrece menos puestos de trabajo con rapidez. Ahora llaman a Detroit la ciudad fantasma. El desempleo está cerca del 50%. La gente abandonó la ciudad en estampida y dejó cientos de miles de casas y edificios abandonados. Apenas quedan 700 mil habitantes sobreviviendo.
Detroit es la capital del estado de Michigan. Donde nunca ganaban los republicanos. Pero Trump logra, contra todo pronóstico, ganar en Michigan. No con una gran diferencia, pero el primitivo sistema electoral norteamericano no sabe de representación proporcional.

La empresa más admirada
Los actuales modelos del capitalismo son las corporaciones de informáticas. Apple encarna el arquetipo, mitología incluida. La empresa que arranca en el garaje de unos jóvenes rebeldes es la prueba viva de la fuerza del “sueño americano”. Revoluciona el mercado con los productos que lanza: su reproductor mp3 no es un reproductor mp3: es un iPod. Redefine con su teléfono y su tableta los nichos respectivos. Según la revista Fortune, fue la empresa más admirada del mundo entre 2008 y 2012 (en plena crisis). Según el índice BrandZ (índice que utiliza además de los balances de las empresas, la percepción de sus usuarios), Apple es la marca más valiosa del mundo.
Sí, sin duda es la principal marca gringa. Pero, ¿dónde tiene sus fábricas? Muy lejos de su sede en California: en China. Allí trabajadores chinos con bajos salarios (mujeres y niños en las llamadas “Zonas Especiales”) producen los laptops, las tabletas, los celulares de Apple.
La miel de los salarios bajos es muy atrayente porque allí también produce la Disney los “souvenires” y juguetes de sus famosos personajes. Igual que la HP, otro ícono del mundo del PC. Todos fabrican en China.
Estados Unidos se está quedando con las Marcas, mientras el Oriente se queda con las fábricas. El país metrópolis del capitalismo se está desindustrializando. Detroit no es la única ciudad corroída por el desempleo. Trump dijo que obligaría a las empresas a regresar sus fábricas a América. Hubo gente que se lo creyó.

La crisis que no cesa
La última crisis mundial del capitalismo de 2008 no ha sido superada aún. Hay indicadores pre-crisis que no han regresado. Ya sabemos, experiencias de más de un siglo, que los niveles de empleo son lo último que se restituyen en la fase de recuperación. El capital, luego de la caída, usa su capacidad instalada ociosa sin necesitar más trabajadores. El crecimiento lo impulsa la tecnología, o sea: menos requerimiento de mano de obra; el fenómeno se ha acentuado desde los 90.
Ese es el trasfondo del caso Detroit. Y del horroroso nivel de desempleo de España entre los jóvenes.

La sorpresa
La crisis económica no es la única razón por la que ganó el loco. La candidata rival ayudó bastante: es difícil escoger entre dos figuras tan inmorales. La Clinton es la vieja y poderosa mafia politiquera casada con el gran capital, gana en los estados más ricos, en las ciudades más populosas, donde los servicios (útiles o inútiles) de todo tipo desplazaron al trabajo industrial. Es el capitalismo actual y futuro: viciosamente especulativo. Pero en los pueblos pequeños, no es la rebeldía anti-estatus lo relevante. Es el atraso, no lo adornen. Allí gana el loco porque el sector más atrasado (machista, xenófobo, racista, excluyente, homofóbico) añora la perdida “grandeza americana”, le importa poco otras consideraciones distintas a su rabia, y lo apoyó.

Entramos al mundo de lo impredecible.

domingo, 16 de octubre de 2016

Yo presidente, el eterno sorprendido

Orlando Zabaleta.


Todo se ha conjurado para mantenerme de sorpresa en sorpresa desde que asumí el mando. Y no solo a mí, también ministros, asesores, generales, altos dirigentes, han sido víctimas de lo inesperado.
Yo juraba que el barril de petróleo a menos de 100 dólares era una especie extinta que nadie vería más nunca, jamás, y que lo del crudo de esquisto era un rumor exagerado (quién iba a creer que se sacaría petróleo en cantidad de las piedras). Pero, de improviso, el precio del petróleo se desplomó y llegó hasta el suelo. Hasta Ramírez decía, al empezar mi mandato y cuando todavía era súper ministro, que teníamos dólares para lo que fuera. Y (oh, sorpresa) los dólares dejaron de entrar y de alcanzar.
De sopetón supe que importamos (con dólares) el 96% de lo que consumimos. O sea: alimentos, medicinas, insumos para mantener la partecita que fabricamos aquí.
Sabía que nuestro nivel de importaciones era alto. Pero como siempre habíamos funcionado así como país, y nos enfrascábamos todos, gobierno y oposición, en discutir otros temas (que si dónde nací yo, que si protegíamos a Al Qaeda, que si producíamos uranio enriquecido con fines atómicos, que si Songo le dio a borondongo y borondongo le dio a Bernabé), pues parecía que esa dependencia tampoco era mal de morirse.
Entonces se presentaron las colas y la escasez de las cosas más elementales. Dijeron los asesores que no era por falta de producción o importación, que había productos como arroz, que lo que pasaba era que el 40% de esos bienes se escapaban contrabandeados a Colombia. ¡Quién lo hubiera imaginado! ¡El 40%! Entonces cerré la frontera, para cortar ese desagüe constante de alimentos y gasolina que tantos dólares nos cuestan.
Pero, ¡pasmo!, al mes era evidente que, lejos de amainarse, la escasez crecía y crecía. O sea, hay fronteras impenetrables, y hay fronteras intrancables. Me entero entonces, ¡maravilla! , que los caminos verdes están por todas partes y que hay mafias, guardias, policías, financistas haciendo negocio parejo con el contrabando de todo género.
Mire, cuando uno tiene dinero todo el mundo se muere por darle fiao. ¡Lléveselo y me paga cuando quiera, no se preocupe!, le dice zalamero el vendedor o el prestamista. Pero, ay, cuando se corre la voz de que usted anda buscando medio pa´ completar un real, todos se presentan mal encarados a cobrarle y nadie le quiere prestar. Con la merma de dólares, inesperadamente la cuantía de la deuda en dólares produce un friíto en la espalda, porque hay que pagarles con puntualidad sacrosanta su dinero a los banqueros de afuera.
Reforzamos entonces la distribución, que si Mercal, PDVAL. Pero algo iba mal en eso. Casi me da un infarto cuando asombrado me contaron que los Abastos Bicentenarios estaban carcomidos por la corrupción, que se habían podrido, que todos allí se dedicaban al bachaqueo permanente. ¡Quién lo hubiera pensado! Fue una de esos imprevistos que te dejan sin aire. Porque creo que nadie en el país sospechaba de esa pudrición.
Aunque los Bolipuertos dependen del Ministerio de Transporte, cuyo titular nombro yo, no había forma de que alguien supiera qué pasaba allí: ni cuánto ni cuándo ni qué llegaban en los contenedores, ni menos cuándo saldrían. Y es en los puertos donde recogemos las cosechas más grandes de alimentos, así que nombré al general Padrino López de superministro y jefe de la súper Gran Misión Abastecimiento Soberano (lo de “Soberano” es un decir, claro, que no hay mucha soberanía en importar alimentos de un país extranjero). Fue inesperado eso de contenedores sin dueño, extraviados, llenos de productos vencidos.
Pero no todas las sorpresas fueron desagradables. Me satisfizo mucho descubrir que los de la Gold Reserve, la transnacional canadiense que nos había demandado, no eran tan malucos como me los habían pintado. Que no eran unos bichos destruye Madre Tierra, sino buena gente.
Me dirigiré a la Nación, porque acabo de enterarme de algo verdaderamente sorprendente: la salida de la crisis es la producción interna, que debemos producir buena parte de lo que importamos. No lo sabía hace 3 años.
Es bueno llegar a ser presidente. ¡Uno se entera de cada cosa!

Domingo 16/10/2016. Aporrea

martes, 27 de septiembre de 2016

Se combate en la memoria

Orlando Zabaleta.


El Viernes Negro, febrero del 83, estaba marcado en el calendario años antes de que llegara. Pero igual todos se sorprendieron, que allí empezó la caída en tobogán de los niveles de vida del país.
En esos casos tan estrepitosos, evadir la responsabilidad con el consabido “yo no fui” es difícil. Lo más eficaz no es negar la culpa sino diluirla, repartirla entre todos. Los responsables del Viernes Negro seríamos todos los venezolanos: los botarates mayameros y los que pasaban hambre, los que sacaban los dólares y los que se que
daban desempleados, los que tomaron las decisiones y los que corrieron con las consecuencias. Profesores, sociólogos, analistas, opinadores de toda laya y de todos los medios disertaban sin descanso sobre la esencia derrochadora y manirrota del venezolano.
En las tertulias que se armaban en cualquier sarao o reunión, todos se hacían la mea culpa, se declaraban culpables y ta’baratos. Yo, por puro ánimo de fastidiar, proponía una simple encuesta: Vamos a ver, decía, ¿cuántos de los presentes han viajado a Miami? Normalmente ninguno de los 7 u 8 que tanto se autoacusaban de manirrotos había ido al Norte, a lo sumo uno había gastado unos pesos en Cúcuta.
La élite política y económica de la sociedad quería ocultar su fracaso. Los empresarios, que se habían beneficiado del gigantesco gasto público de la Venezuela saudita, también querían ocultar de la visión pública la increíble manguagua de que el Estado les reconociera su deuda externa como si fuera propia y la pagaría con dólares preferenciales.
Veamos el Caracazo, en febrero del 89. El sacudón tuvo sus diferentes versiones. La preferida por la derecha, la más simplona, es que fue un asunto de malandros. Pero durante las primeras horas prácticamente todo el mundo saqueó, porque todos mientras veían los saqueos por TV aprobaron, aplaudieron, o al menos sintieron un fresquito. El sacudón tuvo inicialmente un espíritu fuenteovejúnico, era un acto de justicia, pero a media mañana la clase media dejó de disfrutar el espectáculo y se asustó; porque ¿y si los saqueos no se paraban y llegaban hasta su urbanización?
El Caracazo fue la primera rebelión en el mundo contra el paquete neoliberal. Lo que ocurrió luego en toda Latinoamérica demostró lo justo de la revuelta. Que los 90 dejaron una estela de hambre y parálisis económica en nuestros países.
También con el Caracazo se peleó en la memoria. La campaña arrancó inmediatamente: se habló de las grandes pérdidas y de los daños ocasionados al país. El pueblo venezolano había perdido los estribos por unos días. Se pretendió que fue una borrachera del pueblo, y se administraron mensajes para producir la resaca. Se inoculó complejo de culpa en grandes cantidades por prensa, radio y televisión. Para reforzar el tratamiento, amparados en la suspensión de garantías, se realizó una sangrienta represión contra los sectores populares que dejó miles de muertos.
La historia hubiera sido otra si los vivarachos del Viernes Negro hubiesen logrado ocultarse bajo la culpabilidad universal. Más otra si el pueblo hubiese sentido complejo de culpa por el Caracazo.
Se montó en el 2010 una temeraria operación para reescribir la historia de Carlos Andrés Pérez: Libros, artículos de prensa, autobombo publicitario y demás. No supe quién pagaba el operativo. Imposible revalorizar a CAP que unos años atrás daba lastimosas declaraciones a favor de un golpe y de una dictadura, posturas tan torpes que Ramos Allup, que ya lo había expulsado de AD, declaró que no tenía nada que ver con ese viejo. La operación rescate fracasó.
Lo que pensamos sobre lo que pasó, balances que actualizamos, lo hacemos desde el presente, y pesa sobre el presente. Eso de la “historia objetiva” es algo inexistente y estéril. Repito: se combate en la memoria.
La derecha cree que el balance del chavismo y del proceso se parecerá a su ceguera y partirá de su exclusión. Incluso por encima de la corrupción e ineficacia de los dirigentes chavistas que nos han llevado a esta profunda crisis, la derecha fracasará de nuevo en imponer su versión, que hace décadas que el pueblo dejó de ser pendejo. Esta batalla en la memoria por el balance del proceso es la más crucial de todas.

Domingo 25/09/2016. Notitarde/Lectura Tangente.

domingo, 21 de agosto de 2016

Las cosas que uno lee sobre el dichoso aumento salarial

Orlando Zabaleta.


Asombra lo que uno lee sobre el aumento salarial. No por la profundidad de las afirmaciones, por supuesto. Sino porque muchas de las opiniones obedecen a intereses y prejuicios, y otras a mera desubicación.
Las declaraciones más “naturales” (o esperables) son las de Fedecámaras, Consecomercio y sus cámaras regionales. Los mismos que desde enero han aumentado los precios de sus productos tres, diez y hasta veinte veces (lo cual, a todas luces, es inflación) están convencidos de que los salarios sí deben permanecer fijos. Los empresarios no quieren compartir sus aumentos de precios (o sea, el aumento de sus ingresos) con los trabajadores. Porque de eso se trata todo y la burguesía lo tiene muy claro: se trata del reparto de los ingresos.
Por ello los empresarios venezolanos profetizan las plagas de Egipto como consecuencia del aumento de salario. Desde la más desbordada hiperinflación hasta la recesión más paralizante. Y tienen políticos, economistas y articulistas que hacen de corifeos del interés empresarial. Ahora resulta que la inflación no es causada por la especulación comercial y cambiaria y por el incremento de la liquidez, sino por la gran vida que pretenden darse los asalariados en medio de la crisis.
Si lo que se pretende es criticar al gobierno, es fácil hacerlo: el aumento es insuficiente en relación a la inflación. Maduro no cumple ni de lejos con su cacareado deber de “proteger” al pueblo, de “proteger” el salario de los trabajadores. Critiquen la emisión de dinero inorgánico y el aumento incontrolado de la liquidez, los desequilibrios cambiarios que alimentan la especulación, las medidas tardías y endebles para enfrentar la crisis, las que han convertido nuestra economía en un rompecabezas ingobernable.
El porcentaje que recibe el factor Trabajo (los salarios) con relación al porcentaje que recibe el factor Capital ha estado retrocediendo desde hace años. Asómbrense: hace una década que retrocede en este país “socialista”.
Nuestra burguesía, ya se sabe, es más llorona que productiva, así que no sorprende su campañita. Pero lo más antinatural es que haya asalariados repitiendo eso de que los aumentos salariales son culpables de la inflación. No por masoquistas sino por desubicados.
Los publicistas de la burguesía (políticos o economistas) llevan décadas con la reiterada propaganda de que la inflación es producida por los aumentos de salarios. Arreciaron esos cuentos en los 80 y más en los 90 (ojalá fuera así, porque al menos los salarios irían más o menos igualados con la inflación).
Pero asombra que luego de década y media del proceso bolivariano no se haya desmontado esa mitología. Eso tiene que ver con que el chavismo, mientras se autoproclama como opción de izquierda, tenga dificultad para distinguir entre derecha e izquierda. Con el enfoque de incapaces tecnócratas que dirigen políticas y empresas del Estado. Con la visión que lejos de partir del factor Trabajo se afianzan en el rentismo y el cálculo electoral más minúsculo.
La labor de “formación ideológica” del PSUV malversó el tiempo en enseñar “que la cantidad se convierte en calidad” y otras “leyes dialécticas” a lo sumo, y la mayor parte de las veces en repetir consignas hasta la saciedad, como un interminable rosario. Las ideas, para los movimientos que pretenden adelantar cambios, deberían ser instrumentos, no golosinas ni liturgias.
Hay dos hechos que proclaman a gritos el raquitismo de los salarios en el país: uno es el bachaquerismo que se desarrolla en los empleados de las empresas del ramo de los alimentos, tanto en las públicas como en las privadas: ganan más como bachaqueros que como “trabajadores”. Otro es la “bonificación” de los ingresos de los trabajadores, que llegó al colmo cuando el bono de alimentación es mayor que el salario mínimo, casi lo duplica (jubilados, temblad).
El salario no representa prácticamente nada ya. No me vengan a decir que porque se aumentó para comprar un kilo de queso, otro de carne y tres o cuatro de verduras, la inflación podría dispararse. Por Dios. Es como denunciar, en medio de un inclemente bombardeo, que el llanto está produciendo contaminación sónica.

Domingo 21/08/2016. Aporrea.

domingo, 22 de mayo de 2016

Solo se ven las caras…

Orlando Zabaleta.


Por costumbre o vicio, uno busca razones en todo, hasta en las ficciones, en los engaños y en las sinrazones. Que, como dice la canción, “Se ven las caras, se ven las caras, pero nunca el corazón”.
Gobierno y Oposición, convencidos de que el efecto mediático es más importante que el efecto real de sus acciones, juran que la política es gesto y aspaviento, video y centimetraje. Puras caras y caras, pues. Lo que dificulta más verles el corazón.
Hay un hecho sólido como una piedra. Ni Maduro ni la MUD pueden cambiar la situación del mercado petrolero mundial. Al menos para bien (que si repetimos la política de sobreproducción de los noventa terminamos de ensuciar la jaula). La “buena” noticia es que el  petróleo ya no está a la baja, ya llegamos al fondo, y allí estaremos por un tiempo. Cometeré la insensata osadía, de la que me arrepentiré seguramente, de lanzar una predicción en terreno sinuoso: Una recuperación lenta que arranque en enero quizá nos ponga a mitad del año próximo en la marca de los 60 dólares, con lo cual podremos vivir con austeridad al menos, y no morirnos de hambre como ahora. O sea, lo prudente es esperar un año de privaciones.
Ambas partes lo saben. Un año es el límite de sus especulaciones estratégicas. Para el gobierno la meta es sobrevivir ese año. Para la Oposición es, según sus diferentes sectores, o tumbar a Maduro o tomar más poder en ese lapso.
La Oposición está centrada en profundizar la crisis política. Resolver la económica no le interesa. Si se acabara la escasez la Oposición se hundiría. Solo vende la idea de que habrá un portentoso milagro económico (los precios del petróleo subirán y la burguesía producirá como nunca lo ha hecho en 90 años) si logra sacar a Maduro. Tiene público para eso.
Pero no está tan claro si realmente su objetivo es el revocatorio. No pareciera ser el de Ramos Allup, que se beneficiaría más de unas elecciones de gobernadores; sectores de Voluntad Popular y la desubicada de María Corina, con persistente irresponsabilidad, juegan más a la explosión social que al revocatorio.
El gobierno, oscilando entre consignas (“guerra mediática” y “emergencia económica”), organiza un baile con la burguesía. Los empresarios aceptan asistir al sarao y lanzar mensajes optimista, porque esperan que el gobierno les dé dólares, a fin de cuentas son irremediablemente rentistas y sus insumos son importados. Que en casi cien años la burguesía no ha logrado construir una economía medianamente autónoma. La fuerte pugna burguesa al gobierno se la dejan a sus dirigentes gremiales: a Fedecámaras. Es una división de los papeles a interpretar.
Lo del Dicom es un ejemplo de amellada política mediática. Le cambiaron al Simadi el nombre público, ahora lo llaman Dicom. Pero como no han producido el necesario Convenio con el BCV, el mismo BCV lo sigue reportando como Simadi. Lo único distinto del Simadi rebautizado Dicom es que se ha subido la tarifa, aunque se desconoce cómo funciona o a cuáles empresas les otorga  dólares. Fíjense que la tasa llamada Dicom ya pasó largo de los 400 Bs, es decir, está por encima del “dólar implícito” (liquidez contra reservas, que se calcula en cerca de 380 Bs.), pero ni aun así logra afectar al dólar paralelo a la baja. ¿Por qué? Simple: porque las cantidades son súper marginales.
Altos funcionarios del gobierno albergan la creencia neoliberal de que existe UN equilibrio del mercado, un punto mágico en el cual la inflación, como si fuera un globo de aire caliente, se detendría y empezaría a caer. Hay que aguantar hasta que la inflación se agote, dicen. Ni siquiera la experiencia de estos dos años les enseñó algo. Es revelador que esta idea (popular entre los economistas, es cierto) sea compartida por la Oposición y sectores del gobierno: expresa cuánto le faltó pensar al chavismo en un modelo alternativo. Pero la verdad es que no existe un equilibrio natural. Sigan con un alto diferencial cambiario y una gran liquidez, a ver si consiguen verle el techo a la inflación.
Mientras tanto, mientras miramos las caras de Gobierno y Oposición, estamos pasando hambre, haciendo cola, buscando engancharnos a una buseta atiborrada, ansiando pescar un medicamento.

Domingo 22/05/2016. Aporrea

domingo, 8 de mayo de 2016

Perdidos en alta mar

Orlando Zabaleta.


Imagínese que usted está en un barco en alta mar, urgido de ir a la Isla de Kaboruca (no la busque en Google, amigo lector, acabo de inventarla). Entonces viene el capitán y le informa muy sonriente que están en camino, aunque, confiesa, no sabe dónde se encuentra la dichosa isla.
–No tengo un solo mapa donde aparezca Kaboruca. Pero no se preocupe –intenta tranquilizarlo–: que nos estamos apurando, ya vamos a toda máquina.
El País de Nunca Jamás es el único sitio al que se puede viajar sin mapa ni guía, incluso sin necesidad de saber dónde está, que basta con polvo mágico de hada y, eso sí, desearlo mucho. Increíblemente, cosas como esas no ocurren solo en los cuentos de hadas. Porque según la dirección de proceso bolivariano también se va así al socialismo: sólo con desearlo.
El capitalismo se torna cada vez más especulativo que productivo. Ni siquiera la crisis de 2008, de la cual no se ha zafado totalmente, le hizo aprender algo. Insiste en la fe neoliberal, ese bricolaje de lienzos vetustos que las transnacionales tejieron con el férreo hilo de sus intereses. Y la propuesta del socialismo del siglo XXI, que le daba un norte al proceso bolivariano, se convirtió en cantares cuando requería ser desarrollada, y llevada a expresar una teoría solvente del país y del cambio real. Ah, pero al pragmatismo ramplón reinante en el mundo político (tanto de izquierda como de derecha) le dio flojera.
El debate eludido obvió temas vitales: la democracia, el papel del Estado, la relación con el trabajo y la productividad, el rentismo casi centenario. El norte planteado era impreciso, cuánto más la vía. Ni puerca idea de dónde queda Kaboruca.
Confusión grave en un país con tradición y estructura rentista cimentada. Un país con un capitalismo tan bufón que el Estado no vive de los impuestos de la burguesía, como en la mayor parte del mundo, sino que es la burguesía la que vive de los dólares del Estado.
Entonces, en esta desorientación, se entiende cómo no se puede diferenciar entre keynesianismo y rentismo, entre socialismo y gratiñán, entre estatismo y socialismo.
Por eso cuando Maduro juraba hasta hace poco que “no nos desviaremos del camino del socialismo”, uno se hundía en el más profundo misterio: ¿qué habrá querido decir? Imposible también es interpretar eso de que vamos a “radicalizar” la revolución.
Por eso, en medio de una crisis tan profunda, se puede pasar tranquilamente la dirección de la economía de un ministro que no sabía nada de economía a un ministro pragmático y recomponedor de las relaciones con la burguesía. O reforzar el modelo rentista con el Arco Minero.
A fin de cuentas, con el norte estratégico claro, se podría entender las concesiones tácticas. Pero sin norte es imposible calibrar las tácticas. Obvio.
Y para más males, el barco entró en la tormenta más predecible del mundo, una que sí aparecía en los mapas de navegación. Y tampoco el capitán se ubica. No hay norte y tampoco plan para escapar del vendaval.
La tempestad amenaza al navío. Con los pasajeros de la Derecha no se puede contar: tienen botes privados y no les importa si el barco se hunde porque planean vender sus piezas en los mercados nórdicos. Ya los tienen negociados.
El capitán (sin sentir, parece, las sacudidas de la embarcación) insiste: Vamos a toda máquina. Aunque no se sabe a dónde.

Domingo 08/05/2016. Aporrea

domingo, 20 de marzo de 2016

Rentismo a todo tren

Orlando Zabaleta.


El 17 de febrero, estuve casi todo el día en las colas de los supermercados y comprando verduras en el Periférico, como cualquier venezolano que se respete. Fue en la tarde cuando pude leer por internet los anuncios de Maduro sobre el nuevo régimen cambiario. Ansioso revisé los sitios web de los principales periódicos nacionales. Me sorprendió que lo más resaltado, lo que merecía siempre una nota especial, era el tema del dólar viajero. Ya lo señaló José Vicente León.
Es parte de nuestro realismo mágico: un país donde faltan medicinas de cualquier tipo y para cualquier dolencia (leve o grave, crónica o aguda), donde hay que ganarse el pan de cada día dos veces: primero, obtener dinero para comprarlo y, segundo (lo más difícil): intentar conseguir la papa en larguísimas colas. Pero la preocupación sobre el anuncio del esquema cambiario es: ¿cómo queda el dólar viajero ahí?
Sí, ya sé: la crisis ha generado nuevas profesiones: la de bachaquero y la de raspacupo. Profesiones que se han masificado. Que fulano vive de las colas y mengano de los viajes. Que lo peor de la política cambiaria del gobierno ha sido que corrompe a sectores populares.
Pero también sé que lo mediático (tradicional o virtual) no refleja al país. A Dios gracias, en este caso. La mayoría de nuestro pueblo ni viaja al exterior ni especula a su vecino. Está en las colas buscando qué comer. Así que no está pendiente del dólar viajero, sino de dónde consigue harina o papel higiénico, o café o azúcar para su familia.
Maduro dejó la inútil insistencia en la “guerra económica”. Lo central ahora (¡al fin!) es la “emergencia económica”. Como es evidente para todo el mundo, pero no tanto para el gobierno,  el diferencial cambiario es uno de los puntos centrales del asunto. Así que mantener la relación 10 a 237 (que alcanzó el dólar Dicom cuando escribo estas líneas) es ya bastante; sin nombrar la relación con el paralelo.
El Dicom se presenta como “flotante”. Aunque no nos aclaren cómo flota. Parece que hay “algo” contra las explicaciones claras, y que todos sepamos a qué atenernos, “algo” muy reñido con la democracia participativa. Luego de llamar, durante meses, “subasta” a un mecanismo que anclaba el dólar en menos de 200 Bs., como si ofertantes y demandantes se pusieran de acuerdo telepáticamente, uno tiene el derecho de desconfiar del uso de la palabra “flotación”. La intención del gobierno, asumo, es llevar lenta, parsimoniosa, y también desconocidamente, ese dólar “flotante” a un punto en el cual tenga capacidad de competir con el paralelo (lo cual, por supuesto, alejará el “flotante” del preferencial).
Otro punto central, centralísimo, del problema  es la producción. Que sin producción no hay juego de palabras, bautismos ni fe que supere la crisis. Y los motores deben pasar de ser meras declaraciones bonitas. Porque, hablando del motor medicinas, por ejemplo, ¿cuándo tendremos medicamentos? ¿Es posible que la industria nacional pueda saciar la demanda si depende tanto de materias primas importadas? ¿Se tienen los dólares para importar esos insumos tan urgentemente necesitados? El motor no funcionará si estos escollos no son resueltos.
Con lo del Arco Minero reforzamos la vocación rentista. Seguiremos viviendo del desigual reparto de riquezas minerales que la naturaleza hizo hace miles de años (reparto que no salió nada mal para los venezolanos). No de lo que producimos. Eso es rentismo: sea petrolero o aurífero o diamantino. Y va en contra del objetivo de “Salvar el Planeta” y de los derechos indígenas.
Habrá que ejecutar medidas de emergencia, el realismo lo impone; eso se entiende. Pero esas medidas no tendrán ni futuro ni sentido, si no se enmarcan dentro de un plan con futuro. Y con justicia social y pueblo. No saldremos de esto ejecutando la política de la Oposición. Sería catastrófico que el gobierno de Maduro, en su lícito afán por conseguir dólares, nos entregue en manos de transnacionales antes de que lo haga la Oposición apátrida.
O que Maduro, al negarse a gobernar la crisis, dejando pasar el tiempo que no tenemos, nos lleve a caer en manos de la Derecha, del FMI y del siniestro negrito Obama.

Domingo 20/03/2016. Aporrea

domingo, 28 de febrero de 2016

Maduro responde muy tarde y muy poco

Orlando Zabaleta.


Impávido, Maduro dejó pasar todo el 2015, con sus elecciones y su Navidad, el Año Nuevo y el Carnaval. Y solo en la Cuaresma, período de cristiana penitencia, empezó a “tomar medidas” para enfrentar la crisis económica que no nos da tregua a los venezolanos. Ya lo sabíamos: Miraflores perdió la noción de la urgencia.
Se esperaría que el descomunal retardo se compensara con decisiones fuertes, coherentes, precisas. Que la radicalidad no está en el palabrerío, sino en ir a la raíz de las cosas (Marx dixit). Pero las medidas anunciadas son aisladas, confusas y de corto alcance.
El aumento de la gasolina, que tiene una demora de lustros, se presentó con timidez de novia primeriza. La gasolina de 91 (hacia la cual migrará el 90% de los consumidores) fue aumentada a un bolívar. Un bolívar. Asombroso. Ese precio ni cubre el costo de producción, ya lo confesó Aristóbulo. La gasolina, pues, sigue subsidiada. No soy tan desmemoriado como para darle crédito a los vaticinios de economistas opositores que tienen record de predicciones fallidas. Pero todos sabemos que la inflación de 2016 superará con creces el 100%. O sea, al terminar este año la gasolina costará menos de 50 céntimos actuales. Que siga el velorio, pues.
No sé cuánto es exactamente el costo de la gasolina de 91 octanos (eso debió haberlo informado al pueblo el presidente en su alocución, pero parece que no tuvo tiempo). En mi ignorancia supongo que un precio de 2,50 o 3,00 Bs. hubiese cubierto los costos y dejado un margen cercano a un bolívar. Así al menos los contrabandistas de combustible le pagarían alguito a PDVSA por producirles la gasolina, y las mafias colombianas obtendrían sus ganancias de la diferencia internacional de precios y no de un subsidio del Estado venezolano.
Y la otra medida anunciada, la de elevar el dólar preferencial a 10 Bs. también es de cortísima vida. ¿Supo el gobierno que el dólar a 6,30 no nos protegió de la inflación? ¿Qué la mayoría compramos más de la mitad de los productos “regulados” a precios por la libre? Que poco nos sirve conseguir dos paquetes de harina pan a 20 Bs. y una bolsa de detergente, mientras pagamos lo demás, lo que necesitamos pero no conseguimos, a dólar libre. El padre de todos los desequilibrios es el desequilibrio cambiario, es el que alimenta a los demás. Sin un plan para enfrentarlo no es posible enfrentar la crisis. Ni siquiera es posible gobernar la economía.
El gobierno avanza de a pasito. Ya habla, es verdad, de “emergencia económica” y no repite tanto la necedad de la “guerra económica”, pero la velocidad de respuesta debe ser mayor que la velocidad de la crisis. Fue ahora cuando descubrió lo que cualquier hijo de vecino sabía hace años: que los Bicentenarios se habían podrido.
La crisis avanza como crisis global. Y la crisis desatendida, ya se vio el 6D, fortalece a la Derecha. Una derecha esencialmente neoliberal e incoherente, con definidas tendencias fascistoides. Si pudiera nos dejaría hasta sin bolívar, porque dolarizaría la economía, pondría los precios por la libre, y saldría corriendo a pedir dólares al FMI a cambio de entregar nuestros recursos a las transnacionales y de echar todo el peso de la crisis sobre los sectores más pobres. La vieja historia, pues.
La política del gobierno, reitero, fortalece a la derecha. Contrabandistas de gasolina respiraron tranquilos cuando constataron que aún tenían negocio. Raspacupos esperan que su profesión aún pueda ejercerse. La Oposición confía en que la escasez de comida, medicinas, repuestos, sigan trabajando por su causa.
La responsabilidad por el resultado de esta crisis está en primer lugar en la actual dirección del chavismo. Y en menor grado en los chavistas que consideran un asunto de “lealtad” hacerle coro a los desaciertos del gobierno, en lugar de comportarse como revolucionarios y exigirle que tome el toro por los cachos. Que hable claro, que presente un plan serio, que desarticule la corrupción, la ineficiencia y la antidemocracia del Estado burocrático.
En fin, que llame al pueblo a una batalla real contra el rentismo capitalista, a una batalla por Venezuela.  Verán que ante ese llamado el pueblo no se hará el sordo.

Domigo 28/02/2016. Lectura Tangente, Notitarde

domingo, 7 de febrero de 2016

El dichoso “clima de confianza”

Orlando Zabaleta.

La burguesía y sus embelesados opinadores (economistas, políticos, articulistas) siempre hablan de la “confianza” como la panacea, la navaja suiza, de la ciencia económica. Es un sonsonete viejo y recurrente. Si la producción baja, si no hay inversión, si crece el desempleo, siempre es por “falta de confianza”. Pareciera que la política económica es una tarea de psicólogos, y que hasta podría enfrentarse con cursitos de liderazgos.
Pero, amigo lector, para conseguir un préstamo bancario no funciona que usted se presente y diga: Buenos días, yo soy una persona honesta, responsable y buena pagadora. Los bancos, esos templos del capital, no le prestan porque le tengan confianza. Muy por el contrario: le exigen constancias de ingresos, declaración de impuestos, papeles sellados y visados por contadores colegiados. Con contumaz desconfianza, verifican su balance, ponderan su casa y sus bienes, y hasta le piden un fiador. Y tendrá que firmar papeles redactados por incrédulos abogados que no creen en nada ni en nadie. Es así como funciona: con férrea desconfianza. Aunque, una vez pasada la alcabala de documentos, el gerente le tire un discurso sobre la fe que le tienen como cliente.
La economía está más cerca de las matemáticas que de la psicología. Pongamos por caso el Viernes Negro del 83. Usted sacaba cuentas unos meses antes, con los datos de la continua baja de las reservas internacionales, y concluía que los dólares no llegarían a junio. Así usted creyera que Luis Herrera era un hombre bonachón y  buena gente, que el Búfalo Díaz Bruzual, el presidente del BCV, era un tipo muy capaz, y se armara de confianza, o de ilusiones. Pero si agarraba la calculadora constataba que entre la Deuda externa (tanto la pública como la privada) que crecía sin parar y las necesidades de importación para mantener el país no había escape.
En realidad, las declaraciones sobre la “confianza” son un código. Cuando el burgués declara que el gobierno debe restablecer el dichoso “clima de confianza”, está amenazando con seguir especulando con bonos gringos o comprando bienes en el exterior; está diciendo que no abrirá su cartera para invertir en el país a menos que se le dé “confianza”: confianza para aumentar los precios, para congelar los salarios y hacer despidos, confianza para sacar los dólares con mayor facilidad. O sea, no pide confianza, pide ventajas.
Vean las 7 propuestas de Lorenzo Mendoza: la primera es que le reconozcan la deuda a sus proveedores a dólar subsidiado; la segunda, que el Ejecutivo busque más dólares prestados; la tercera, que el gobierno cree un fondo para la adquisición de materia prima con esos dólares; la cuarta es que se aumenten los precios; la quinta es que les alquile (o se re-privaticen) las empresas estatizadas. Y como hasta este punto 5 era pura pedidera, Mendoza consideró elegante ofrecer alguito en el punto 6: si se hacen los ajustes de precio, la Polar destinará un porcentaje de su producción (o sea, de sus nuevas ganancias) a programas sociales. Y el punto 7, colocado por razones cabalísticas, es solo una expresión de buenos deseos. Y todo esto para que Mendoza, que puede surtir los supermercados de Miami, Bogotá y Londres de harina Pan y cerveza, se empeñe un poco más en Venezuela.
Lo grave es que el gobierno utiliza otra versión de la misma metodología psicologista. Lo de la “guerra económica” es lo mismo pero al revés. Es la mala intención lo que explicaría la crisis.
Tengo un sueño recurrente: Que en lugar de hablar de confianza y de falta de confianza, de la mala fe del bachaquero, etc., el gobierno se pone matemático. Y asume lo que está clarito: con los desequilibrios actuales (cambiarios y de precios contra costos) es imposible salir de esta crisis. Y saca cuentas: ¿Cuántos dólares nos entrarán a 20 dólares por barril? ¿Cuántos podemos conseguir en préstamos en condiciones aceptables? Y luego de tener más o menos claro el tamaño del pote, hace un presupuesto de su uso: alimentos, medicinas, repuestos, insumos. Y los pagos de la deuda que sean impostergable. Y sale Maduro y nos sorprende con esos datos y esas propuestas.
Eso es como el comienzo de un plan.

Domingo 07/02/2016, Lectura Tangente, Notitarde

domingo, 31 de enero de 2016

Control de cambio y fugas de capitales

Orlando Zabaleta.


Hay quien cree que en Venezuela tradicionalmente ha sido el mercado el que ha fijado el precio del dólar. Y jura que el control de cambio ha sido una medida excepcional, promovida por las crisis y los presidentes malucos. Pero la historia es exactamente al revés.
“Control de cambio” es que el gobierno fije la tasa de cambio de la moneda nacional con respecto a las monedas internacionales. Oído al tambor, pues.
En 1929 Juan Vicente Gómez estableció la tasa en 3,90 bolívares por dólar. Nadie, ni el mercado, chistó. En 1937, López Contreras revaluó el bolívar y fijó el precio del dólar en 3,35 Bs. Así se mantuvo por 24 años hasta que Betancourt lo devaluó a 4,30 en 1961 (la gente chistó y protestó, pero en vano). Este dólar a 4,30 perduró 22 años hasta 1983. La tasa de cambio, pues, la establecieron durante estos 54 años Gómez, López Contreras y Betancourt, con simples decretos. Eso se llama control de cambio. ¿O no?
La devaluación de Betancourt fue la respuesta a la gran fuga de capitales que había arrancado en el 57. Resulta que las vivarachas compañías petroleras bajaron el precio del crudo, pero no el de los derivados del petróleo; así pagaban menos impuestos y royalties a los países productores, y aumentaban sus ganancias globales vendiendo aceite y gasolina. La merma de dólares generó la recesión. Y como no hay nada más cobarde que el capital, nuestra burguesía puso sus haberes a guarecerse en el Norte. Betancourt, además, enfrentó la crisis rebajándoles los sueldos y salarios a los empleados públicos. Todavía no se usaba la palabra “paquetazo” para este tipo de política, pero Betancourt fue un pionero.
Los países europeos fijaban sus tasas de cambio a su leal saber y entender. Hasta los 80 a nadie se le había ocurrido eso de que fuera el “mercado” el que las fijara. Y hasta los 90 a nadie le había pasado por la mente que el control de cambio fuera una medida “comunista”.
Así, pues, la cacareada estabilidad cambiaria anterior al Viernes Negro no la produjo el mercado.
La fuga de capitales previa al Viernes Negro dejó chiquita a la fuga del 60. A finales del 82 era evidente que las reservas internacionales del país no aguantarían la sangría de dólares de los meses siguientes.
La diferencia del control de cambio post Viernes Negro fue que esta vez no sólo se controlaba el precio del dólar, sino también, por primera vez, la cantidad de dólares a vender. Ya no se podía dar dólares, ni siquiera devaluados, a todo el que tuviera los bolívares para comprarlos.
Luis Herrera instauró el primer sistema diferencial cambiario (más de una tasa de cambio). El dólar “preferencial” (mantenido a 4,30) para las importaciones esenciales y para el pago de la deuda pública y privada; y otro dólar para importaciones no esenciales. La burguesía consideró punto de honor el reconocimiento de su deuda a 4,30; siguiendo con su tradición de que las ganancias son privadas y capitalistas, pero las pérdidas son públicas y se socializan.
De allí en adelante, el control tuvo diferentes formas. En el 89, CAP, asesorado por Miguel Rodríguez, Haussman, Naim y demás neoliberales, y por imposición del FMI, puso el dólar a flotar (89-92). Ahora sí el mercado determinó el precio del dólar. Los gobiernos siguientes ensayaron otros sistemas: minidevaluaciones, administración directa. Desde el 1996 hasta 2003, hubo sistemas mixtos que combinaban flotación con control.
En definitiva, en 74 años (entre 1929 y 2003) solo durante 10 la tasa estuvo fijada por el mercado.
No me mal interpreten. No intento negar al mercado, aunque no lo veo como una fuerza inconsciente e invisible (y menos benévola). El mercado existe. Presiona siempre. A veces muy fuerte. Y no se puede controlar si se parte de negarlo, como no se puede controlar una bestia salvaje ignorando su fuerza.
Realmente el gobierno, con el 95% de las divisas, no logra controlar los controles de cambios que ha fijado. El actual sistema de cambio ni siquiera le hace honor a su nombre, porque no controla nada. Y es dañino e insostenible.
Pero liberar el dólar nos llevaría a ser espantados testigos de la más gigantesca de las fugas de capitales que podamos recordar. No nos volvamos locos.

Domingo 31/01/2016. Lectura Tangente, Notitarde