Orlando Zabaleta
Todos tenemos una noción sobre qué es capitalismo. Así sea
por las gracias que lo adornan: pobreza y opulencia, una al lado de la otra.
Ciclos reiterativos de crecimientos y descensos. Bancos que desahucian a los
deudores. Especulación que trastoca precios y tasas de interés.
Por supuesto, el capitalismo no es un tema simple: más de
dos siglos de debate desde Adam Smith, con la intervención de muchas mentes
brillantes, atestiguan la complejidad del tema.
Sin embargo, hay un marco, así sea de límites difusos,
dentro del cual debatimos sobre el capitalismo seguros de que estamos hablando
de la misma cosa. Incluso si discutimos con los que juran que el “progreso” que
el capitalismo promete es superior a la miseria que reproduce.
En cambio, la noción de socialismo es definitivamente
polisémica. Es decir, tiene múltiples significados, significados que se intersectan
en unas zonas y se excluyen en otras. Cuando discutimos sobre socialismo casi nunca
estamos hablando de la misma cosa.
Marx se concentró en estudiar el capitalismo, y fue muy poco
lo que escribió sobre el socialismo, porque consideraba “utópico” hacer
predicciones; y necio, fijarle normas al futuro. Pero no es solo la fértil herencia
cultural del siglo XIX, sino la aterradora herencia del XX la que nos confunde.
Rompamos el nudo gordiano: partamos de negar que fuera
socialismo el llamado “socialismo” del siglo XX.
El “socialismo” soviético no fue el “gobierno de los
productores” que planteaba Marx. Los trabajadores no eran dueños de los medios
de producción y mucho menos dirigían la sociedad y el Estado. O sea, los
trabajadores no eran la clase dominante.
Corolario elemental: la expropiación de la burguesía (la supresión
de la propiedad privada sobre los medios de producción) por sí misma no significa
socialismo; sobre todo si una burocracia se apropia de lo expropiado.
Ergo, la propiedad estatal no es igual a propiedad
socialista (como lo vio Chávez al proponer en la fallida Reforma de 2007 la definición
de propiedad estatal y propiedad socialista como entidades distintas). O sea,
hay que diferenciar radicalmente el “capitalismo de Estado” del socialismo.
Todo esto lo pudimos haber visto en el mismo siglo XX antes
de la caída del “socialismo real”. En los países “socialistas” de Europa del
Este. En el "socialismo africano” de los 70-80. Incluso en los países
capitalistas avanzados que hasta los 70 usaron la propiedad estatal para sostener
el capitalismo “de la abundancia” de la postguerra.
El mismo Lenin no consideraba al joven Estado soviético un “Estado
obrero”. Por dos razones, dijo: porque se basaba en una alianza de los obreros con
los campesinos (es decir, con los pequeños propietarios), y, más importante aún,
porque era un Estado burocrático. Y eso que aún Stalin no había súper
fortalecido a la burocracia.
La burocracia es más autónoma socialmente de lo que podría
pensarse. No sólo lo demostraron 60 años del “socialismo” soviético, también lo
demuestra la autonomía del Estado en países petroleros como el nuestro. La
tendencia de todo Estado a colocarse por encima de la sociedad (señalada por
Marx y Engels) se vuelve más fuerte si hablamos de un Estado que tiene recursos
propios y una burguesía raquítica e improductiva.
La burocracia soviética no fue una clase social, no se
apropiaba del producto social a través de la propiedad privada, sino a través del Estado. A través del
Estado, reitero. Sin propiedad sobre las empresas que regentaban, los
burócratas no podían dejarlas en herencia a sus hijos, aunque en muchos casos los
preparaban para dirigirlas, y producían una especie de “herencia” del poder.
Es ridículo afirmar que la crisis actual obedece al
socialismo, que no existe. Cerrando los ojos para no ver el capitalismo rentista
que sí existe y al viejo Estado ineficaz que no termina de irse.
Domingo 12/07/2015. Lectura Tangente, Notitarde
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