domingo, 31 de mayo de 2015

Mitomanía de oficio

Orlando Zabaleta

Los humanos no podemos vivir sin mitos. Acaso inevitablemente moramos en ellos, y ellos moran en nosotros. Pero hay mitos y mitos. Los que forman y los que deforman. Los que sirven para andar y los que paralizan. Los que esclarecen y los que confunden.
El mito de nuestros indígenas sobre el Dorado buscaba alejar al invasor colonialista. Que el depredador continuara su camino bien lejos. Era un mito creado en defensa propia. Pero los que inventan los controladores de la “opinión pública” son mitos creados en ofensa impropia. En ofensa de la mayoría y en defensa de intereses muy impropios.
Vamos a examinar algunos de los mitos más persistentes en la retórica diaria.

El libre mercado existe
Además de habitar en los libros y en la palabrería de los opinadores, nadie sabe en dónde existe el libre mercado. En realidad desapareció al arrancar el siglo XX. Los monopolios eliminaron la libre competencia, tan estudiada por los economistas decimonónicos. Los economistas posteriores, quizás para no perder el oficio, decidieron no darse por enterados.
Hasta las dos bodegas cercanas a mi casa están cartelizadas. Si una sabe que está vendiendo el café más barato que la otra, inmediatamente sube el precio.
Las transnacionales son las primeras defensoras de la “libertad de mercado”. Porque los grandes monopolios mundiales de la industria petrolera, farmacéutica, automotriz, financiera, no compiten con las industrias nacionales, simplemente las destruyen. La “libertad de comercio” es la libertad para los monopolios.

El capitalismo es sinónimo de democracia
Pregúntenle a Pinochet si eso es verdad. En Chile se hizo  la primera implementación a fondo del neoliberalismo, que no es otra cosa que capitalismo puro, sin controles. Total “libertad de mercado” y nada de democracia.
Históricamente, la democratización no fue una concesión de los gobiernos liberales, sino el resultado de una dura lucha de las organizaciones obreras y populares del mundo. Fue el cartismo, movimiento obrero inglés, el primero que planteó la lucha por el sufragio universal, directo y secreto. Y la socialdemocracia y los sindicatos europeos la continuaron. Capitalismo y democracia son cada día más antagónicos.

La SIP defiende la libertad de expresión
La SIP es la agrupación de los dueños de las grandes cadenas de periódicos, de los monopolios mediáticos. Su conferencia fundadora en 1943 se realizó en La Habana bajo la dictadura de Batista. Participó en golpes de estado en contra de presidentes que no agradaban a los gringos (Arbenz, Allende) y luego cobijó a las dictaduras que surgieron de esos golpes. La inmensa mayoría de los dictadores latinoamericanos han sido buenos amigos de la SIP.
La SIP era el primer enemigo de las organizaciones gremiales de los periodistas, cuando esos gremios funcionaban como tales. Por ello se opuso tercamente a la Ley de Colegialización de los periodistas impulsada por la extinta y combativa AVP.

Estados Unidos es el adalid los derechos humanos
Estados Unidos es el principal violador de los derechos humanos en el mundo.
En Guantánamo, territorio usurpado a Cuba, mantiene una prisión que no tiene ninguna limitación legal ni humanitaria. Presos aislados, torturados, sin derecho a la defensa. Allí ni siquiera se cumple el derecho humano más antiguo y elemental del mundo moderno, el habeas corpus, que obliga a los estados a presentar ante un juez al detenido.
Estados Unidos no es firmante del Estatuto de Roma que creó la Corte Penal Internacional. No acepta su jurisdicción. Tampoco es parte de la Comisión de Derechos Humanos de la OEA, comisión que controla y utiliza descaradamente para sus propios fines.
Cualquier país amigo de los Estados Unidos puede violar los derechos humanos y está protegido por un manto de silencio por parte de la SIP. Vean Colombia, México, Arabia Saudita, Israel, y muchos otros horrorosos etcéteras.

Domingo 31/05/2015. Lectura Tangente, Notitarde

domingo, 24 de mayo de 2015

La burguesía que nos tocó

Orlando Zabaleta

La burguesía venezolana debe ser la más quejumbrosa burguesía del mundo. Varias generaciones hemos pasado la vida escuchando sus lamentos. Mucho llantén y poca producción. Porque no es una burguesía productiva, como, por ejemplo, la francesa. O la brasileña, que también se queja pero al menos produce chips y aviones.
Lo cierto es que la burguesía que nos tocó es difícil de comprender.
La burguesía de comienzos de siglo XX la retrata Matos, dueño del Banco de Venezuela y del Banco Caracas. Es jefe del levantamiento contra Cipriano Castro porque financia la rebelión. Pero la plata la recibió de la New York & Bermudez Co, empresa yanqui que explotaba el campo petrolero de Guanoco y quería un gobierno más comprensivo con sus intereses, o sea, más entreguista.
Matos encarna al burgués de la época. Naturalmente vendepatria si los dólares eran suficientes. Emprendedor y arriesgado con la plata ajena. La burguesía era básicamente banquera y comerciante.
Cuando, al fin, llegó Gómez, el presidente que las transnacionales andaban buscando, la burguesía se metió en el negocio de las concesiones petroleras. Negocio de una cuantía inimaginable para la época.
Desde los 30, las empresas se conformarían en relación a la urbanización de las ciudades y a las necesidades de construcción de los gobiernos principalmente. Y  a la importación, por supuesto.
Cuando llega 1958, los adecos traen un plan. El excluyente programa de AD y Copei pasaba por monopolizar como partidos el poder. Y por reprimir a quien intentara competir con ellos. Pero sí tenían un plan estratégico. La llamada “sustitución de importaciones”.
Se prohibió la importación de muchos artículos y se cargó con altos impuestos la importación de otros. Venezuela se convirtió en un invernadero proteccionista. A la burguesía se le dio créditos a granel, que muchas veces no pagó (así quebraría a la CVF).
Aquí en Valencia, se creó la zona industrial. Se le dotó de servicios y vialidad, y el terreno se vendió a precios risibles a las empresas, a las que se exoneró de impuestos municipales. Ahora sí tendríamos industrias y dejaríamos de importar muchos productos. Pero el invernadero tenía un hueco oculto. Las transnacionales instalaron sus fábricas, pero la “sustitución de importaciones” era ínfima. Ya no importábamos el automóvil entero, lo importábamos por partes (pagadas en dólares) y lo armábamos aquí.
Con todas las ventajas proteccionistas la burguesía no creó una infraestructura productiva. Ni nos ahorró dólares. El producto “nacional” era mucho más caro que el mismo producto en el exterior. El consumidor pagaba el “Made in Venezuela”. Se necesitaba a un socio yanqui hasta para producir clavos. Mientras, la burguesía se quejaba del control de precios y del contrabando desleal.
Luego vino el aumento del precio del petróleo en los 70. La demanda aumentó bárbaramente, pero se cubrió con importaciones, esperando que, algún día, nuestra burguesía la cubriera con producción nacional. Vana espera.
En los ochenta le entró la manía de la globalización y de la apertura. No más invernadero. Quería competir y pedía “libertad” económica. El coro repitiendo ese discurso fue ensordecedor. Exigió y obtuvo la entrega de las prestaciones sociales, la liberación de los precios, la libertad para acceder a los dólares y sacarlos del país. Nada de controles. Pero tampoco se le vio el queso productivo a la tostada. Algunos grupos metidos a globalizados quebraron sus propias empresas: ver la historia del grupo Mendoza y del grupo Newman.
En fin, ni con proteccionismo ni con liberalismo, ni con alta demanda ni con créditos, ni con control ni descontrolados. Recuerdan la canción: “Ni contigo ni sin ti, tienen mis males remedios”.
Me es muy difícil imaginar un escenario donde la burguesía venezolana logre industrializar al país. Digo, si aún lo está pensando realmente.

Domingo 24/05/2015. Lectura Tangente, Notitarde

domingo, 17 de mayo de 2015

Feliz cumple-siglo, querido rentismo

Orlando Zabaleta

Propongo crear desde ya una comisión para la conmemoración del primer centenario del rentismo petrolero en Venezuela. Que, como dirían los amantes de los lugares comunes, tan magno acontecimiento no debe pasar desapercibido.
Es verdad, no ocurrió que un día nos levantamos y, ¡zas!, ya estábamos cómodamente instalados en el rentismo, que fue un proceso largo y de intensidad variable, pero es necesario asignar una fecha en nuestra historia, aunque sea emblemática, para señalar el nacimiento de tan persistente fenómeno nacional.
Me parece que 1926 es un año adecuado. En ese año el valor de la exportación petrolera sobrepasó por primera vez al de la exportación de nuestros productos tradicionales (cueros, reses, café y  cacao). No hago asunto de honor el año. Historiadores y economistas podrían considerar igualmente al 27 o al 28; fijar uno de esos años como símbolo es precisamente una de las primeras tareas de la comisión.
A finales de los treinta ya nuestra producción agropecuaria estaba apretada, la vieja estructura latifundista mantenía en cepo de hierro las posibilidades de desarrollo del sector. Los gringos y los anglo-holandeses nos pagaban una miseria por el crudo (los impuestos eran ridículos), mientras el estado les otorgaba ventajas extraordinarias (exoneraciones para la exportación y la importación). Algo semejante a lo que hicieron Giusti y los meritocráticos en “apertura petrolera” de los 90.
Como les dijo Gumersindo Torres, ministro de Gómez, a las compañías petroleras en su propia cara: hubiese sido mejor negocio para el país regalarles el petróleo, pero cobrarles los impuestos de exportación y exportación como a cualquier comerciante común y silvestre.
Era, pues, un pago miserable. Pero era plata.
Así entramos al rentismo. Como se ha explicado muchas veces, el precio del petróleo no guarda relación con el trabajo que se invierte para extraerlo. Como no hay petróleo en todas partes, el precio tiene una “sobre ganancia” sobre sus costos de producción. Una ínfima parte de la población, los trabajadores petroleros, producen las entradas económicas para sostener a todo el país.
Como país, vivimos de esa renta y no del trabajo productivo.
Y todos nos beneficiamos de la renta. Todos. No se necesita estar metido en el negocio, ni trabajarle al gobierno. Una Venezuela no petrolera no tendría tantas escuelas, liceos, universidades; ni los servicios públicos tendrían la amplitud que tienen. Ni tampoco los servicios privados. Que la renta es la que mantiene el pulso económico del país.
Nuestra improductiva burguesía ha sido la más beneficiada de la renta petrolera. Por eso hemos tenido y tenemos exitosos banqueros con bancos quebrados. Empresas ineficaces con valor agregado de 1% y ganancia de 500%; industrias cuya producción “nacional” no es posible sin dólares. Nuestra raquítica y siempre quejumbrosa burguesía es la que más ha disfrutado la renta petrolero, casi siempre monopolizándola. Tan acostumbrada está a ese monopolio que lo considera un derecho.
Sólo con Chávez, la otra parte del país, la más pobre y mayoritaria, le vio un poco de queso a la tostada. Las misiones estaban pagando esa deuda social que también es centenaria. Y nada puede ser más justo.
Pero todos tenemos cultura rentista. Nos ha penetrado hasta los huesos. Así que al lado de la burguesía plañidera, tenemos a los que se quejan porque les recortaron “sus” dólares, “su” cuota. Y a los raspacupos, y a los bachaqueros.
A tan porfiado fenómeno nacional, criticado siempre pero nunca derrotado, siempre invicto, es al que proponemos homenajear en su primer centenario.
Sobre todo porque, por re o por fa, es muy difícil creer que el rentismo  tendrá un segundo centenario. Mucho antes de llegar a los doscientos años, o se acaba el rentismo petrolero o se acaba Venezuela.

Domingo 17/05/2015. Lectura Tangente, Notitarde

domingo, 10 de mayo de 2015

Mirándose el ombligo

Orlando Zabaleta

En algún libro de Estadísticas leí en mis años mozos el cuento de un noble francés que atravesaba a Alemania en carruaje (por supuesto, en el siglo XIX, si no ¿quién viajaría en carruaje?). Mientras se detienen en una posada para cambiar los caballos, el noble, turista curioso, interroga al pelirrojo mozo de cuadra: ¿Cómo te llamas, muchacho? Otto, le responde el joven alemán. El francés anota una conclusión en su diario de viajes: “Los alemanes tienen el pelo rojo y se llaman Otto”.
También tuve y tengo una tía que me insistía, comenzaban los años 70, que todo el mundo en Venezuela tenía carro, y me lo probaba contundentemente: “Tu papá y tu mamá tienen carros”, y luego me nombraba uno a uno a mis tíos, de los cuales el único que no tenía carro en esa época era mi tío Ángel. Andaba, creo, cerca de mis 18 años, y sólo faltaba que descubriera a Descartes el dubitativo para que yo me acostumbrara a desconfiar de mis propios ojos. Lo cual, a mi modo de ver, es algo muy sano.
Porque esa generalización apresurada y sin sustento, basada en una percepción limitada, la enfrentamos a diario. El que la sostiene lo hace con el inflexible dogmatismo de un monje, puesto que, claro, “lo vi con mis propios ojos”.
Parece mentira, pero hasta sangre nos ha costado esa debilidad epistemológica. Aquí, luego de una elección, han salido a la calle unos derrotados a drenar su rabia en la vida ajena porque no les cabe en las mientes que la visión de su familia, amigos, compañeros de trabajo y vecinos no fuera la mayoritaria (por supuesto, también salió el que sabía que eran minoría pero igual le daba coraje el despreciado pueblo ignorante que no comparte sus creencias).
Sí, evidentemente es la clase media la que más practica ese dialogismo.
En Venezuela, la clase media debe ser cerca del 18% de la población (creció dos puntos desde el 2002, “por culpa de Chávez”, por supuesto). Pero el que sea solo la quinta parte de la población es algo inconcebible. Para ella. La mayoría puede vivir perfectamente día tras día sin necesidad de salir de su entorno. La urbanización, la escuela de los hijos, el banco, el trabajo, el mol, la tasca, el parque. Claro, también mira a otros entornos, aunque sea a través del vidrio del automóvil, o en corta conversación con el vendedor de frutas.
Pero hay otro factor reforzante del aislamiento además de la reclusión de la vida geográfica-social: los medios de comunicación. En ellos las visiones de los sectores medios dominan en mayoría desproporcionada. En los medios impresos, los escribidores (periodistas y opinadores) son de clase media, lo que no sería malo si pudieran zafarse de las gríngolas. En los audiovisuales, las técnicas de venta y comunicación han sido desarrolladas desde hace décadas para influir sobre el sector medio (que es el que compra y reina en sus estereotipos). En los virtuales, aún la popularización del uso no llega a tanto, y la clase media sigue teniendo una mayoría determinante.
Es fácil, viviendo así, no dejar de creer que lo que creo (creemos) es lo que es.
La clase media, pues, se mira el ombligo y jura que es el Universo.
Por eso está condenada a dolorosos y sorpresivos desencantos. Que, decía Serrat, “nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio”. Recuerden cómo entró en shock anafiláctico por meses luego del 13 de abril de 2002.
Ocurre en todas partes del mundo, es verdad. Quizás lo peligroso es que los políticos de Oposición que les funciona el coco se plieguen a ese dictamen. Nunca entendí cómo un Granier y un Ravell, manipulando las creencias de la clase media y azuzándola sin remordimientos, dirigieran durante años a la Oposición ante el silencio de Ramos Allup o de Petkoff, evidentemente políticos más formados y realistas.
Lo alarmante es pretender hacer política con prejuicios y visiones ombligueras.

Domingo, 10/05/2015. Lectura Tangente, Notitarde

domingo, 3 de mayo de 2015

Negros buenos y negros malos

Orlando Zabaleta

La humanidad nació en África, y seguramente los primeros homo sapiens eran negros; me lo imagino viendo a los “primos”, porque no sé de otro primate de piel blanca. La primigenia cohorte de homos sapiens se propagó por Europa y Asia, y no generó ningún problema el que algunos, al aclimatarse, se volvieran de piel negra o amarilla. El problema empezó cuando el mundo se hizo más chiquito y la rama blanca logró dominar el mundo.
El racismo tiene sus vainas. La colonización de América crea el primer negocio de la Globalización, el primero que vincula en un solo triángulo a tres continentes: uno daba esclavos, otro daba materias primas (incluso oro y plata), y el tercero, además de dar baratijas, whisky y armas, y organizar los viajes, se queda con las ganancias.
En las colonias británicas hubo una primera esclavitud blanca. Irlandeses traídos desde el viejo mundo que (engañados o forzados) firmaban un contrato de trabajo, que luego descubrirían casi eterno. Trabajarían noche y día por un salario que apenas cubría los gastos de “mantenimiento”, y con el pequeño sobrante durarían décadas para pagar la deuda contraída por el costo del viaje al Nuevo Mundo. La única alternativa era la fuga.
Pero la esclavitud africana resultó más provechosa que la esclavitud blanca y acabó siendo la dominante (era más fácil descubrir a un africano fugitivo que a un irlandés fugado). La esclavitud se pintó de color negro.
El europeo ya sabía de su superioridad sobre los otros pueblos. Pero ahora se trataba de convivencia diaria; a fin de cuentas, Hegel dixit, el amo depende más del esclavo que el esclavo del amo. Se construyó, pues, una ideología para justificar el negocio: definitivamente los negros eran inferiores, llevaban la inferioridad en su esencia, en su sangre.
Así los descendientes blancos de los negros africanos declararon inferiores a los descendientes negros de los mismos negros africanos.
En el Gran Coloso del Norte, la admirada Metrópolis, hizo falta una larga guerra civil en el siglo XIX para acabar con la esclavitud, que no con el racismo.
El reconocimiento de los derechos civiles de los negros tardó un siglo más, Klu Klu Klan incluido. Un primero de diciembre de 1955, una mujer negra se negó a cederle el puesto en el autobús a un hombre blanco. La mujer estaba no sólo desobedeciendo una tradición, sino violando una ley de la ciudad, así que fue arrestada. El hecho arrancó la lucha por los derechos civiles en EEUU por una década, lucha que logró al menos eliminar las leyes abiertamente racistas.
Pero todo el mundo sabe que el racismo continúa vivito y coleando en la Metrópolis. Se muestra en los altos índices de desempleo y los bajos niveles de escolaridad entre los negros. Pero últimamente se hace más evidente en los asesinatos de jóvenes negros en las calles a manos de policías que igualan negro pobre con delincuente peligroso. No han enterrado a las víctimas cuando ya los Comités de investigación declaran inocente a los policías implicados. El último crimen generó los disturbios de Baltimore.
En el Norte, los niveles de empleo a nivel nacional no han alcanzado los que tenían en el 2007. Pero en los barrios negros la situación es más grave, y hay ciudades como Baltimore donde no existe ni un ramalazo de futuro para el negro pobre. La ciudad se está despoblando desde los 50, cuando casi alcanzó el millón de habitantes, y desde los noventa compite con Detroit en la pérdida acelerada de población. 23 % de los 600.000 habitantes está debajo del nivel de pobreza. La policía se acostumbró a arrestar a los negros pobres por cualquier nimiedad, amparándose en una difusa “causa probable”.
Las autoridades de la ciudad y del estado son negras, así como la policía que se encarga de los barrios negros. Ah, y también el presidente de la Nación. Pero son negros buena gente, obedientes, como los esclavos que tanto querían a la protagonista de “Lo que el viento se llevó”, negros domésticos o domesticados, a los que los activistas negros de los 60 llamaban con desprecio “Tío Tom”. El obsequioso presidente que tan bien cumple las órdenes del Pentágono y envía soldados, aviones y drones a donde le digan, y obedece a las transnacionales y a sus lobbies, es de los negros buenos. Es un Tío Tom.
Los negros malos son los rebeldes insumisos. Ya Obama, en la primera noche, los declaró criminales. Podrá haber muertos, pero ni un solo cristal de una tienda debe ser roto. La policía y la guardia tienen campo libre para la represión, otorgado por la flamante democracia yanqui.

Domingo 03/05/2015. Lectura Tangente, Notitarde

domingo, 26 de abril de 2015

Herejes, judíos, masones, comunistas

Orlando Zabaleta

I
Los soldados de Simón de Montfort se atrevieron a discutir sus órdenes sobre el exterminio total. Alegaron que, además de herejes, en la ciudad sitiada también había “buenos cristianos”. Montfort atajó sus escrúpulos con un fuerte argumento teológico: “Mátenlos a todos, Dios reconocerá a los suyos”. Era una Cruzada santificada por el mismo Papa contra los herejes del sur de Francia, así que los soldados podían matar hombres, mujeres y niños con la seguridad de alcanzar la gloria celestial.
El Montfort, además de ordenar misas y mutilaciones masivas, no olvidaba reclamar el señorío de los territorios conquistados y exterminados. Que su innegable celo religioso merecía ser recompensado.

II
Unos siglos más tarde, judíos conversos son juzgados por el asesinato de un niño en un acto ritual, el “Santo Niño de la Guarda”. El cuerpo del niño no aparece ni se sabe su nombre, ni hay denuncias de niños desaparecidos. El juicio se basa en testimonios incoherentes de los presos torturados. Los acusados son condenados y quemados vivos.
Era la España de los Reyes Católicos. En 1492 expulsan a todos los judíos de su reino. Ya se sabía que comían niños. Además de la recompensa divina, los reyes toman las pertenencias de los deportados.

III
En el siglo XVIII, el siglo de las Luces, la herejía se torna racionalista. La masonería se convierte en blanco de los ataques de los viejos poderes. Las bulas papales la condenan. Y tenían razón en censurarla. Miranda, Bolívar, San Martín formaron logias masónicas que propagaban el sueño de una América Española independiente. Las proclamas españolas acusaban a Miranda de masón (es decir, de hereje). Por supuesto, también los masones comían niños en sus ritos secretos.
Cuando arrancó el siglo XX, ya el racionalismo había tomado el mundo. Y aunque aún se mantenía, más solapado por el momento, el antisemitismo, la reacción frente a una mujer que jurara haber volado en su escoba era encerrarla en un manicomio y no quemarla.
Pero siempre se necesita un cordero que cargue con las culpas del mundo. Así que se tenía al bolchevismo, que pronto se convirtió en comunismo.
La constitución de López Contreras tenía un Inciso que expresamente declaraba ilegal y contrario a la patria al comunismo y al anarquismo. Por supuesto, ayer como hoy, los que rabiosamente proscribían al comunismo no tenían ni remota idea de qué era eso. Pero sí sabían que el anticomunismo era útil: ningún luchador por la democracia en América Latina se salvó de ser acusado de comunista, ni siquiera insospechables como Rómulo Gallegos.

IV
Nunca he sabido qué contestar cuando alguien me pregunta si soy comunista. Me dan ganas de contra-preguntar: ¿Se refiere a comunista de 1848, o de 1921? ¿O a comunista de los años 40? No fui miembro del PCV, nunca estuve de acuerdo con las políticas de la URSS y  tampoco creía que el “Manual de Marxismo-Leninismo” fuera inocente de las barbaridades que se cometían en el campo soviético. Pero era y soy marxista. Mi respuesta tendría que ser larga y compleja.
Realmente el preguntador no busca precisión histórica ni conceptual. La mayoría de las veces lo que está indagando es el equivalente actual a si uno es hereje, judío o masón. Es decir, lo que pregunta es: ¿tú comes niños?
Cuando, en su famoso Comité, el senador Joseph McCarthy preguntaba a su “invitado” si era comunista, ¿no estaba continuando los interrogatorios de Torquemada en su Inquisición? Razón tuvieron Einstein, Chaplin y tantos otros en huir de Estados Unidos, porque a McCarthy nunca le bastó la simple respuesta “No, yo no soy comunista”.
Por estos predios, Betancourt (que sí fue comunista en sus años mozos), obsesionado por tomar distancia de lo que llamó un “sarampión de la juventud” (tenía que congraciarse con sus nuevos amigos), inventa el término “castro-comunismo” como nuevo lema para la herejía. Expresión de exclusivo uso meramente propagandístico, puesto que en sí el término es de lo más necio y su uso es bastante enfermizo. Véase a Franco, Pinochet, Videla y a toda la caterva de verdugos que tantos crímenes cometieron enarbolando la bandera del anticomunismo.
A fin de cuenta, el asunto es que necesitan un espantapájaros (sobre todo si la democracia puede desbordarse y el pueblo la quiere ejercer). Y ya los herejes, los judíos y los masones no sirven para esa función. Alguien tiene que estar comiendo niños, tiene que haber una conspiración de comedores de niños. O, al menos, es necesario hacer propaganda sobre el “peligro comunista” como si estuviéramos en los años 50.

Domingo 26/04/2016. Lectura Tangente, Notitarde

domingo, 19 de abril de 2015

El Creyón

Orlando Zabaleta

Entre diciembre de 2001 y comienzos de 2002 me dijeron que era mentira lo que denunciaba Chávez sobre una conspiración para dar un golpe de estado. Y YO LO CREÍ.
Dieron el golpe, y un grupito de militares y empresarios montó a Carmona, pero me aseguraron que todo el país estaba contentísimo con Carmona, que tenía todo el apoyo mediático, político, militar, económico, religioso. Que nadie podía tumbar a ese hombre. Y YO LO CREÍ.
Me aseguraron que Chávez había renunciado y hasta leyeron, aunque nunca la mostraron, la carta de renuncia por la televisión. Y YO LO CREÍ.
El 13 de abril salió un gentío a la calle a reclamar a Chávez, yo no me pude enterar en el momento porque estaba viendo televisión. Por teléfono me confirmaron que Carmona continuaba de presidente y que todo estaba tranquilo, tan tranquilo que en la TV presentaban comiquitas, El Libro de la Selva y Tom y Jerry. Y YO LO CREÍ.
Meses más tarde me dijeron que prácticamente Chávez estaba caído, que nadie lo quería, y que bastaba con una sola semana de sabotear PDVSA para que el régimen cayera. Que apoyara, o me calara, el paro. Y YO LO CREÍ.
Me emocionaron con que “El paro pica y se extiende”, mientras yo hacía colas de 24 horas para la gasolina, y colas en el banco que abría medio tiempo, aunque los intereses de la tarjeta me los cobraba a tiempo completo. Y YO LO CREÍ.
Me asustaron mucho porque juraron que el gobierno me iba a quitar a mis hijos. Que ya los decretos y leyes estaban listos para arrebatarnos los niños a todos los venezolanos. Y YO LO CREÍ.
Me explicaron que el paro se flexibilizó, pero que continuaba.
Cuando el referéndum me aseguraron que todos odiaban a Chávez, que barreríamos en el revocatorio, aunque todas las encuestas pronosticaban lo contrario. Y YO LO CREÍ.
Cuando perdimos, me dijeron que hubo fraude en el referéndum, Y YO LO CREÍ, aunque años después, el mismo que lo dijo ante las cámaras y prometió las pruebas “para mañana”, Ramos Allup, se sacude el bulto y aduce que los demás lo obligaron a decirlo.
Me explicaron que Carter es chavista, porque lo compraron con no sé cuántos millones de dólares y que, evidentemente, la elección manual es más rápida que la automatizada. Y YO LO CREÍ.
En el 2006, me aseguraron de nuevo que ganaríamos. Absolutamente seguro esta vez, que el gobierno estaba chorreado; y algunos jefes del oficialismo ya habían salido del país o estaban en embajadas. Y YO LO CREÍ.
Me repitieron que perdería la casa, que me quitarían los hijos, que hasta le expropiarían la carnicería al carnicero de la esquina. Todos estos años, todos los días, El Nacional, El Universal, Globovisión denunciaban al régimen y repetían que en Venezuela no existía Libertad de Expresión. Y YO LO CREÍ.
Me explicaron que Venezuela está aislada del “concierto mundial”. Que nadie nos quiere tratar, que nuestro país es un paria internacional, aunque Chávez cree la Unasur y la CELAC, y entre en Mercosur. Y YO LO CREÍ.
Me contaron que Chávez no estaba enfermo realmente. Que todo era un truco para ganar adeptos por la vía de la lástima. Y YO LO CREÍ.
En las presidenciales me dijeron que Capriles ganaría las elecciones. Y luego que ganaríamos la mayoría de las gobernaciones. Y YO LO CREÍ.
En las últimas presidenciales, me juraron por su madre que esta vez sí ganaríamos. Luego me dicen que habíamos ganado, pero que no nos reconocían el triunfo. Me revelaron que si se abrían la minoría de cajas que no se auditaron, con esas ganaríamos, precisamente en las cajas que por sorteo entre los miembros de mesa de cada centro no se auditaron estaba nuestra victoria. Me cruzó por la mente que me habían visto cara de pendejo, pero YO LO CREÍ.
Con el decreto del Gran Jefe, informaron que los chavistas estaban chorreaos, que el aislamiento de Venezuela era casi total y que Obama les daría una pela en la Cumbre, aunque los únicos en América que no rechazaron el decreto prácticamente éramos Canadá y yo.
A veces siento que tengo un borrador en la cabeza, que mis brazos son de madera y mis huesos de grafito. ¿Será que me estoy convirtiendo en UN CREYÓN?
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Cuando Gregorio Samsa despertó una mañana tras un sueño inquieto, se encontró en su cama convertido en un horrible híbrido, mitad humano y mitad lápiz. Casi inmovilizado logró voltear con mucho esfuerzo el cuello para verse en el espejo. La cara estaba metalizada y la cabellera se había vuelto un borrador. Brazos y piernas estaban pegados al cuerpo y parecían de madera. Los pies se habían vuelto negros y puntiagudos, como de grafito. Gregorio Samsa se había convertido en un creyón. No era un sueño.

Domingo, 19/04/2015. Lectura Tangente, Notitarde

domingo, 12 de abril de 2015

La estafa neoliberal (II)

Orlando Zabaleta

Desde 1975 los economistas Friedrich Hayek y Milton Friedman aconsejaron al dictador Pinochet sobre cómo conducir a Chile hacia la “libertad”. Hacia la libertad de mercado, se entiende; que Hayek prefería una “dictadura liberal” a una “democracia ilimitada”. Y Friedman le dio a Pinochet el primer programa neoliberal: política de shock, reducción del gasto, flexibilización del mercado laboral (cambiar “la ley actual que impide el despido de los trabajadores”), libertad total para el capital financiero y el comercio internacional, liberación de precios, privatización de las empresas del Estado.
El que unos autores que hablan con frenética frecuencia de “libertad” desemboquen en estas políticas es un tema sociológico tan curioso como escalofriante, pero no vamos a tratar aquí las tortuosas relaciones del liberalismo con la democracia.
El neoliberalismo se estrenó en el mundo entre la sangre, la represión y la tortura de decenas de miles de chilenos. No fue mera casualidad. Un programa tan ferozmente “libertario” solo podía implantarse con una dictadura muy férrea y sanguinaria.
Al empezar los 80 la Thatcher y Reagan inician la política neoliberal desde los centros del poder capitalista. Reagan redujo los impuestos a los ricos mientras recortaba el gasto social (educación, salud). Era un Robin Hood al revés: robaba a los pobres para darle a los ricos. Pero el recorte del gasto social no equilibró el presupuesto (pretendido objetivo de los neoliberales), porque Reagan aumentó el gasto público cual si fuera el más fanático keynesiano, sólo que el incremento se dio en el sector militar. Generó gigantescos déficits fiscales que sostuvo a punta de Bonos del Tesoro. Por supuesto, las tasas de interés se elevaron, y los países deudores acabaron pagando más en intereses que en amortización del capital.
Crear la “teoría” no era muy difícil. Pero es indispensable olvidar que la libre competencia desapareció con el siglo XIX, hacer como que las transnacionales y los monopolios no existen; y si existen, el mercado los tratará igualito que al bodeguero de la esquina. Nada sorprendente: la propaganda en pro de la libre competencia la realizan sin ruborizarse los Rockefeller y Carlos Slim, caballeros que deben la mayor parte de su fortuna a las más aberrantes prácticas monopólicas.
Desde el gobierno yanqui y el británico fue fácil tomar los organismos internacionales: el Banco Mundial, el BID, el FMI. Así se creó el llamado “Consenso de Washington”, que nunca fue consenso, por supuesto (ni siquiera se discutió con las víctimas). Un nuevo culto que se permeó al mundo académico y a los premios nobeles.
Es asombroso que el capitalismo internacional pudiera imponer a los países pobres el nuevo credo. Mientras los Estados Unidos se mantenían endeudándose y crecía su déficits fiscal, el FMI exigía a los países pobres eliminar sus déficits, les reclamaba “austeridad” y encima los acusaba de “mal administrados”. Mientras Estados Unidos y Europa protegían su producción agrícola y su acero con aranceles y subvenciones, le pedían al resto del mundo que abriera totalmente sus fronteras al comercio internacional.
Pero tenían la fuerza para hacerlo. Y había suficiente miopía y lacayismo en los países periféricos para permitirlo.
El papa Juan Pablo II fue quien popularizó la expresión “capitalismo salvaje” (creada por un cardenal uruguayo). El asunto no es sólo moral (que tiene su peso si se mira el hambre y al hombre). El asunto también es que el neoliberalismo no produjo crecimiento ni estabilidad en ningún país del mundo excepto en los países desarrollados (y eso hasta el 2008). La CEPAL declaró a los 80 la “década perdida” para América Latina, por su retroceso económico, pero los 90 fueron peores.
En el 2008 estalla “La Gran Recesión”. El país que más se había beneficiado de la onda neoliberal ve que la “libertad” que había implantado, es decir, la falta de control, ha desembocado en una gigantesca especulación que hace desplomar al sistema financiero y al aparato productivo. El credo neoliberal ordena que se deje a su propia suerte a las empresas ineficaces. Pero ese principio es sólo para el Tercer Mundo. El mismo Bush y los congresistas republicanos salen corriendo a intervenir en el mercado y aprueban fondos públicos para el rescate de los principales culpables de la crisis. De nuevo se robaba a los pobres para darles a los ricos; este es el único aspecto en el que el neoliberalismo ha sido coherente y consecuente.
Genio y figura, el neoliberalismo siempre fue una trampa caza bobos.

Domingo 12/04/2015. Lectura Tangente, Notitarde

domingo, 5 de abril de 2015

La estafa neoliberal (I)

Orlando Zabaleta

La influencia keynesiana se había fortalecido desde el desastre de la Gran Depresión de los treinta, cuando la producción, el comercio y el empleo se desplomaron en todo el mundo y no querían volver a levantar vuelo, mientras los viejos entusiastas del libre mercado insistían, en medio de la ruina general, en predicar fe, esperanza y paciencia. Porque, según ellos, la “mano invisible” del mercado lograría el equilibrio. No más aguántese ahí, que el mercado arreglará todo, no ahorita pero sí “a largo plazo” (de allí se copió Teodoro aquello de “Estamos mal, pero vamos bien”). Implacable, John Maynard Keynes les respondía (a los economistas de los años 30, no a Teodoro): “A largo plazo, todos estaremos muertos”.
Así que, terminada la Segunda Guerra Mundial, nadie creía seriamente que dejar al mercado realengo asignando los recursos de la sociedad fuera algo inteligente. No porque fueran marxista y pretendieran que las crisis periódicas del capitalismo, que lo acompañan desde 1825, se debieran a la apropiación privada del producto del trabajo social. Eran keynesianos y, como había planteado Lord Keynes, no existía un solo punto de equilibrio, sino muchos posibles (algunos con bastante desempleo), y la demanda efectiva siempre sería menor que la oferta. El Estado debía intervenir para enfrentar esa demanda insuficiente, y así garantizar el crecimiento, el pleno empleo, etc.
Y la receta funcionó estupendamente entre 1945 y 1968. Fueron los años dorados del capitalismo: el capitalismo del “Estado de bienestar” (Estado intervencionista), un ciclo largo de prosperidad en el cual las depresiones fueron leves y cortas, y el crecimiento parecía no tener límites.
Por supuesto que los adecos y la CEPAL eran keynesianos. La sustitución de importaciones (a la cual le debe Valencia su Zona Industrial), la reforma agraria (que crearía demanda interna), el proteccionismo comercial (que no de capital) constituían el plan que regía la economía venezolana. Al menos durante los 60 y parte de los 70.
Pero cuando yo concluía mi adolescencia, y aunque fuera menor de edad me preparaba para dejarme crecer una barbita (nada frondosa ni impresionante, es verdad), y me hacía todas las preguntas (y, peor aún, pretendía responderlas), el modelo internacional que tan bien había servido desde el  45 estaba engatillado, la economía mundial tendía al estancamiento. Hasta la convertibilidad del dólar en oro la había acabado Nixon en 1971. El lapso 68-71 son los años del frenazo.
Entonces, en el 72, los árabes se tiran un bloqueo petrolero por la guerra de Yom Kippur, y el embargo disparó los precios y le dio a la abúlica OPEP algo que hacer; y los políticos y los economistas de los países ricos consiguieron al fin a quien echarle la culpa de la crisis que llevaban años enfrentando. Sin lugar a dudas, dijeron y aún repiten, los culpables son esos avariciosos países productores de petróleo.
Los gringos, prácticamente nuestros únicos compradores, nos habían estado pagando entre 2 y 4 dólares por barril. Y con energía barata habían sostenido su crecimiento económico, ganado la Segunda Guerra Mundial, empatado la de Corea y se afanaban en no perder la de Vietnam, que los gringos siempre están ocupados con las “amenazas a su seguridad nacional” en cualquier país del planeta, por alejado que se encuentre o por pequeño que parezca.
Desde el 72 la crisis era pública y notoria: los alemanes inventan el término “estanflación”, porque en contra de las enseñanzas keynesianas y de la experiencia de las últimas décadas, todo intento de “tonificar” la economía para producir crecimiento con una inflación tolerable, producía una gran inflación sin crecimiento económico. Las monedas internacionales fluctuaban violentamente entre sí sin conseguir descanso. El keynesianismo se hundió en  el descrédito y los políticos y economistas en la confusión.
Ya a finales de los 70, yo, ya con mayoría de edad, vivía la juventud, esa época en la que, para efectos prácticos, somos inmortales (“Somos tan poderosos, tan eternos, que cerramos el puño y el verano/comienza a sollozar entre los árboles”, dirá Benedetti).
El capitalismo, en cambio, ya había dejado atrás su madurez. Había sobrevivido al desafío bolchevique, a las Guerras Mundiales, a la Gran Depresión, pero tenía que enfrentar una tercera edad que, como todos, había esperado que fuera más tranquila. Los años 72-80 son los años de la crisis abierta y de la búsqueda desesperada de respuestas.
Fue entonces cuando el capitalismo inventó el neoliberalismo.

Domingo 05/04/2015. Lectura Tangente, Notitarde

domingo, 29 de marzo de 2015

Se solicita oposición democrática y con moto propia

Orlando Zabaleta

Insisto, lo primero que necesita el país es una oposición democrática. Hubiera sido de mucha utilidad en estos años: cuántas complicaciones, pérdida de tiempo y de vidas humanas, nos hubiera ahorrado. Digo, no una oposición que lo único que puede presentar como certificado democrático es el uso reiterado de la palabra “democracia”. El carácter democrático no es una etiqueta de marca comercial, no funciona como los pretendidos perfumes Dior o Chanel que venden los buhoneros.
La mayoría del país tiene serias y fundadas dudas sobre la vocación democrática de la oposición como un todo; y una más seria y más fundada seguridad sobre la vocación antidemocrática de algunos sectores de la oposición.
Lo que sabe el país de la oposición es que produjo un golpe de estado, un cierre patronal con saboteo de la industria de la que vivimos todos los venezolanos, que anduvo años buscando un Pinochet en las Fuerzas Armadas (que, menos mal, no lo consiguió). Y luego se dedicó a cantar fraude en cada elección que perdía. Así pretendía desconocer al gobierno, pero así también desconocía a la mayoría del país.
No sólo fue que nunca presentó las pruebas del fraude (que prometió, la primera vez “para mañana”), sino que nunca dijo cómo era posible hacerle fraude al sistema. Nunca presentó el “modus operandi” del fraude. Los “argumentos” sobre el fraude eran ilógicos, banales o absurdos. Para más vergüenza, o desvergüenza, utilizan por segunda vez las denigradas máquinas del CNE (y, por lo que se ve, los cuadernos volverán a ser quemados de nuevo).
Y continuaron con las muy “populares” guarimbas. Y los llamados velados o abiertos a una insurrección, cuya victoria siempre es inminente.
Precisamente por ese delirio continuo, la mayoría del país los mira como gallina que mira sal.
Claro, hay una explicación sociológica a esta locura reincidente. Tienen un público que es capaz de creer y repetir cualquier cosa. Desde que Chávez había comprado a Carter o a Insulsa, o que la votación manual era más rápida, hasta que los bombillos ahorradores tenían un micrófono por el cual el mismo Fidel los estaba espiando. Desde que hay una conspiración para robarles el cabello a las mujeres, hasta lo del robo de niños (las viejas leyendas urbanas están siendo sustituidas por las ciber leyendas). La última son esos “analistas” que prácticamente dicen que Obama y Maduro se pusieron de acuerdo para declarar a Venezuela un peligro inusual.
La mayoría de ese público es de la clase media. Una clase media que debe rondar el 16% de la población (creció 3% desde que llegó el gobierno de Chávez) y que tiene el vicio histórico de creerse a sí misma la totalidad del país.
Réstele a ese 16% la décima parte  que se ha negado al desvarío; digamos que tenemos, pues, un 14,5% de clase media dispuesta a creerse hasta que Chávez fue una conspiración de alienígenas marcianos (haga la prueba: envíelo por texto a sus amigos más opositores y muchos lo reenviarán). Súmele el 3% de clase alta. Entonces  tenemos un sector duro (lo que los publicistas llaman el “lecho de piedra” de una marca: los fieles apegados a la marca, que la comprarán sin importar la calidad o precio del producto). Ese 18% es el que en las encuestas actuales responde que no le importa si Estados Unidos nos invade o no. Y por supuesto, si para salir del “régimen” tenemos que ir a una dictadura militar o a una “democracia dura” (esa que conocimos con mucha sangre aquí en los 60).
Pues bien, amigos opositores que utilizan el cerebro, el error ha sido hacer política exclusivamente para ese sector, para su lecho de piedra. Por eso no calan sus planteamientos en la mayoría del país. Así siguen dejándose llevar por opinadores delirantes con su discurso sobre el “régimen”. Y, aunque algunos de los dirigentes opositores sí usan el cerebro, no se atreven a enfrentar a su público más ferviente (no los vayan a acusar de vendidos). Por eso no terminan de deslindarse de los locuelos y empezar a demostrar una vocación democrática creíble.
Ah, lo de la moto propia también es importante. Amigos opositores pensantes, cómprense un carrito, aunque sea pequeño. Ni los paramilitares de Uribe, ni los neofranquistas de Rajoy, ni Felipe González, el hermano siamés de CAP, ni el director de la CIA, ni los declarantes de la Casa Blanca, ni el mismo Obama, les darán la cola hasta el poder. Uno que otro empujoncito sí, pero no los llevarán día a día. No sean tan atenidos. Es mejor tener moto propia.

Domingo 29/03/2015. Lectura Tangente, Notitarde

domingo, 22 de marzo de 2015

Soy demócrata

Orlando Zabaleta


En el 2002 fui a las puertas de los cuarteles a lanzarles pantaletas y gallinas a los militares, para que se pronunciaran contra un gobierno surgido de elecciones…, para que tuvieran los guáramos necesarios; pero, no se confundan, soy demócrata.
Luego marché y marché para que una docena de generales, un representante de un grupo mediático, otro de una trasnacional, y un cardenal, decidieran una madrugada en el cuartico de un cuartel que el presidente de Fedecámaras fuera el presidente de la República…; pero, todos lo saben, soy demócrata.
Apoyé con frenesí que el presidente que escogieron Fedecámaras, los dueños de los Medios y la junta de generales, disolviera a la Asamblea Nacional, electa por todos los venezolanos, y también a los otros Poderes Públicos, que eliminara lo que quisiera de la Constitución que había sido aprobada por el pueblo venezolano…; pero, insisto, soy demócrata.
Respaldé a una partida de generales que tomaron una plaza pública y la declararon “territorio liberado”, y allí estuvieron durante meses, eran mis héroes, y mis vecinos les enviaban a sus hijas a retratarse con ellos; pero, reitero, soy demócrata.
Defendí con pasión que unas docenas de gerentes tecnócratas boicotearan y cerraran la empresa más grande y vital de la nación, que pusieran, cual bomba de corsarios, unos barcos gigantescos repletos de toneladas de gasolina al pie del puente sobre el lago de Maracaibo, y que los empresarios cerraran sus empresas, poniendo a todo el mundo a pasar trabajo y hambre y al país a perder un realero inmenso, para que así se doblegaran los millones de venezolanos que no querían hacer lo que yo y mis amigos queremos que se haga…; pero, ¿quién lo duda?, soy demócrata.
Sin consulta previa cerré mi urbanización y las vías públicas para que ni los vecinos ni los visitantes pudieran entran o salir, quemé los árboles de las plazas, y obligué a cerrar hasta al panadero de la esquina,… pero, lo aclaro, soy demócrata.
Cuando los millones de venezolanos no me dieron la razón, aún no entiendo el porqué, y perdí el Referéndum, y a pesar de que todas las encuestadoras, incluyendo las mías y las extranjeras, me venían advirtiendo que perdería, para no quedar mal, muy responsablemente canté fraude, porque quién quita si se armaba una guerra civil, o al menos unos cuantos muerticos me ayudaban,… pero, óigase bien, soy demócrata.
Apoyé el golpe en Honduras, y el de Paraguay, a fin de cuentas militares y senadores tienen el derecho de corregir al pueblo equivocado…, pero, todos lo saben, soy demócrata.
Cada vez que pierdo una elección, aunque me lo hayan avisado con total claridad las encuestadoras amigas, igual me sorprende mucho, hago mi propia encuesta entre mis allegados, y no me cuadra, entonces salgo a “drenar” mi arre…, o a buscar una “salida”, así haya decenas de muertos; pero, evitemos malos entendidos, soy demócrata.
Avalé con entusiasmo la última guarimba, la colocación de alambres de púas a la altura del cuello de los motociclistas, la destrucción de bibliotecas, donde están esos libros que tanto daño hacen a nuestra juventud, y la quema de autobuses, de CDI y de árboles sospechosos de oficialismo; pero mi posición es clara: soy demócrata.
Y continúo en lo mismo, trece años después, sigo sin calarme que la mayoría decida tan mal, tan distinto a lo que yo, mi familia y mis amigos creemos; si pierdo, me preparo para cantar otra vez fraude (en los sitios donde perdamos, por supuesto), aunque hagamos nuestras primarias con las máquinas de CNE…, pero no admito ninguna duda: soy demócrata.
A falta de votos aquí, contamos con los votos del gobierno norteamericano, nuestro Gran Amigo del Norte, muy reconocido por las eficaces lecciones de democracia que ha dictado en Afganistán, Irak, Libia. No tengo ninguna duda de que arrasaríamos en una votación en Miami, además los descendientes del franquismo, el uribismo y hasta los hijos de los paramilitares salvadoreños, vienen a cada rato a darnos su solidaridad. Pero, todos lo reconocen: soy demócrata.
Por eso, para que quede claro, siempre le coloco la palabra “democrático” a cuanta organización invento: Coordinadora Democrática, Mesa de la Unidad Democrática, Jóvenes demócratas. Y doy declaraciones reiterando: “Nosotros, los demócratas”. No vayan a pensar que es por aquello de que “dime de qué presumes y te diré de qué careces”.
Insisto: soy demócrata. Eso es innegable, irrebatible. Es más: es AXIOMÁTICO: Soy demócrata.

Domingo 22/03/2015. Lectura Tangente, Notitarde

domingo, 15 de marzo de 2015

Plagar la América de miseria

Orlando Zabaleta

I
En 1983, ejecutando la Operación “Furia Urgente”, los Estados Unidos invadieron Granada. Un pequeño país caribeño, con apenas 100 mil habitantes en ese entonces, fue considerado una “amenaza” para la seguridad de la potencia militar más grande de la historia. Absurdo. Como si se alegara que la valenciana urbanización La Isabelica (que tiene mucho más de 100 mil habitantes) pudiera poner en peligro a los Estados Unidos.
La “Doctrina de Seguridad Nacional” de los gringos es la justificación del atropello más criminal. Viola, además de la lógica y el sentido común, los más básicos principios internacionales.  Estados Unidos aprueba leyes y órdenes presidenciales que pretenden tener vigencia fuera de su territorio, considerando al planeta como su patio trasero. La soberanía de los demás países se convierte en ficción.
Como se sabe (y a los que no lo saben, les recomiendo que estudien), los Estados Unidos han intervenido (con invasiones directas, golpes de estado, etc.) en todos los países de América Latina. En todos. Desde que empezaron en 1846 despojando a México de más de un tercio de su territorio y continuaron con Nicaragua en 1854 (cuando destruyeron a bombazo limpio un puerto nica por pretender cobrarle impuesto al yate de un millonario norteamericano), y al año siguiente un bandido gringo de apellido Walters, apoyado por los bancos yanquis (los Morgan incluidos), invadió Nicaragua, Honduras y El Salvador, y se declaró presidente de esos países, mientras restauraba la esclavitud en los territorios que controlaba.
Pero esas infamias del siglo XIX apenas eran ensayos para lo que vendría luego. Cuando acababa ese siglo los norteamericanos entran en guerra con España, muy apurados para evitar que el ejército patriota cubano terminara de derrotar al español y declarara la independencia de la isla. Así logran ponerle la mano a lo que quedaba del decadente imperio colonial español: Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Hawái.
En América Latina el siglo XX sería un incesante ciclo de invasiones e intervenciones yanquis. Algunos países, como la República Dominicana y Haití, han sido invadidos más de una vez por nuestro “vecino del Norte”.

II
Lamentablemente, hay un sector en nuestra población que sólo tiene de venezolano la cédula de identidad. La imposición de un modelo de globalización cultural en los noventa, el “american way life”, convirtió al moderado pitiyanqui de ayer (que respondía “Yes, sir” por temor, servilismo y cálculo) en el radical apátrida de hoy (de corazón transculturizado).
La mayoría de los apátridas viven frustrados, amargados, en su propia patria, o en lo que alguna vez, cuando fueron niños, fuera su patria (a la que llaman a cada rato, despectivamente, “este país”). No ven diferencia alguna entre un paquete de harina Pan y tener Patria. Son incapaces de comprender por qué la mayoría quiere a su terruño, no como mera referencia folclórica, sino con amor real.
No pueden entender (porque no leen) lo de antiimperialismo. Eso está más allá de su nivel. Verán: ser antiimperialista no significa que no se admire a Whitman o a Edgar Allan Poe. Que no hayamos leído de pequeños a Mark Twain. Que no nos guste Hemingway, Faulkner, Tennessee Williams, Bob Dylan, Pound, T.S. Eliot (por cierto, cuando el apátrida escucha “cultura norteamericana” piensa únicamente en Disneyworld).
Cuando oigo a un necio criticando que Fulanito, que dice ser antiimperialista, viaje a Estados Unidos, vislumbro que seguramente otro necio acusó a San Pedro de traicionar el judaísmo cristiano por ir a Roma, o a Gandhi de ser un falso independentista por estudiar Derecho en Inglaterra.
Antiimperialismo, les explico, es que no nos guste que el gobierno norteamericano quiera adueñarse de nuestro petróleo y pagarlo a centavos de dólar. Que se asuma como el Sheriff del planeta. Que haya sostenido y aupado las peores dictaduras que ha sufrido América Latina (desde Somoza hasta Pinochet). Que haya protegido al Apartheid sudafricano. Que sustente las masacres del ejército israelí contra los palestinos. En las últimas dos décadas han impuesto a la humanidad la guerra permanente. No pasa un día sin que los yanquis ejecuten acciones de guerra. Obama es el premio nobel que más guerras ha hecho y más sangre ha derramado.
La lista es larga, larguísima. Es muy difícil imaginar una mala causa que no haya sido apoyada por los Estados Unidos.
Así que lo de los derechos humanos y la lucha contra la corrupción es un cuento para imbéciles. Y de vivos que se hacen como que no saben.

Domingo, 15/03/2015 Lectura Tangente, Notitarde