domingo, 20 de septiembre de 2015

Integración o desintegración

Orlando Zabaleta

Por momentos temí que el conflicto fronterizo adquiriera tintes xenofóbicos. No me gustaban frases como “los colombianos nos desangran”, ni ninguna que usara el nombre genérico “colombianos” en forma peyorativa. Pero por suerte Chávez no aró en el mar. Los venezolanos sabemos qué enfrentamos: a la oligarquía colombiana y a su narco-Estado, y a mafias bachaqueras (que tienen elementos nacidos a ambos lados de la frontera).
Y sabemos también que debemos mantener el sueño de la Patria Grande.
Dije “sueño”. Pero no es solo un sueño, un anhelo idealista. La integración también se ha basado en necesidades bien pedestres. Es una política internacional del más elemental sentido común y totalmente alineada con los intereses del país.
La integración es el sueño con el cual despertó la América española hacia la independencia. Era hasta lógico: la causa independentista era de todos, y poco decían las fronteras que el imperio colonial había impuesto. Así pensaron Miranda y Bolívar, y también San Martín, O’Higgins y todos los libertadores de la América española. Precisamente ahora, cuando se cumplen 200 años de la Carta de Jamaica, no está de más leerse los párrafos en los que Bolívar, derrotado y aislado (pero realista y visionario), expresa la necesidad de una América Latina unida. Necesidad de hacer contrapeso en el concierto de las naciones, decía Bolívar. Un contrapeso que cada uno de nuestros países, en solitario, no puede hacer.
José Martí, unas décadas después, pudo ver con más plenitud los peligros de la desunión. Martí residió en los Estados Unidos (“Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas”), y sabía que los yanquis estaban listos para saltar sobre nuestra América. Y en primer lugar sobre Cuba, que aún era una colonia española. Los gringos asaltarían la isla, no para liberarla, sino para robársela al decaído imperio español de finales del siglo XIX y convertirla en neocolonia. Para los gringos sería como quitarle el caramelo a un niño. Por eso Martí urgía a empezar la guerra revolucionaria, la guerra por la independencia, ante de que el monstruo diera su zarpazo.
También vio la amenaza Rubén Darío: “Eres los Estados Unidos, / eres el futuro invasor/ de la América ingenua que tiene sangre indígena, / que aún reza a Jesucristo y aún habla en español”.
Y efectivamente, la potencia del Norte se dedicó, ante la división latinoamericana, a imponer sus intereses en estas tierras. Sus trasnacionales aspiran a extraer nuestros recursos, naturales y humanos, manteniendo la relación de dependencia como una condena. Nos han invadido, quitado territorio, interferido en nuestras políticas internas, han auspiciado golpes de estados y dictaduras: todo para imponer los intereses de las trasnacionales gringas.
La integración es, en primer lugar, un acto de autodefensa.
Y mucho más. Es la vida y la muerte. Venezuela (ni ningún otro país latinoamericano) tiene posibilidades de desarrollo aislado. Su mercado es pequeño (en realidad, hoy en día los mercados de todos los países son pequeños), no puede soportar un desarrollo industrial sostenible.
Esto ya era verdad hace 50 años. Pero desde los 90 se acelera la formación de bloques dentro del sistema capitalista mundial. Grandes bloques. La Unión Europea, el bloque ruso, el chino. Es una fiesta de gigantes, y nuestros pequeños países desunidos no serán invitados al sarao más que como comparsas.
No tenemos la opción de integrarnos o no. Porque o nos integramos o nos “integran” las trasnacionales en su Plan de negocios: y en ese caso ellas decidirán cuál será nuestro rol, cuáles negocios podemos asumir, y cuánto ganaremos del negocio. Nos asignarán el papel que les convenga en la división mundial del trabajo. Por ejemplo, ser una gasolinera, o un país pastoral.
Y ese no puede ser, no lo será, el destino del pueblo de Bolívar.

Domingo 20/09/2015. Lectura Tangente, Notitarde

lunes, 14 de septiembre de 2015

El escurridizo precio del petróleo

Orlando Zabaleta

A raíz del embargo árabe del 73, el mercado petrolero cambió drásticamente: los precios subieron y los países productores alcanzaron mayor control sobre el negocio. Desde allí las creencias sobre la evolución de los precios del petróleo (usualmente llamadas “predicciones”) se pueden agrupar por etapas.
Todos pronosticaban que el petróleo tenía alas y subiría y subiría sin detenerse. Pero aunque la guerra Irán-Irak en el 80 llevara el barril a 40 $, no había guerra que detuviera la sobreproducción, y en 1981 el precio comienza a caer. Así nos tocó a nosotros el Viernes Negro. El crudo bajó con altibajos hasta el 91 cuando se acentúa el desplome del precio.
La OPEP, que había adquirido peso luego del 73, degenera en los 80 en un club de pinochos. Ante el descenso de los precios, los ministros de la OPEP se reunían en Viena para fijar ilusorias cuotas de producción que nadie cumplía. Al continuar cayendo el crudo, los ministros volvían a reunirse y se volvían a caer a coba.
Venezuela era uno de los miembros más coberos. Luis Giusti y sus tecnócratas, dictadores en PDVSA, mantenían la sobreproducción dizque “para defender mercados”. Entre 1997 y 1999 los precios se derrumban hasta los 7 dólares.
Asombrosamente, la OPEP no había realizado una Cumbre de Jefes de Estado y de gobierno desde su fundación. Para detener el bochinche de los países miembros, Venezuela hace una cruzada diplomática entre los productores OPEP y no OPEP. Chávez incluso entra por tierra a Irak, que sufría un bloque aéreo impuesto por los gringos. La II Cumbre de la OPEP (Caracas, 2000), con los Jefes de Estado y de Gobierno, sella el compromiso de cumplir las cuotas para detener la sobre oferta del crudo.
El precio sube y en el 2006 alcanza los 100 $ el barril  (aclaremos, los 100 $ de 2006 son más o menos equivalentes a los 40 $ del 81). La crisis mundial del capitalismo de 2008 desploma la demanda y el precio del petróleo. La recuperación económica ha sido lenta e inconclusa aún. La demanda de petróleo es sostenida por el crecimiento de China y la India. En rápida carrera el petróleo traspasa los 100 $ en 2011, y la creencia-predicción dominante era que el petróleo a menos de 100 $ no volvería más nunca.
Aparece un nuevo factor: el fracking. El petróleo de esquisto produce un cambio radical: Estados Unidos, principal consumidor de petróleo del mundo, aumenta su producción interna y disminuye la importación de petróleo. La demanda china es insuficiente para sostener el precio. Y empieza el derrumbe. Ahora la predicción dominante es: No volverá el petróleo a 100 $.
Los factores básicos son la oferta y la demanda, por supuesto. Pero la especulación alimenta la inestabilidad, se compra petróleo a futuro no para el consumo sino para la reventa. La especulación analiza variantes como las perspectivas de la economía, los depósitos de reserva, la estabilidad política en los países productores. El desarrollo tecnológico en la producción y el consumo de petróleo afecta la oferta y la demanda.
Definitivamente el petróleo de esquisto ha cambiado el mercado petrolero. Precisar sus consecuencias no es fácil. Tiene factores en contra: la resistencia al inmenso daño ecológico que produce; los bajos precios deberán hacer colapsar algunas de las inversiones en el fracking, como esperan los sauditas.
Pero el mercado petrolero tenderá a los bajos precios por unos dos años: petróleo entre 40 y 60 $ es un escenario bastante probable. Incluso a corto plazo, el petróleo iraní que volverá al mercado y el modesto crecimiento de China podría llevar el precio a los 30 $.
Evidentemente, los resultados electorales de este año no van a cambiar esa situación internacional, sobre la cual tenemos poca capacidad de influir. Enfrentar esta etapa exige ver más allá del cortoplacismo político. Y también sentido nacional y popular.

Lunes 14/09/2015. Aporrea.

domingo, 6 de septiembre de 2015

El socialismo no es como el nirvana

Orlando Zabaleta

Yo, que no sé nada de budismo y no he librado guerra contra mis propios deseos (a lo mejor unas pocas batallas, pero han sido cortas y he perdido la mayoría), supongo en mi ignorancia que el nirvana es un estado de conciencia. No lo sé. Pero lo que sí sé es que el socialismo no es como el nirvana. El socialismo no es un estado de conciencia, ni un escalón hacia la iluminación o la santidad.
Que me disculpen tanto los budistas como los amigos (algunos muy queridos) que crean que el socialismo es esencialmente conciencia. Pero tengo que decirlo,  que “soy amigo de Platón, pero más amigo de la verdad”.
El socialismo, al igual que el capitalismo, es una forma de organización de la sociedad para la producción, la distribución y el consumo de las riquezas. Precisamente por eso se contraponen.
Los capitalistas estarían encantados si limitamos el socialismo a estados de conciencia, mientras se mantiene la organización social capitalista. El Departamento de Estado y la Exxon Mobil aconsejarían: organícense con relaciones capitalistas y tengan la conciencia que quieran: sean budistas, socialistas, filántropos o Testigos de Jehová.
No intento negar la importancia de la conciencia social de los sectores explotados y del pueblo. Lo que pretendo es colocar las cosas en su sitio. Tampoco creo que estemos ante un conflicto de fuerzas no conscientes, que podamos simplificar a factores económicos, como sostienen los marxistas ortodoxos. No, es el hombre el que hace su historia, aunque su hacer esté sujeto a condiciones. La organización social no solo significa formas de propiedad, sino también relaciones de sectores sociales, y esas relaciones son en buena parte, ellas mismas, conciencia.
Pero a la propiedad capitalista se le debe contraponer una propiedad socialista. Y a relaciones capitalistas se les contrapone relaciones socialistas.
Por supuesto que sin conciencia no podremos alcanzar una sociedad socialista (en realidad, sin conciencia no podríamos hacer nada: sin consciencia del hambre ni comeríamos), sin conciencia de dónde estamos, de qué tenemos, de qué nos falta. Necesitamos la conciencia, pero no confundamos el alicate en la mano con tener el carro arreglado; más bien pensemos que para arreglar el carro hay que saber cómo debería funcionar.
Tampoco es socialismo que el estado se encargue de un servicio público. La CANTV fue una empresa pública desde 1953 (época de Pérez Jiménez)  hasta 1991, y a nadie se le ocurrió acusar de socialista a Pérez Jiménez, o a Betancourt y demás personeros cuartarrepublicanos. Ni la estatización es socialismo (nada más revisen los últimos 50 años de nuestra historia y el siglo XX en el mundo). Ni el subsidio a productos y servicios, por más necesario y justo que sea, es socialismo.
Entiendo que por eso Chávez propuso en la negada enmienda distinguir dos tipos de propiedad: la social y la estatal.
Creo que esas confusiones han sido muy dañinas: eso de llamar “socialista” a todo prácticamente convierte al socialismo en sinónimo de subsidiado o de gratis.
Cuesta salir de la confusión porque al  tema lo evaden. Arrogantes propagandistas de la ignorancia se niegan a plantear estos problemas (porque dizque son “vainas de intelectuales”), y los encubren con consignas. Y la Derecha ignorante propaga que el “modelo socialista”, que nadie ve, está en crisis.
Alguien me preguntará (precisamente cuando se me acaba el espacio): Entonces, ¿qué es socialismo? Yo le respondería (rapidito) que socialismo es que los medios de producción estén en manos de los verdaderos productores (los trabajadores). Y no de la burocracia ni de vagos. Porque parece que el socialismo tiene que ver con el trabajo y la producción. Y tal vez si tenemos claro lo del trabajo y la producción adelantemos algo en el desmonte del rentismo capitalista que sí  está a la vista de todo el mundo.

Domingo 06/09/2015. Lectura Tangente, Notitarde

domingo, 30 de agosto de 2015

La frontera inquieta

Orlando Zabaleta

Frontera permeable: Las fronteras pueden ser apenas puntos y rayas en un mapa, casi ilusorios cuando los pueblos a ambos lados se parecen como gotas de agua. Y nada más parecido a un colombiano que un venezolano. Por décadas la economía y la guerra colombiana alentaron a millones hacia Venezuela, y hemos vivido juntos las adversidades de uno y otro lado.
Pero las fronteras son inquietas cuando los hombres las abusan, y peligrosas si el abuso llega hasta el delito.

Narcotráfico: Colombia se convirtió en el principal exportador de cocaína del mundo. Sectores de la oligarquía colombiana se metieron en la lucrativa empresa. Es imposible determinar cuánto le debe el PIB colombiano a la droga. La permeable frontera estaba como mandada a hacer para el narcotráfico: Venezuela es el Caribe y el Atlántico.

Paramilitarismo: Los paramilitares pasaron de ser bandas aisladas a organizarse en frentes, federaciones. Su principal fuente de ingreso es el narcotráfico, pero también ofrecen otros servicios: sicariato, secuestros, prostitución. Permearon la política colombiana y colonizaron al estado: Pablo Escobar llegó a diputado y Uribe a presidente.

Encubrimiento mediático: Los medios escandalizaron sobre la guerrilla para ocultar la penetración del paramilitarismo en los estados fronterizos, donde los paracos amedrentan a asambleas populares para imponer a sus candidatos, apoyan a alcaldes y concejales, compran periodistas, jueces, policías y militares, hacen guarimbas.
Mientras, la política de fronteras de los gobiernos colombianos ha sido exportar los problemas a Venezuela y no asumir ninguna responsabilidad.

Penetración: Los paracos fueron más allá, hasta el centro del país: compraron haciendas, instalaron empresas, desde concesionarios de vehículos hasta mafias de buhoneros, empresas para el lavado de dinero y el sostén de grupos violentos. Hay que recobrar la integridad soberana de los estados fronterizos. Pero, también, el paramilitarismo debe ser destruido en todo el país.

Contrabando: La extracción de alimentos y gasolina subsidiados alcanza a millones de dólares. Y encima, se llevan los billetes de 100 y 50 Bs. Cúcuta no puede vivir de Venezuela mientras nosotros enfrentamos la escasez. Tampoco es responsabilidad del estado venezolano abastecer de alimentos y combustible a Cúcuta: esa es responsabilidad de Santos.
El cierre de la frontera era una medida necesaria, prácticamente de defensa propia.
La frontera no debe abrirse hasta que Santos se comprometa, firmemente y en concreto, a asumir su responsabilidad como gobernante en la lucha contra el contrabando y el narco-paramilitarismo. El gobierno venezolano ya debería tener escrito el esquema de medidas a acordar.

Xenofobia: Es vital para el mismo proceso bolivariano rechazar el chauvinismo, postura atrasada y bárbara. Y la xenofobia. No luchamos contra los “colombianos”, sino contra la oligarquía colombiana y su narco estado. Contra mafias contrabandistas que incluyen también a nacidos de este lado, clasificados como “venezolanos”.
El sueño mirandino y bolivariano  de la Patria Grande (la única solución viable para América Latina) no puede perderse. Sería un retroceso muy dañino. Y un favor que le haríamos a los gringos.
No hay “circunstancias” que justifiquen la violación de los derechos humanos. La Fiscalía y la Defensoría del Pueblo deben estar presentes en todos los procedimientos. No podemos matar nuestra Constitución Bolivariana en esta situación.

Medidas radicales: El cierre paralizó al contrabando masivo. Redujo los focos. Es una situación ideal para atacar las redes. Es necesario seguir los hilos (que muchas veces se juntan) y llegar a los grandes armadores de las redes.
Pero reitero: medidas como el aumento de gasolina y un esquema cambiario sin diferencial atacarían a profundidad los factores que sostienen el contrabando mafioso hacia Colombia.

Domingo 30/08/2015). Lectura Tangente, Notitarde

domingo, 23 de agosto de 2015

De rebeliones y revoluciones

Orlando Zabaleta

Cuentan que cuando uno de sus ministros le informó a Luis XVI que el pueblo parisino había tomado la Bastilla, el rey exclamó: “Ah, un motín”. El ministro lo corrigió de inmediato: “No, Sire, una revolución”. La anécdota es demasiado sabia para ser cierta. Pero ilustra la distinción entre la Revolución Francesa y las consuetudinarias revueltas urbanas que el precio del trigo propiciaba en los pobres parisinos.Mutatis mutandi, una cosa es el Caracazo y otra un vulgar saqueo. Algunos no pueden distinguirlos porque practican con fe ciega el pensamiento descontextualizado. El contexto es todo eso que rodea a cada hecho por sus seis caras, mientras conversa con él.Y el contexto del Caracazo es el de la América Latina golpeada por las recetas neoliberales, que se experimentaron por primera vez en los 70 de la mano de Pinochet, antes de que se fortalecieran en los 80 y otras dictaduras se encargaran de imponerlas.En Venezuela, pasada la borrachera saudita llegamos al ratón del Viernes Negro. De allí en adelante vivimos la caída por un tobogán lleno de hojillas. Es decir, el empobrecimiento acelerado de los sectores populares y de la clase media. Lusinchi con su cóctel de neoliberalismo con aspirinas bautizado como “Pacto Social” exacerbó el descontento al combinar la caída con la descarada corrupción del entorno lusinchista.Carlos Andrés Pérez interpretó con singular demagogia el dolor popular. En su campaña electoral prometió el regreso de la Venezuela saudita. Y que enfrentaría la crisis sin echársela encima a los más pobres. Constituyó dos comisiones para definir el programa de gobierno. La pública la formó con integrantes de AD (desde Humberto Celli hasta los del buró sindical) y allí se renegaba de las medidas neoliberales. La clandestina, con los que luego serían sus ministros y asesores (Miguelito Rodríguez y la comparsa de tecnócratas) y allí sí entraba el FMI. Una cara para la farsa y la otra para el gobierno.El pueblo reaccionó frente al juego de engaños de CAP, cuyo caradurismo, de proporciones mitológicas, lo llevó en diciembre, ya presidente electo, a declarar desde Suiza que  no negociaría con el FMI; luego, en enero, realiza la “coronación”, una gran fiesta que anunciaba que, efectivamente, no harían falta sacrificios. Y en febrero, inesperadamente, saca la carta del paquete debajo de la manga.A una sorpresa el pueblo respondió con otra: El Caracazo.Las “fuerzas vivas de la nación” estaban sorprendidas: gobernantes, diputados, políticos del gobierno y de la oposición; de derecha y de izquierda; dirigentes empresariales y de los comerciantes; líderes religiosos. Ninguno lo previó, y menos los llamados “cuerpos de inteligencia”.Ese fue el contexto, sin el cual no se entiende nada.TODOS, todos, saqueamos el 27. El 80% de país, al menos. Unos rompían las vidrieras y otros los aplaudían desde sus casas. Para los sectores populares y la clase media era justificable la revuelta, o al menos comprensible. Y hasta justo castigo a los abusos, mentiras y robos de los sectores dominantes.Luego, a media tarde, se asustaron los que aplaudían. Demasiado larga la cosa. La clase media se espanta de primero: ya en la noche es puro temor: las turbas, imaginaban, encenderían las ciudades, o, peor aún, asaltarían sus casas.El Caracazo marcó una división, sellada con sangre por la represión injustificada que le siguió. Fue un acto de conciencia: Ya no creemos más.Fue revuelta, es verdad, porque no tuvo programa, ni consignas, ni dirección, ni demandas que negociar. Pero también fue revolución porque expresó claramente un "Hasta aquí", y tuvo otra consigna implícita: Existimos.Los descontextualizados ven solo la revuelta, sin ver los lados, sin el antes ni el después. Echarle la culpa a la gasolina es infantil.¿Ven las diferencias con la situación actual? Para ver hay que entender.
Domingo 23/08/2015. Lectura Tangente, Notitarde

domingo, 16 de agosto de 2015

El padre de los desequilibrios

Orlando Zabaleta

El país padece muchos desequilibrios económicos. Y no es tanto la cantidad de desequilibrios como el tamaño de muchos de ellos; los diferenciales, pues. Ya hablamos en un artículo anterior del precio de la gasolina (0,097 Bs. por litro), muy por debajo de los costos de producción; un descomunal subsidio que debe estar entre 12.000 y 15.000 millones de dólares anuales.
Pero el padre de los desequilibrios es el “esquema” cambiario. Hay un dólar a 6,30; otro a 12,80; otro cercano a 200, y otro “libre” que (no debería sorprendernos) no se puede controlar y está determinado por la especulación más voraz. Cuatro tipos de cambio.
El bachaquero y el contrabandista aparentemente negocian con harina, café, leche; eso es verdad, pero solo materialmente. En realidad están negociando con las tasas de cambio. Están vendiendo especulativamente (a través de la harina o del café) dólares que compraron a 6,30.
El esquema pretendía mantener a dólar subsidiado artículos de primera necesidad, y así proteger a nuestro pueblo al conservar esos artículos a bajos precios. Pero, les informo, no está cumpliendo su objetivo (ni siquiera el más directo, si 70% de los que están en las colas son bachaqueros, si 40% de los productos regulados salen para Colombia).
El gran diferencial de las tasas de cambio promueve el contrabando y el acaparamiento. Lo cual multiplica la escasez. La escasez, a su vez, sustenta el aumento de los precios de los bienes en los mercados alternos. La inflación resultante alimenta la tendencia alcista del dólar. Así aumenta el diferencial cambiario y el círculo vicioso continúa dando vueltas. Eso es lo que hemos visto en estos años.
Enfrentémoslo: el país no tiene suficientes dólares para esa gracia. El petróleo se desplomó hasta los 42 dólares el barril. Y 42 dólares hoy (los econometristas, con más sapiencia que este humilde escribidor, lo dirán con precisión) serán como 20 o 21 dólares de comienzos de los 80.
Ojalá todos los bachaqueros, todos, grandes y chiquitos, pudieran ser castigados. Como decían nuestros abuelos, lo que hacen no tiene perdón de Dios. Eso de lucrarse con las necesidades ajenas, eso de vender algo a diez veces lo que costó, no tiene nombre (¡ah, disculpen!, me equivoqué, sí lo tiene: capitalismo).
Ojalá no tuviéramos una burguesía que desde los 80 elevó su nivel de llorantina, para ocultar su incapacidad congénita de producir cualquier cosa si no le dan dólares. Ojalá no tuviéramos un Estado que la refleje tan bien en su incompetencia productiva.
Pero parados en donde estamos, aquí y ahora, hay que abandonar el fracasado e insostenible esquema cambiario. Hay que eliminar las condiciones que alimentan al bachaquero, al contrabandista, al acaparador.
El gobierno empezó a cabalgar esta crisis hace dos años. Primero dijo Ramírez, cuando era ministro, que teníamos dólares suficientes (a mí me entró escalofríos cuando lo oí, porque no lo creía). Luego Merentes anunció que se iría pronto a la unificación cambiaria. Y lo que se hizo fue crear nuevos tipos de cambio.
Es hora de hacer tres cosas al menos. Una: Sacar cuentas; con petróleo a 42 dólares el barril (con el peor escenario). Dos: Decidir prioridades y plantear otro esquema de cambio. Y, tres, hablarle claro al país.
En otras palabras: necesitamos un plan (hace dos años que sospecho que no lo tenemos, y rezo por estar equivocado).
Insisto en que el pueblo venezolano es más sabio de lo que creen sus dirigentes. Podrá asumir el asunto, pero, eso sí, exigirá una lucha eficaz contra la corrupción y la ineficacia. Pedirá transparencia. Requerirá un plan realista de aumento de la producción con lapsos precisos y responsabilidades inapelables. Y, precisamente porque es sabio, también querrá participación, esa que está consagrada en nuestra constitución, en todo el proceso de enfrentar la crisis.

Domingo 16/08/2015. Lectura Tangente, Notitarde

domingo, 9 de agosto de 2015

Guerra económica y capitalismo

Orlando Zabaleta

No me parece justo, ni útil, echarle toda la culpa de la crisis económica actual a la “guerra económica”.
No pongo en duda que sectores de la burguesía nativa (que no nacional) e internacional gasten dinero o dejen de ganarlo (que para el burgués es lo mismo) en la desestabilización económica (cerrar o paralizar fábricas, mantener inventarios ociosos, etc.). Esas son acciones bélicas: cuestan dinero y no son la pauta normal del capitalismo. Ya lo vivimos en el saboteo petrolero de 2002-2003.
Pero la mayoría de las “acciones” que actualmente afectan nuestra economía son vulgares conductas normales del capitalismo. Y, a diferencia de las acciones de guerra, no exigen sacrificios. Por el contrario, les dan dividendos a quienes las ejecutan. Buscar la máxima ganancia es el norte del capitalismo. Vender con sobreprecio, en Colombia, en la bodega o donde sea, es (¿se puede dudar?) un típico proceder capitalista. Y acaparar hoy para vender más caro mañana también lo es.

Aclaratoria lateral 1: A pesar de la creencia popular, la especulación comercial no es la esencia del capitalismo. Porque la especulación no crea riqueza: se apropia de riqueza ya producida. Para que el comerciante venda la apetecida mercancía a un precio excesivo alguien ha tenido que producirla antes. Y es allí, en la producción, donde está la esencia del capitalismo; donde el capital le roba la plusvalía al trabajo.
Si hay ciertas condiciones, pues, el capital, además de apropiarse de la plusvalía (que es parte del valor de la mercancía), especula: vende con sobreprecio el producto. No es que, por arte de magia, “aparezca” un valor adicional en el acto de comercio: lo que se apropia el especulador se lo quita (roba) al comprador, al consumidor, que usualmente lo obtuvo de su trabajo.
La condición para que se produzca la especulación comercial es la escasez, por supuesto; que nadie pagaría tres veces el precio de la harina si esperara conseguirla regularmente y sin problemas.
En nuestro caso, las causas de la escasez son la producción insuficiente, la extracción hacia Colombia y el acaparamiento. Lo de la poca producción es un mal crónico del país. No lo notamos cuando tenemos dólares como arroz. Si nos falta algo, lo importamos y listo. Por eso, precisamente, es que somos un país rentista-petrolero. Lo de la extracción o contrabando expresa, además de las ansias capitalistas de unos delincuentes, un desequilibrio: un paquete de harina se vende a dólar de 6,30 Bs. en forma legal, y en forma ilegal se vende a dólar libre. El contrabando necesita mucha gente, lo que se llama una red, una mafia, pero el desequilibrio es de tal magnitud que puede mantener redes gigantescas. El rapaz bachaquero solo existe en un entorno que lo propicia (porque, hay que repetirlo, estamos en capitalismo).

Aclaratoria lateral 2: Es un sinsentido afirmar que el “socialismo” es el responsable de la crisis, cuando son prácticas normales del capitalismo rentista las que producen la situación. Es verdad que algunos aprovechan para culpar al socialismo, prevalidos de su ignorancia o de su mala fe; pero también esta absurda acusación se alimenta de esa utilización vaporosa y desmedida de la palabra “socialismo” que se impuso (ejemplo entre muchos: en lugar de colocar un letrero que dijera con franqueza “Arepera Subsidiada”, se colocaba uno que decía “Arepera Socialista”).

Enfocarse en el factor “guerra económica” oculta los factores más importantes: la producción insuficiente y los desequilibrios económicos. Contra la guerra económica se pueden y deben usar medidas policiales: reprimir el contrabando, el acaparamiento y la especulación. Pero si radical significa ir a la raíz, como le gustaba repetir a Chávez, hay que enfocarse y actuar sobre los factores que sustentan la crisis y no solo sobre sus síntomas. Hay que ser radical de verdad.

Domingo 09/08/2015. Lectura Tangente, Notitarde

domingo, 2 de agosto de 2015

Equilibrios, desequilibrios y gasolina

Orlando Zabaleta

Debo aclarar que le tengo cierta desconfianza a los equilibrios. Será por la manía tecnocrática y neoliberal de equilibrar los presupuestos a costa de la salud, la educación y los pobres; e incluso a costa del crecimiento económico.
También descreo de las consejas y reflexiones que, en pro del equilibrio, propagan el horror a los extremos, el relativismo, el centrismo, y que así crean un discurso de generalidades que no dicen nada, porque, claro, ni definen nada ni se comprometen con nada. Ah, pero qué sabias suenan.
Pero una cosa es no tener al equilibrio como ídolo o como norte, y otra es ignorar los desequilibrios.
El ejemplo más evidente de desequilibrio en Venezuela es el precio de la gasolina.
Como tenemos tanto petróleo y gran capacidad de producción de sus derivados, es lógico y justo que el precio de la gasolina sea bajo en nuestro país. Una ventaja justificada en ese montón de petróleo que la naturaleza nos dio (y que leyes previsoras evitaron, desde hace siglos, que fuera privatizado).
Es cierto que el supuesto “precio internacional” no existe. Cada país pone el precio de su gasolina según muchas variables, y el que tenga o no petróleo es solo una de ellas. Inglaterra y Noruega, que son productores de petróleo, tienen la gasolina más cara del mundo, porque ambos pechan el producto con altísimos impuestos que, por supuesto, paga el consumidor.
Nosotros tenemos, de lejos, de muy lejos, la gasolina más barata del mundo.
Cualquier ser con dos dedos de frente entiende que un límite racional al mínimo precio de la gasolina debe ser el costo de producción y distribución.
Pero en Venezuela, como bien sabe el lector, el litro de gasolina tiene el súper increíble precio de 0,097 Bs. Toda una ganga. Y un litro de agua o de refresco sobrepasa los 100 Bs. La mayoría llena su tanque con menos de 4 Bs. El Estado subvenciona la producción. Y la distribución, porque a ese precio es imposible que el bombero que la expende justifique su salario, ni siquiera vendiendo gasolina todo el día.
Debería llevarse a 5 bolívares el litro. El porcentaje del aumento no es relevante, dado lo ridículamente bajo del precio actual. Así que no hay que pararle cuando El Nacional denuncie que el aumento fue de 5.154%. Es pura propaganda.
En términos prácticos, a 5 Bs. usted pagaría 175 Bs. para llenar el tanque de 35 litros de los carros pequeños.
Los abusivos empresarios de camioneticas y autobuses se quejarán como siempre, pero ellos saben que el costo del combustible en su ramo es ínfimo; que los costos están en los cauchos, en los repuestos, en las reparaciones. El chofer y el colector seguirían gastando más en comerse una arepa y un refresco cada uno que en llenar el tanque del instrumento de trabajo.
Según las encuestas la inmensa mayoría del país entiende la necesidad del aumento perfectamente. Lo difícil de entender es por qué el gobierno no ha hecho el aumento. ¿Síndrome del Caracazo? Me parece que es subestimar al pueblo venezolano.
Lo cierto es que, cuando se dé el incremento (algún día), no será de 5 Bs., será mucho menor. Espero que esté alrededor de 2,20, es decir, que al menos cubra los costos de producción.
Pongo el caso de la gasolina porque es el más claro para todos (que hay otros desequilibrios más funestos, de los que hablaremos otro día). Si hubiese una Oposición inteligente haría rato que estaría exigiéndole el aumento al gobierno, pero lo que tenemos por Oposición es bruta, demagógica y oportunista, y prefiere callar y esperar como caimán en boca en caño que ser seria.
Lo más preocupante de esta situación es la postura del gobierno. Es una decisión simple. Relativamente. Con sus bemoles, es cierto. Pero súper justificada y necesaria. Y no la toma. Entonces, uno tiene derecho a preguntarse (o a inquietarse): si no toma la decisión fácil, ¿podrá tomar las difíciles?

Domingo 02/08/2015. Lectura Tangente, Notitarde

domingo, 26 de julio de 2015

Pobrecitos los inteligentes

Orlando Zabaleta

La Oposición cuenta con personajes inteligentes. Aunque no lo parezca. Y no lo parece porque no los publicitan mucho, o la prensa mutila sus declaraciones peligrosas o las oculta entre la gritería de trastornados opinadores y declarantes de pasmosa incapacidad de análisis.
Hay ejemplos. Luis Vicente León es un buen analista, investigador de eso que llaman “opinión pública”. Y también está Henry Ramos Allup: un político tradicional, es cierto; pero a quien el obligado realismo que aprendió lo impele a ser lúcido y estudioso. Ambos tienen el sano impulso de explicarse lo que ocurre, y no exorcizarlo con argucias, emociones y sonoros argumentarios.
Hablo de capacidad de análisis, reitero, no de buenas o malas intenciones ni de juicios éticos. Siempre he dicho que a la inteligencia hay que respetarla donde quiera que se encuentre, hasta en el enemigo.
Pero en una sociedad tan polarizada, donde unos igualan la Patria a un paquete de harina y otros asumen que la Patria no se vende (golpe, guarimbas y etcéteras de por medio), necesariamente se alcanzan extremos de necedad.
Últimamente he revalorizado a los inteligentes de la Oposición. Me imagino sus duros esfuerzos para dialogar con los delirantes. Difícil diálogo incluso sobre análisis simples. Pongamos por caso las Primarias del PSUV.
Lo más evidente: la participación en esas primarias sorprendió a todos, en primer lugar a los organizadores. Demostró que el núcleo duro del PSUV es más grande que el núcleo duro de la Oposición. No vale la excusa de los recursos de transporte: la capacidad de movilización solo funciona si hay a quien movilizar, eso lo sabe cualquier político con experiencia mínima.
Lo más complejo: un sector importante del pueblo chavista se moviliza para respaldar el proceso bolivariano. Ello no significa que no lo afecte la escasez y la inflación. Pero su sabio instinto popular le dice que la Oposición no puede hacer que suba el precio del petróleo ni tiene más plan que el que perpetró contra las mayorías pobres en los 90. Incluso un sector de los votantes, yo incluido, fuimos a votar a pesar de tener críticas sobre la política, o la falta de política, del gobierno para afrontar la situación.
En el marco electoral, es lógico asumir que el mayor núcleo duro del chavismo le da una ventaja en los comicios venideros. Pero la escasez y la inflación carcomen la votación chavista: producen abstención en sectores populares, que no van a votar por la Oposición, pero expresan su descontento con la abstención. En estas parlamentarias el triunfo no está seguro para nadie. Es una batalla difícil para ambos, chavismo y oposición, porque no estamos en tiempos sosegados.
Luis Vicente León dijo cosas similares en unos twists que lanzó. Con sordina reconoció la movilización del chavismo. Luego la relativizó como factor de victoria, y concluyó que la campaña será muy difícil para las dos partes. Sospecho que esas afirmaciones las comparte Ramos Allup. Pero ambos tendrían problemas para explicarse en una reunión de la Oposición.
Apenas digan que la votación de las Primarias del PSUV fue importante, cuando el público los abucheará histérico hablando de las colas y de la escasez. Sí, sí, intentarán argumentar los inteligentes, ya discutiremos eso, pero vamos a analizar qué significó esa movilización. Pero no, el público no los dejará continuar: repetirá hasta el cansancio todos sus credos: que si fueron obligados a ir, que si le dieron carne.
A mí me pasó. Puse conceptos similares en mi Facebook y salieron un par de voces a discutir no lo que significaban las Primarias, sino las colas y la escasez. Es decir, a repetir lo mismo que han creído durante 15 años: el pueblo chavista no existe.
Así que, de verdad, lo digo de corazón: Pobrecitos los inteligentes de la Oposición. Los compadezco. Con razón le ha pasado a la Oposición todo lo que ha pasado.

Domingo 26/07/2015. Lectura Tangente, Notitarde

domingo, 19 de julio de 2015

Cómo mueren los partidos

Orlando Zabaleta

Los partidos no se mueren como los seres humanos. Hubo una época en la cual URD ya no tenía ni votos ni futuro, pero igual disfrutaba de cargos en diferentes niveles del Estado, gracias a su habilidad para negociar con AD y Copei. Se repetía mucho un dicho: “los partidos son como los tísicos: duran años para morirse”. Un partido puede morir históricamente, pero no estar políticamente muerto aún. Son dos muertes distintas.
En la IV República, luego del fracaso del modelo socioeconómico de los 60, hacia 1984, la burguesía le declara la guerra a los partidos tradicionales que tanto le habían servido. Razonaban que AD y Copei ya no les servían como mayordomos: eran ineficaces, no lograban controlar al pueblo y eran muy caros. Peor aún: eran remolones para aplicar la receta neoliberal sin pañitos calientes. Así aparece el Grupo Roraima, los trabajos del IESA y de cuanto tecnócrata se creyera salvador del país. La burguesía y sus intelectuales proclaman lo que quieren. Y los medios se encargan de la instrumentalización pública. La clase media, como siempre, compra el discurso: se vuelve “antipolítica”, se pone de moda declararse “independiente” (independiente de qué no estaba claro), hasta la antidemocrática uninominalidad absoluta es aupada por los más radicales.
AD y Copei estaban muertos desde esos tiempos, aunque no se hubieran enterado.
No creo que hoy AD exprese más que nostalgia y acaso reacción frente a la locura dominante en la oposición. El núcleo duro de la base opositora es una clase media histérica y fervorosamente antiadeca, situada más a la derecha que AD, y más influenciable por los medios que por un discurso político. No tiene proyecto político y ni falta le hace, ni le interesa la democracia más que como taparrabo de propaganda, ni menos la justicia social.
Otro partido muerto años ha es Proyecto Venezuela. Al final de los 80 apareció como alternativa frente a AD y Copei. La derecha necesitaba construir otros partidos. Le hizo bien el discurso nebuloso sobre el ciudadano, aprovechando la onda antipolítica, pero al lanzarse como alternativa nacional se suicidó, la inmediatez destruyó al proyecto. Ante el ascenso de Chávez, Proyecto Venezuela aceptó el apoyo de AD y Copei. Eso lo mató como propuesta distinta. La gobernación pudo esconder momentáneamente la muerte histórica, pero ni siquiera el poder es vacuna permanente para los muertos.
Por supuesto, una opción socialdemocratizante puede tener validez. Pero es difícil que AD pueda encarnarla. AD se ha fortalecido, jugando con astucia, dentro de la oposición, beneficiándose de las debilidades de sus rivales en la MUD. Pero el techo es muy bajito: bastaría una encuesta entre las bases opositoras para demostrarlo. La opción socialdemocratizante ha fracasado en su intento de fraguar: lo señala la espumosa vida de UNT, o las abortadas ofertas de personajes como Velásquez o Ismael García, que no logran superar el descrédito que ganaron con tanto esfuerzo.
Un partido nítidamente de derecha también tiene dificultades en consolidarse. PJ ha seguido el camino de Proyecto Venezuela cometiendo sus mismos errores.
En Venezuela nadie quiere ser catalogado de derecha. Aunque sea furibundo neoliberal y tenga a Obama como su héroe dirá con desparpajo: “Soy de izquierda, pero no populista”. Es una tradición muy vieja. Desde el siglo XIX, cuando todo el mundo se decía liberal y nadie aceptaba ser conservador; hasta la IV República cuando nadie quería declararse de derecha.
Los más inteligentes opositores viven dramáticamente esta situación.
Les doy un consejo gratis: dejen de escuchar a sus bases más histéricas, no lean a sus locuaces opinadores, ni oigan a sus locutores ni se dejen guiar por sus periodistas. Y pónganse a construir un discurso político serio.

Domingo 19/07/2015. Lectura Tangente, Notitarde

domingo, 12 de julio de 2015

El socialismo, palabra polisémica

Orlando Zabaleta

Todos tenemos una noción sobre qué es capitalismo. Así sea por las gracias que lo adornan: pobreza y opulencia, una al lado de la otra. Ciclos reiterativos de crecimientos y descensos. Bancos que desahucian a los deudores. Especulación que trastoca precios y tasas de interés.
Por supuesto, el capitalismo no es un tema simple: más de dos siglos de debate desde Adam Smith, con la intervención de muchas mentes brillantes, atestiguan la complejidad del tema.
Sin embargo, hay un marco, así sea de límites difusos, dentro del cual debatimos sobre el capitalismo seguros de que estamos hablando de la misma cosa. Incluso si discutimos con los que juran que el “progreso” que el capitalismo promete es superior a la miseria que reproduce.
En cambio, la noción de socialismo es definitivamente polisémica. Es decir, tiene múltiples significados, significados que se intersectan en unas zonas y se excluyen en otras. Cuando discutimos sobre socialismo casi nunca estamos hablando de la misma cosa.
Marx se concentró en estudiar el capitalismo, y fue muy poco lo que escribió sobre el socialismo, porque consideraba “utópico” hacer predicciones; y necio, fijarle normas al futuro. Pero no es solo la fértil herencia cultural del siglo XIX, sino la aterradora herencia del XX la que nos confunde.
Rompamos el nudo gordiano: partamos de negar que fuera socialismo el llamado “socialismo” del siglo XX.
El “socialismo” soviético no fue el “gobierno de los productores” que planteaba Marx. Los trabajadores no eran dueños de los medios de producción y mucho menos dirigían la sociedad y el Estado. O sea, los trabajadores no eran la clase dominante.
Corolario elemental: la expropiación de la burguesía (la supresión de la propiedad privada sobre los medios de producción) por sí misma no significa socialismo; sobre todo si una burocracia se apropia de lo expropiado.
Ergo, la propiedad estatal no es igual a propiedad socialista (como lo vio Chávez al proponer en la fallida Reforma de 2007 la definición de propiedad estatal y propiedad socialista como entidades distintas). O sea, hay que diferenciar radicalmente el “capitalismo de Estado” del socialismo.
Todo esto lo pudimos haber visto en el mismo siglo XX antes de la caída del “socialismo real”. En los países “socialistas” de Europa del Este. En el "socialismo africano” de los 70-80. Incluso en los países capitalistas avanzados que hasta los 70 usaron la propiedad estatal para sostener el capitalismo “de la abundancia” de la postguerra.
El mismo Lenin no consideraba al joven Estado soviético un “Estado obrero”. Por dos razones, dijo: porque se basaba en una alianza de los obreros con los campesinos (es decir, con los pequeños propietarios), y, más importante aún, porque era un Estado burocrático. Y eso que aún Stalin no había súper fortalecido a la burocracia.
La burocracia es más autónoma socialmente de lo que podría pensarse. No sólo lo demostraron 60 años del “socialismo” soviético, también lo demuestra la autonomía del Estado en países petroleros como el nuestro. La tendencia de todo Estado a colocarse por encima de la sociedad (señalada por Marx y Engels) se vuelve más fuerte si hablamos de un Estado que tiene recursos propios y una burguesía raquítica e improductiva.
La burocracia soviética no fue una clase social, no se apropiaba del producto social a través de la propiedad privada, sino a través del Estado. A través del Estado, reitero. Sin propiedad sobre las empresas que regentaban, los burócratas no podían dejarlas en herencia a sus hijos, aunque en muchos casos los preparaban para dirigirlas, y producían una especie de “herencia” del  poder.
Es ridículo afirmar que la crisis actual obedece al socialismo, que no existe. Cerrando los ojos para no ver el capitalismo rentista que sí existe y al viejo Estado ineficaz que no termina de irse.

Domingo 12/07/2015. Lectura Tangente, Notitarde

domingo, 5 de julio de 2015

Los invisibles

Orlando Zabaleta

El fenómeno es viejísimo, viene de la más remota antigüedad. Bertolt Brecht lo cantaría en un famoso poema:
“El joven Alejandro conquistó la India. / ¿Él sólo? / César venció a los galos. / ¿No llevaba consigo ni siquiera un cocinero? / Felipe II lloró al hundirse su flota. / ¿No lloró nadie más? / Federico II ganó la Guerra de los Siete Años. / ¿Quién la ganó, además?”.
Los de arriba apenas miran a los de abajo, así sean mayoría. Son la parte fea del paisaje. El amo no se distrae con sus esclavos, aunque depende de ellos. El noble feudal no pierde el sueño por sus siervos. Y, por supuesto, la historia ni siquiera los nombra.
En nuestra América, hasta el liberalismo revolucionario del siglo XVII era incapaz de entender a los oprimidos. Solo así se explica que los cándidos franceses y los criollos blancos de Haití hablaran tan tranquilamente sobre los Derechos Universales del Hombre delante de sus esclavos negros. Porque era impensable que los negros pudieran creer que esos derechos los cubriera a ellos. Y más inconcebible aún que los esclavos negros tuvieran voluntad, valor y capacidad para organizarse y luchar por esos derechos tan mentados por los blancos. Así los sorprendió la rebelión, la guerra y la República de Haití, la primera república independiente de Sudamérica.
En la llamada IV República, los políticos y opinadores hacían los análisis tal como lo denunciara Brecht (y lamentablemente esa cultura no ha desaparecido). Que si fulano de tal decía, que si mengano planteaba. Los actores sociales nacionales se reducían a tres docenas de nombres.
Por esa miopía nadie vio llegar el Sacudón de 1989. Los de abajo, los invisibles, habían estado sacando cuentas desde el Viernes Negro, y el inesperado paquetazo de CAP II fue la gota que derramó el vaso y acabó las últimas ilusiones. Los invisibles lograron hacerse ver durante unos días, aunque a costa de miles de muertos.
Pero asombrosamente las viejas costumbres se impusieron, y, pasado el susto, las clases dominantes (económicas, sociales y políticas) siguieron igualitas. Antes que hacer reformas profundas, continuaron con su plan neoliberal: echarse al coleto las prestaciones, privatizar las empresas públicas, recortar los presupuestos educativos y de salud, “liberar” la economía. Estaban seguras de que el violento protagonismo popular era accidental y transitorio.
Y dando palos de ciego siguieron hasta la caída de la IV República.
Pero cada vez más se hizo difícil seguir invisibilizando a la mayoría. Sobre todo desde el 2002 fue imposible ignorarlos. La televisión no sabía cómo tratarlos, porque su especialidad era retratar y controlar a los que compraban, es decir, de la clase media para arriba.
Allí emergió el desprecio social que había estado latente desde siempre. Globovisión se dedicó a hacer tomas de los chavistas más desdentados. Los pobres son feos, desdentados, no saben hablar. Los “superiores” se autodenominaron “sociedad civil”, echando mano a una vieja expresión cuya historia desconocen (el uso excluyente de la expresión no les pasó desapercibido a los pobres, les informo).
En la clase media el desprecio social se convirtió en racismo social. Reforzado por su vocación ombliguera, que hace que un 15 % de la población no pueda dejar de creerse todo el país.
Por eso no pueden entender que los pobres salgan a manifestar, o a votar, masiva y libremente. Si lo hacen es porque se les da ron o se repartió carne. “Y son ignorantes”, repiten con desprecio y caradurismo algunos, cuyo nivel de lectura no pasa de los libros de autoayuda y Pablo Coello. Los pobres que piensan no existen.
Este es el verdadero origen de los desaciertos de la oposición. No es que no tengan gente inteligente, es que escuchan más a su propia “opinión pública”. Así están condenados a solo ver la cuarta parte del cuadro y a creer que Alejandro conquistó la India él solito.

Domingo 05/07/2015. Lectura Tangente, Notitarde